Hombres déspotas

Esta semana os quería compartir una experiencia que me hizo reflexionar sobre la forma en que permea el poder masculino. No es más que una reflexión en voz alta, que espero complementéis con vuestros propios ejemplos y experiencias.

En vacaciones, hay quienes van por los aeropuertos estresados por llegar a la puerta de embarque. Yo no soy una de ellas. Suelo tomármelo con calma y respirar hondo, porque sé que llegar hasta el avión es un proceso arduo. Primero, la cola para que una máquina te imprima el billete. Luego, otra cola para depositar las maletas en la cinta. Una tercera cola, para pasar los arcos de seguridad. Una cuarta cola, para subir al avión. La paciencia parece esencial a la hora de moverse por un aeropuerto. No me importa tanto la espera, como el tener que quitarme los zapatos o el cinturón o dejar que inspeccionen la leche de mi hijo, o que me pasen una toallita por las manos en busca de uso de drogas o explosivos. En el momento en el que llegamos a un aeropuerto, todos y todas somos sospechosxs. Que tengan que desmontar un carrito de bebé e inspeccionarlo de arriba a abajo me hace preguntarme por la humanidad de quienes han utilizado a sus hijos para introducir mercancías no permitidas, si no lo hubieran hecho, el protocolo no existiría, claro está.

En la pasarela de seguridad se encuentran esos hombres déspotas (en algunos casos, alguna mujer, aunque no como una apuesta por la igualdad sino con el simple objetivo de cachear a otras mujeres) que asumen su poder con la soberbia y el autoritarismo de una masculinidad decadente. Dejo la maleta de mano en la cinta, me despojo de mis pertenencias, separo el ordenador, etc. Esos extraños minutos ocurren después de la larga espera en fila. Paso por el arco, nada pita: todo en orden, pienso. Pues no, porque al otro lado del arco un hombre déspota, a quien se le subió el poder a la cabeza cuando le dieron una placa por vez primera, me ladra como perro rabioso, que la tarjeta de embarque (que llevaba en la mano) debía haber pasado por la cinta y que me “ponga las pilas” para la próxima vez. Mi inocente acción, que no había causado consecuencia alguna a la hora de obtener mi lucecita verde, se convierte en un problema, creado por la mirada altiva de un déspota de barrio. Sí, uno de esos que nunca fue nada ni nadie, que probablemente pasó por varios trabajillos de segurata hasta que alguien (quizás, una mujer) le recomendó echar currículum en el aeropuerto. Entonces le dieron la plaquita y se convirtió en un dios. Y allí, se dedica a hablar mal a la gente, a utilizar a diestro y siniestro la impertinencia, la intolerancia y la soberbia. ¿Empatía, para qué? Si pueden permitirse el lujo de ser robots y de mirar por encima del hombro.

En aduanas, también me crucé con otro déspota. Mi situación era complicada porque había salido de un país hacia otro, pero cruzaba frontera por un tercero. De modo, que mi instinto al ver que presentaba pasaporte español fue decirle que venía de España. Me mandó callar. “Aquí hablo yo, responde solo a lo que te pregunto”. Abrazando esa superioridad que le concede su turno de trabajo y que probablemente no se pueda permitir sacar a la luz en su vida privada, habló alto y contundentemente. Con una seriedad pasmosa, innecesaria y posiblemente agotadora (esa cara de rancio tras una jornada laboral larga se debe convertir en piedra) desechó el mirarme a los ojos, despojándome de mi humanidad, ignorando mi presencia y el evidente agotamiento de las veintisiete horas de viaje que cargaba encima, y lanzando preguntas en modo ametralladora marcó el ritmo de mi respuestas. Si no respondía lo que él esperaba, insistía, subiendo el tono, dejándome claro que yo era la imbécil por no entender y no él por ambiguo.

Dale un carrito a Pepito, es el dicho. Y es que el poder se sube a la cabeza. Sobre todo a los hombres. No porque las mujeres seamos incorruptibles o mejores seres humanos, sino porque las ocho horas de trabajo de una mujer poderosa no compiten con las otras dieciséis del día en que está en inferioridad. El hombre poderoso se vuelve déspota porque recupera esa autoridad suavizada por una modernidad que les arrebata poder económico y familiar. Le enseñaron a ser figura autoritaria: padre castigador, amante incansable, deportista competitivo, dueño y señor. Ahora es su momento. Por fin, una plaquita en el pecho que les permita ser “verdaderos hombres”. Como no puedo pegar a mi mujer porque me meten en la cárcel, agarro del brazo a la señora del aeropuerto para que se grabe el mensaje a fuego: aquí mando yo. Y así nos va, con hombres educados para ser todopoderosos que se vuelven déspotas con el primer soplo de poder. Pierden su humanidad cuando se ponen por encima, cuando dejan de respetar a lxs otrxs, cuando tratan a una mujer con desprecio.

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