La Discriminación laboral: feminizada

Quisiera abordar un tema que me tiene hoy enfadada y que relata la historia de muchas mujeres: la mía propia, la de mi hermana, la de mis amigas y conocidas, la de todas nosotras en algún momento de nuestras vidas. ¿Por qué es tan difícil ser mujer? Vemos venir las zancadillas que nos va a poner la vida y estamos preparadas para ellas. Salimos cada día a batallar en la vida con la armadura puesta, con el corazón protegido y la esperanza de ser tratadas con respeto e igualdad. Sin embargo, en algún momento, ese pie escurridizo y patriarcal nos hace caer.

Esta semana perdió el trabajo. Ese trabajo mal pagado que tanto le costó conseguir. Aunque decir “perder” el trabajo me hace pensar en esa cancioncilla de “¿Dónde están las llaves? Matarile, rile, rile.” Peor, suena al “ha perdido la vida” en las noticias sobre violencia de género. No, en el fondo del mar, ni hay trabajos ni hay vidas: a ella la han echado y este mes de abril han matado a ocho mujeres en nuestro país. La he visto combinar hasta tres trabajos al mismo tiempo para salir adelante. De un sueldo precario al otro. De un horario incompatible con las labores del cuidado a otro igual de limitante. Años lleva buscando la tranquilidad económica, la estabilidad material y emocional. Porque el dinero sí da la felicidad, no nos dejemos engañar por frases hechas. Con dinero, compras mejor comida, conduces un coche que no te va a dejar tirada en cualquier esquina, pagas impuestos para que no te acose Hacienda, te permites actividades de ocio para que vivir no sea solo trabajar, te permite viajar y conocer otras culturas y un largo etcétera, pero sobre todo, te da autonomía y control sobre tu propia vida para tomar decisiones. El dinero te da libertad.

“Para vivir así, me voy al pueblo”, se dijo. No hay razón para quedarse en esta metrópoli chupasangre si voy a vivir peor que en casa, con los míos. Ahí se fue, digna y esperanzadora. Encontró un trabajo de lo suyo, por menos del salario mínimo, con horas de trabajo no declaradas y un horario partido que le impedía ocupar un segundo trabajo para compensar. No tardó en hartarse. “Así no”, se dijo. Se fue a otro trabajo, que no era de lo suyo, pero que le gustaba, porque pagaban un poquito más, aunque seguía declarando las horas que al jefe le convenía. Se quedó embarazada. Un embarazo que le aportó una felicidad infinita, porque no sabía si podría hacerse realidad algún día. Trabajó haciendo labores físicas hasta casi final de término. Tuvo a una niña, la amamantó, la cuidó, la disfrutó… hasta que sonó el teléfono con la amenaza de que si no volvía a trabajar, no le guardarían el puesto. Dos meses tenía el bebé. Volvió a trabajar, haciendo malabares con horarios ajenos para poder dejar a su hija en buenas manos. El padre de la criatura trabaja y estudia, así que tuvieron que apoyarse también en abuelos/as, tíos/as y demás parientes. Cuando terminó de dar pecho, solicitó volver al sistema de rotación de horarios que compartía con el resto de compañeras previo a su parto. El jefe le pidió que esperara y se mantuvo firme cada vez que ella le recordaba lo acordado. Pasaron los meses y nada. Esta semana se hartó. Se plantó en despacho y dijo que se había informado y que tenía derecho a ser la primera en elegir horario. Al jefe le molestó que se hubiera leído el convenio. Conocer sus derechos es siempre una amenaza para el explotador, así que la echó. A la calle, con un bebé al que había dejado de mano en mano por cumplir con sus responsabilidades laborales, con toda la pena del mundo.

Esta misma semana, otro ejemplo: ella volvió a trabajar tras su baja de maternidad completa. La mitad de la cual se pasó buscando trabajo para no tener que volver a un puesto que la exigía estar pendiente de los emails las veinticuatro horas. No encontró nada y tuvo que reincorporarse. Allí se le mezclaron las emociones: la crisis post-parto, la separación de su bebé y un trabajo incansable que la asfixiaba. Cuando ya no pudo respirar, se fue. No sin intentar conciliar primero: le denegaron reducir horario. Meses de depresión, oscuridad, impotencia, meses que perdió lejos de su hijo en un no parar de trabajar para pagar las facturas. Cero empatía por parte del patrón, varón. Ese patrón, que también ha tenido hijos, pero su pluma heterosexual, aquella de la masculinidad tóxica, le ha impedido disfrutarlos de cerca. Lo importante es proveer y proteger… si eres hombre, claro. Sino, dedícate a procrear y luego, ya hablaremos.

Yo misma he pasado por decenas de trabajos. He ocupado labores en hostelería, en recepción, en eventos, dando clases,… combinando trabajos para salir adelante. A mí también me han despedido por razones ajenas a mí y también me han descontado el salario por razones ajenas a mí. Todas en algún momento de nuestras vidas hemos trabajado para alguien que se dedica a explotarnos, que no le importa nuestra situación personal y que no responde ni a convenios colectivos, ni a leyes laborales, ni a ética de ningún tipo.

¿Para qué sirve el feminismo?, se preguntan algunos. Para que cuando queramos ser madres, no nos discriminen. Desde que nos adentramos en “edad de tener hijos”, notamos las dudas de los empresarios. “¿No me irás a dejar tirado de aquí a unos meses?” Con nuestro limitado salario, con nuestras dudas y miedos de ser capaces de hacerlo todo, con la esperanza de que nuestras parejas vayan a ser los padres corresponsables con los que soñamos, nos lanzamos a la piscina. Al salir, está la decepción, esperándonos.

Este post se lo dedico a todas esas mujeres. A mi hermana, la primera, por pasar por lo que está pasando. A mi buena amiga (ella sabe quien es), por sobrevivirlo. A todas las que me leéis, para que no os rindáis.

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