La persona tóxica no tiene género

Desde el feminismo, se trata mucho el tema de las relaciones tóxicas de parejas heterosexuales, es decir, entre una mujer y un varón. Sin embargo, poco hablamos de las relaciones tóxicas entre mujeres y, sin duda, también nos marcan. A lo largo de mi vida me he separado de muchas personas, pero hay dos “divorcios” que me dejaron huella. Cuando he decidido sacar de mi vida a una amiga cercana, ha sido una decisión dura, durísima, que deja su huella de por vida. Y no pongo en cuestión el valor de mi decisión, ni me arrepiento. La distancia era indudablemente necesaria para acabar con la toxicidad y, como si de una hierba mala se tratara, arranqué de mi vida la presencia de quienes no aportaban más que dolor, conflicto y drama.

Esta entrada de blog, lejana a mi tendencia habitual, se debe a que estoy viviendo de cerca, a través de una buena amiga, la relación tóxica que tiene con su madre. Lo cual me hace preguntarme: ¿cómo escapar esa toxicidad? Al fin y al cabo, una madre es para siempre… ¿o no? Es de por sí duro dejar ir a alguien querido, sea una amiga, un amigo o una pareja, pero ¿se puede una “divorciar” de su madre?

Una madre no viene sola, la acompaña su clan y, en muchos casos, la lealtad al clan proviene de la dependencia emocional que la propia relación tóxica alimenta. Sentirse aislada del clan produce vergüenza, remordimiento y culpa. La sensación de desarraigo es extremadamente poderosa y afecta a la autoestima y al amor propio. Las relaciones tóxicas tienen muchas facetas, entre ellas el hipercontrol, el abandono emocional, los malos tratos, la agresión psicológica y desmoralizadora. La manipulación, el desprecio y el rechazo en materias de sexualidad, de religión, de dinero y de relaciones afectivas rompen la relación en su núcleo, aunque ahí nos quedemos por mera cortesía, por ser las “buenas hijas” que nos han martirizado con ser, por no pecar, por no morder la mano de quien nos da de comer, incluso cuando la mano nos abofetea una y otra vez.

La madre tóxica es la que menos se preocupa por tu bienestar, pero la que más dice hacerlo. La madre tóxica te echa la culpa de todo y hace añicos todos tus logros, porque “no vales nada”. La madre tóxica quiere frustrar las etapas evolutivas de autonomía, separación y adultez, para que siempre estés ahí bajo su control.

El poder se constituye relacionalmente. No hay relación de dominio unilateral. Por eso, cuando una de las partes se da cuenta del abuso e intenta escaparlo, el dominador ataca con más fuerza. Está más que demostrado en los estudios de caso de violencia de género, que el maltratador es mucho más peligroso en la fase de separación, precisamente porque es una usurpación de su poder y porque la autonomía de la sometida es percibida como un ataque contra su posición de control y sometimiento. Lo mismo ocurre con las relaciones tóxicas de cualquier tipo. Mientras el poder esté establecido y “respetado” por ambas partes no hay picos de violencia, es cuando se produce la huida cuando el golpe más duro se produce. Al menos, en ese estado dubitativo, asustadizo, vulnerable y solitario del escape de la toxicidad, la verdad del carácter del abusador se presenta más clara que nunca para empujarnos a no mirar atrás.

Las madres tóxicas tienen mucho que ver con la implantación estricta de los roles de género: sus hijas limpian la casa y cumplen horarios estrictos de llegada, mientras sus hijos son libres de hacer lo que quieran, incluso de abusar emocionalmente de sus hermanas. Las madres tóxicas suelen rechazar las sexualidades periféricas e imponer una heteronormatividad que radica, además, en la compañía obligatoria de un hombre para obtener la felicidad plena. La madre tóxica exige, mediante el control, el alcance de unos valores y principios conservadores que acerque a sus hijas a ser el ideal de mujer que la madre tiene en mente, en parte, para completarse ellas mismas y llegar a ser lo que nunca fueron a través de las vivencias de sus descendientes. Las madres tóxicas desconfían de las amistades y parejas de sus hijas porque todo el mundo es mala influencia si no la encamina hacia donde ella ha puesto su esfuerzo por dirigirla con ley de hierro. La elección de una pareja estable suele desatar discordia si la madre desaprueba la relación. La madre tóxica se caracteriza por una actitud pasivo-agresiva y una falsa indiferencia que solo sirve como forma de imponer la sumisión.

Una mujer que quiera “divorciarse” de su madre necesita, en primer lugar, ser consciente del abuso. Aceptar que tu madre te quiere mal te convierte en la “malquerida” y ese auto-reconocimiento es doloroso, ya que expone nuestras heridas, nos descubre la propia vulnerabilidad y nos hace dudar de nuestros propios empeños como madres. ¿Qué he hecho mal para que me quieran mal? La culpa, siempre presente. Las víctimas de violencia de género siempre buscan entender y ayudar al agresor antes que a ellas mismas. Hay que recordarles diariamente que ellas no han hecho nada. Que recibir desprecio, ser humilladas en público y/o en privado, ser maltratadas, recibir insultos o cualquier otra forma de ataque contra ellas no tiene una justificación racional, que no hay que buscarla. El trabajo emocional pendiente es la sanación, la liberación y la aceptación. El responder la pregunta del porqué no me quiere o porqué me trata así no depende de la víctima y solo añade carga al proceso. Dejar ir y aceptar la derrota es la respuesta. Establecer límites, imponer distancia, centrarse en lo bueno que hay en tu vida y tirar para adelante.

La figura materna está completamente idealizada. Su función “natural” (y biológicamente justificada en el imaginario colectivo) es la de cuidar, la de proteger, la de amar. La función de los descendientes es la de devolver ese amor, ser leales y respetuosos. Es un tabú aceptar que tu madre ni te ha cuidado, ni te ha protegido, ni te ha amado. Más bien, te ha minado la autoestima, te ha sobre-controlado, te ha envidiado, te ha manipulado, te ha abandonado; ha sido negligente, autoritaria, violenta, criticona, egoísta, déspota y celosa. El abuso psicológico y la co-dependencia desarrollada desde la infancia hasta la adultez provoca una sensación de asfixia y encierro. Plantearse que la relación es tóxica y que hay que romperla, te aboca a sentimientos de culpa, de vacío, de resentimiento y de miedo.

Tu madre te dio la vida, pero no es la propietaria de tu vida. No le debes nada solo por el hecho de ser tu madre. Si sus actos provinieran de otra persona, ¿los aceptarías? ¿Dejarías que alguien más te tratara así, si no fuera tu madre? Si la respuesta es no, tienes el mismo derecho a poner fin a esa relación como a cualquier otra que te haga daño. No hay “ex-madre” o “ex-hija” en nuestra sociedad, en comparación con “ex-amigas” o “ex-novios”. Es políticamente incorrecto cerrar la puerta a tu madre, pero arreglar una relación es trabajo de dos. Si tú pones tiritas y ella las arranca para que sigas sangrando, ponle fin. No dejes que nadie te haga daño, ni hombre, ni mujer. Las relaciones tóxicas nos destruyen poco a poco, invisibilizan nuestro valor, nos merman el amor propio. Por eso, desde la sororidad, os digo que demos apoyo a aquellas mujeres que viven relaciones tóxicas en general, sea con quien sea.

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