La violencia patriarcal en las relaciones amorosas

La violencia patriarcal se sustenta en las relaciones asimétricas de poder entre los sexos binarios. Cuando hablamos de relaciones entre hombres y mujeres aparece la relación amorosa, romántica o sexual, como la más importante. Quisiera pensar que es la implicación emocional, psicológica y contractual la que superpone esta relación a otras como las laborales, familiares, etc. Una relación de pareja viene a ser la consolidación de un equipo con un proyecto de vida conjunto, con metas proporcionales, valores compartidos y sentimientos simétricos. Más allá de las definiciones del amor romántico, la unión en pareja es una forma de vida, de afrontar los retos y las dificultades con un compañero o una compañera que acompañe, aliente, fortalezca. Hay quienes dicen que un buen amor es el que te hace crecer, el que te permite sacar lo mejor de ti. Entonces, ¿por qué aceptamos relaciones tóxicas?

Me provoca especial curiosidad la forma de entender las relaciones de pareja en adolescentes, aunque este ensayo no pretende abarcar un estudio tan específico. ¿Por qué mentarlo, entonces? Considero que la descripción de relaciones de pareja con la que inicio estos párrafos es quizás una versión adulta, una interpretación madura que excede la acepción juvenil del amor. Me preocupa que las mujeres jóvenes desarrollen concepciones (y, por tanto, busquen relaciones amorosas) “romanticonas”, donde la insatisfacción aparece pronto y la felicidad parece esfumarse con la legítima naturalidad de su efimeridad.

Por tanto, me dispongo a continuación a realizar un balance de las primeras fases de la relación en pareja, basándome en la clasificación de Roca (2016), para analizar cómo los roles sociales y la concepción del amor romántico predisponen al fracaso, pero también para encontrar los puntos de arranque de la violencia psicológica y, si acaso, presentar las barreras internas y externas que se presentan con ella, retrasando la huida de las mujeres al comienzo del maltrato.

Roca (2016) tilda de paradójico el debate interno que sufren las mujeres maltratadas respecto a la relación entre amor y destrucción, entre la construcción vital y la subordinación violenta. Al comienzo de toda relación, existe un esfuerzo evidente por parte de los enamorados de mostrar sus mejores facetas, así como de complacer y de prestar atención a los deseos del otro. La constante seducción constituye en parte una careta, una manera de ocultar las debilidades, las inseguridades y las carencias. Pronto, sea la relación violenta o no, aparecen todas esas partes ocultas de sus personalidades a razón de la normativización y de la cotidianidad. En el caso de los hombres violentos, este proceso desenmascara su necesidad constante de control y de ejercer poder sobre su pareja. El conseguir su objetivo de someter a la mujer supondría arrebatarla a ella de todo su poder.

A este motivo, la violencia machista o de género se considera “un abuso de poder y un intento de control” (Walker, 2004). La posición social del hombre le atribuye un poder superior al de la mujer y mientras no exista igualdad real, seguirá siendo tendencia masculina el conservar y defender esa autoridad que le permite someter a las mujeres a sus deseos. Las estrategias para conservar ese estatus alcanzan la violencia física cuando no se tienen herramientas emocionales para aceptar un rol social diferente. La discriminación de género es la causante de la opresión femenina y tiene su vertiente más clara y violenta de manos de los hombres que dominan a sus parejas. Esa creencia de la superioridad masculina no es única del hombre; también las mujeres han sido socializadas para aceptar las características de un ser dominante, proveedor y agresivo.

Prestando atención a los datos de muertes masculinas queda evidenciado que las causas de muerte relacionadas con formas de comportamiento de asunción de riesgos son mucho más elevadas que las femeninas. Los hombres desarrollan culturalmente comportamientos agresivos y de riesgo para su propia vida (conducción rápida, sobredosis, deportes de riesgo, etc.) y la de los otros (homicidios, peleas, etc.). Su rol social les impone la capacidad de enfrentamiento y construye la debilidad como una característica del rol femenino. El honor de un hombre reside en que no tiene miedo, es valiente y se enfrenta a las adversidades, toma riesgos y asume peligros y no admite ni perder, ni ser humillado ni ser insultado. La agresividad y el rechazo a la abnegación son parte intrínseca de su posición social.

Todas estas características del hombre se plantean en disonancia con las femeninas, cuya virtud por excelencia es la abnegación, la capacidad de entrega a los otros y, por tanto, la sumisión y la dependencia. El amor, la compasión, el sacrificio o el cuidado se posicionan como la antítesis de la capacidad de violencia y competición masculina. La cultura masculina es una identidad que depende en gran medida de la anulación del otro. Al fin y al cabo, en un enfrentamiento o en una competición, siempre hay un ser triunfante y un perdedor.

Queda patente la incompatibilidad de ese comportamiento masculino con emociones que partan de la intimidad, puesto que suponen la comprobación de su faceta más vulnerable. No quiero decir con esto que el género masculino sea incapaz de reproducir emociones o comportamientos apegados al rol social femenino. Como subraya Subirats (2007:66), “las prescripciones de género no anulan la capacidad, sino que la matizan, la canalizan, la obligan a discurrir por unos determinados cauces”.

En las relaciones amorosas tradicionales, el hombre fuerte protege y la mujer débil sirve o cuida. Cuando el modelo se tambalea, surgen las reacciones machistas que reniegan de la pérdida de poder. Ser la figura que sustentaba económicamente a la familia le garantizaba privilegios dentro del hogar, donde todos los miembros satisfacían en agradecimiento sus deseos y voluntades. La independencia económica de las mujeres supone un desafío y un reclamo de igualdad en cuanto a las decisiones familiares a tomar. El varón pasa a ser sustituible y eso le provoca sentimientos de debilidad que puede llegar a canalizar de forma violenta. Por otra parte, la libertad sexual provoca que el hombre pierda control sobre la sexualidad de las mujeres de su entorno y se llegue a sentir deshonrado y humillado.

Las masculinidades tradicionales están en crisis y los hombres no han sido educados para aceptar los cambios que se despliegan en su posición social y familiar. Comienzan relaciones amorosas esperando ser el carácter dominante, el protagonista al que se debe servir y cuidar, abandonándolos a una frustración constante cuando su amada se revela como ser independiente y empoderado. Entonces, empiezan los comportamientos “indeseables”: los ataques de celos, la imposición de sus formas y la agresividad para recuperar ese poder que consideran les pertenece. El maltrato no comienza de forma inmediata, sino que es una acumulación de frustraciones y de emociones que derivan en violencia como forma aceptable de solucionar conflictos (Ferrer-Bosch, 2001).

La construcción social de los roles invisibiliza “los ejes de dominación” (Arisó-Mérida, 2010) mediante la estigmatización de las diferencias sexuales. La interpretación del mundo como un espacio binario, que coloca a las mujeres como débiles y a los hombres como fuertes, legitima la violencia de estos como útil socialmente dentro de sus funciones protectoras. Las mujeres que quiebran el mandato de género son legítimamente castigadas porque deben obediencia y sumisión al hombre, no deben violentar su honor.

Tras la primera etapa del enamoramiento, aparecen indicios de ese dominio patriarcal mediante luchas de poder que dejan la sospecha puesta en extraños comportamientos, pero que caben dentro de la concepción del rol masculino. Su agresividad se relaciona con factores externos y se acepta como natural al ser hombre. El arrepentimiento tras las descargas parece suficiente en ese ambiente de fuerte atracción y endiosamiento propio del amor romántico. La mujer sigue centrada en los aspectos positivos y el hombre se encarga de compensarla mediante una seducción que la somete a sus propias armas (Roca, 2016).

La esperanza de cambio a la que se aferran las mujeres para seguir en la relación amorosa, que ya despunta signos de violencia (sobre todo psicológica al comienzo), sirven para minimizar el problema e infravalorar la agresividad de él frente a sus virtudes y a los planes de futuro que comparten. Las mujeres en esta etapa todavía se sienten responsables o culpables por los enfados de su pareja, quien tiene el legítimo derecho de reclamar su poder. Aparece la insatisfacción, aunque se discurre como temporal y solucionable. El malestar se controla calmando al maltratador y cambiando hábitos para que este no se enfade. Es decir, cediendo a su reclamo de poder. Quizás él no pida que no vaya de fiesta sola con sus amigas, pero cada vez que lo hace él se enfada, grita, le retira la palabra, le falta al respeto. De modo, que ella deja de hacerlo gradualmente para no provocarle. Y así con todo.

Una vez ella ha llevado a cabo todo tipo de esfuerzos por vivir bajo los parámetros de él y la situación no parece mejorar (él siempre quiere más control, más poder), entonces verbaliza su queja y reclama la necesidad de cambiar o de mejorar la relación. Entonces, ya es tarde. La violencia psicológica ya ha sido implantada, ya actúa y vive como quiere el maltratador. Ya está bajo su yugo. Él tiene el control y ninguna intención de cederlo. Sin embargo, lo que se busca por parte de la mujer es la mejora de la relación, no acabar con ella. Existe una cierta compasión y empatía con el hombre. Se trata de entender qué le lleva a actuar así, se justifica la violencia.

La situación empeorará hasta que ella sea capaz de relacionar su malestar psicofísico con la violencia de él. Esta identificación necesita, generalmente, de la comunicación externa con amigos, familiares o profesionales. Una vez aparece la separación como posibilidad o alternativa a la vida que lleva y se toma conciencia de la pérdida y de las responsabilidades que acarrearía su vida en solitario es cuando se pueden comenzar a dar pasos hacia la recuperación de ese poder robado. El empoderamiento es un camino largo hacia la libertad, que pone en riesgo su vida (y la de sus hijos), por lo que garantizar su seguridad por parte de las autoridades garantes de sus derechos es esencial. El maltratador se vuelve más agresivo frente a una mujer que recupera su poder, que reclama su autonomía y que busca emanciparse (Walker, 2004).

Las desigualdades múltiples en mujeres de color e inmigrantes ponen aún más barreras a su debida protección (Expósito, 2012). La transversalidad de género es esencial para permitir una estrategia estatal que afronte esos mecanismos y evite responsabilizar a las mujeres de su propia situación (claros casos ocupan los de las mujeres islámicas, cuya situación de maltrato se achaca a razones religiosas y culturales y no a patrones de poder y dominación masculina).

Las mujeres aceptan las relaciones desde parámetros socialmente aceptables de los roles de género y la destrucción llega sigilosa y lentamente. Creen que cumplen con su labor social satisfaciendo las demandas del hombre, hasta que se sienten vacías, hasta que no se reconocen a ellas mismas. Salir de esa situación conlleva una serie de barreras externas e internas (Mateo, 2015): falta de apoyo social (dado el aislamiento al que les somete el maltratador y las dos caretas con las que juega frente a su entorno), carencia de recursos económicos e institucionales, la preocupación por los hijos, la normalización de la violencia como cualidad cultural masculina, la dependencia emocional, los valores tradicionales, etc.

La recuperación de una mujer maltratada supone la resignificación del yo, la búsqueda de nuevos significados a los roles sociales, la desculpabilización, el duelo y nuevas creencias respecto a qué comportamientos componen violencia patriarcal (Roca, 2016). Hasta ahora los esfuerzos institucionales recaen en apoyar a las mujeres víctimas de violencia de género, en dotarlas de servicios legales gratuitos, vivienda, protección y ayuda psicológica. Sin embargo, pocos o nulos esfuerzos se producen para reinsertar a los maltratadores. Mientras que ellas son enviadas a terapia, a ellos no se les envía a programas de tratamiento de género. También ellos deben ejercitar la resignificación de lo que es ser hombre, desmembrar la cultura masculina y encontrar creencias sanadoras dentro de su rol, así como entender los comportamientos que suponen violencia más allá de los golpes.

Retomando las relaciones de pareja en adolescentes, quisiera convenir la importancia de la educación cívica en materia de género. Igual que se presta educación sexual en colegios, debiéramos educar a las futuras generaciones en las nuevas formas de masculinidad. Enseñarles a hacer las paces con los sentimientos de debilidad, de vulnerabilidad, de inferioridad. La igualdad real vendrá de la mano de generaciones de jóvenes que siguen recibiendo mensajes de los medios de comunicación de masas sobre dicotomías hombre/mujer, macho/hembra, masculino/femenino que reproducen las desigualdades. No podemos permitir que la posición social de la mujer avance, sin que el hombre encuentre su lugar en esa nueva reorganización, sin que entienda y acepte su nuevo rol, porque la imposición de los roles impone violencia tanto para las mujeres como para los hombres.

Autores citados:

  • Arisó Sinués, O. y Mérida Jiménez R. (2010). Los géneros de la violencia. Violencias y Géneros (pp. 111-135). Barcelona: Editorial Egales.
  • Bosch, E. y Ferrer, V. (2001). ¿Por qué me maltrata si me dice que me ama? En: Bosch, E., & Ferrer, V. A., La voz de las invisibles: Las víctimas de un mal amor que mata (pp. 167-196). Madrid: Cátedra.
  • Cantera Espinosa, Leonor M. (2004). Más allá del género. Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona.
  • Castells, M. y Subirats, M. (2007). Mujeres y hombres, ¿un amor imposible? Madrid: Alianza Editorial.
  • Esteban, M. L. y Tavora, A. (2008). El amor romántico y la subordinación social de las mujeres: revisiones y propuestas. Anuario de Psicología, 39 (1): 59-74.
  • Expósito Molina, C. (2012). ¿Qué es eso de la interseccionalidad? Aproximación al tratamiento de la diversidad desde la perspectiva de género en España. Investigaciones Feministas, 3: 203-222.
  • Ferrer, V. A., & Bosch, E. (2016). Las Masculinidades y los Programas de Intervención para Maltratadores en Casos de Violencia de Género en España. Masculinities and Social Change 5(1),28-51.
  • Hirigoyen, M.-F. (2006). Vivir bajo los golpes. ¿Qué heridas provoca?. En: Hirigoyen, M.F., Mujeres maltratadas (pp. 19-55). Barcelona: Paidós.
  • Moriana Mateo, G. (2015). Barreras para escapar de la violencia de género: la mirada de las profesionales de los centros de protección de mujeres. Cuadernos de Trabajo Social, 28(1): 93-102.
  • Roca Cortés, N. et al (2015). Modelo integral de fases de recuperación. En: Roca Cortés, Neus et al, Recuperación de las mujeres en situación de violencia machista de pareja. Descripción e instrumentación (pp. 37-70). Barcelona: Ajuntament de Barcelona.
  • Walker, L. (2004). El perfil de la mujer víctima de violencia. En: Sanmartín, J., El laberinto de la violencia (PP.205-218). Barcelona: Ariel.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s