Lenguaje no sexista

El lenguaje (oral, gestual, escrito y visual) sirve para representar la realidad, para comunicar a partir de una concepción cultural de la época. Por lo tanto, la lengua no es la culpable del orden simbólico que representa, sino la ideología que configura nuestra realidad y da forma a las diversas formas de comunicación. Como señala Eulàlia Lledó, el lenguaje no es solo lengua sino ideología, construcciones sociales que dejan huella en la manera de construir los diálogos, llenos de códigos androcéntricos y sexistas que excluyen o silencian a las mujeres.

El lenguaje no puede considerarse como una mera herramienta lingüística en esta materia, puesto que es la senda de la acción. Detrás de cada uso lingüístico sexista se esconde un mensaje, una opinión o un sentimiento sexista que le da forma. Al abordar una crítica a la forma, en realidad se están tratando de modificar los contenidos. Lledó deja claro que el lenguaje no es “neutro ni inmutable” y que de nosotros depende la utilización de un lenguaje no subordinador ni excluyente. La lengua no obliga a utilizar mecanismos ideológicos determinados, dado que existe un amplio abanico de opciones a la hora de expresarnos, del cual surge toda una teorización sobre las alternativas inclusivas que fácilmente podrían ser utilizadas dentro de un lenguaje no sexista.

El lenguaje no sexista no aspira a la simetría lingüística en el trato entre hombres y mujeres, sino una mayor precisión que permita la exactitud de la representación de ambos sexos. Una representación más igualitaria permitiría promover la reflexión sobre las ancladas, legitimizadas y asumidas formas sexistas. La corriente que denuncia el lenguaje sexista es causa de mucha controversia y suscita críticas que la acusan de inventarse palabras o de trasgredir la lengua. Sin embargo, el objetivo es dotar de expresión lingüística a las experiencias de las mujeres mediante la neutralización de los términos y la especificación (dada la subordinación femenina que impone le androcentrismo). Existe una enorme resistencia a feminizar palabras (un claro ejemplo es el relacionado con las profesiones o cargos de poder) que se sustentan en justificaciones lingüísticas, pero que en realidad nacen de impedimentos ideológicos.

El lenguaje no es natural, ni inmutable. Se trata de una construcción humana que refleja determinados valores y, por tanto, se puede (y debe) cambiar. Los significados no son estáticos, de modo que siempre cabe un uso lingüístico que responda a las exigencias sociales por la igualdad. Los usos lingüísticos colocan lo masculino en el centro de todo, como la norma a seguir, de la cual se desprende el femenino, una desviación de lo masculino. La lengua tiene valor simbólico, de manera que la representación sesgada de la realidad permite su sistematización discrimatoria, ya sea mediante la invisibilización de las mujeres, la excepcionalidad del uso del femenino, la dificultad para legitimar nuevos términos o la protección de palabras de uso estrictamente masculino.

Lledó habla de “domesticación” para referirse a la pretendida inclusión de lo femenino. Se presume que el género masculino incluye al femenino, justificando así la falta de especificidad de género. La palabra “hombre(s)” ha sido utilizada como sinónimo de “humano”, permitiendo una sobrevalorización de las aportaciones históricas del hombre e invisibilizando aquellas de las mujeres. Por otro lado, se utiliza el masculino singular y plural como genérico, englobando a las mujeres, pero igualmente sirviendo de herramienta de invisibilización. Esa supuesta neutralidad no es más que una representación androcéntrica del mundo, reforzando la presencia masculina sobre la femenina. El orden de aparición, cuando se pretende respetar la presencia de las mujeres en el discurso, es otra convención que permite registrar la jerarquización de los sexos, existiendo una tendencia clara a colocar el masculino primero. En esta línea, los participios y adjetivos en frases de doble género suponen un reto de concordancia, en ocasiones resuelto mediante la equiparación con la última persona de la frase y, en otras, mediante la duplicidad de los mismos.

Lledó realiza también un estudio amplio sobre los neologismos, los giros de adaptación que da la lengua y las reticencias en su aceptación. Los casos más evidentes son los relacionados con los oficios, sobre todo aquellos tradicionalmente ocupados por hombres, que provocan especial recelo en su uso cuando de cargos importantes se trata. Las profesiones relacionadas con el poder o con altos cargos son las que más resistencias provocan a la hora de su feminización lingüística y es que lo que no se nombra no existe o se le confiere carácter de excepcionalidad. De ahí que la palabra “ministras” costará tanto normalizarla. Además, los epicenos, es decir, la designación de ambos sexos a través de un solo género gramatical, pecan de ambiguos, dejando siempre la duda sobre el género de la persona de quien se habla. De modo que existe una necesidad real de especificar y de crear vocabulario que represente fidedignamente al género femenino en discursos que, desdibujando su representación, invitan a asumir que se habla de un hombre. Siempre que interesa la inclusión femenina en el uso lingüístico, se especifica el doble género (candidato/a, empleados y empleadas, etc.) Sin embargo, cuando no existe una motivación directa, se opta por no incluir la diferenciación permitiendo al imaginario colectivo a decantarse por lo masculino, que es considerado la norma. Hay un doble juego sexista en la inclusión o exclusión del doble genérico. Otra de las justificaciones sexistas respecto al uso lingüístico de los dos géneros sería la defensa del principio de economía de la lengua, que no es más que un mito que sirve para ningunear la presencia de las mujeres de forma explícita, puesto que el masculino no incluye siempre al femenino.

Los usos de la lengua que discriminan a las mujeres son causados por dos fenómenos: el androcentrismo y el sexismo. El androcentrismo constituye el punto de vista desde la posición privilegiada masculina, orientado por los valores dominantes y por la concepción del hombre como centro y norma de todo. Desde esa perspectiva sesgada, se percibe a las mujeres como desviación de la norma. El sexismo, por otro lado, es la actitud de superioridad frente a la mujer. La hegemonía simbólica del hombre desvaloriza (por exceso o por defecto) cualquier aportación social de la mujer, dilatando la subordinación y la invisibilización. El androcentrismo lingüístico constituye violencia simbólica al limitar la capacidad del imaginario social para posicionar a las mujeres en el discurso y por arrebatarles su presencia. El sexismo lingüístico tiende a dar lugar a la mujer en el discurso, pero su representación se produce desde la visión del hombre, desde un entender externo de su experiencia, sustentado en estereotipos y roles.

La lengua como sistema de comunicación no es sexista. Es la acción, la práctica y el mensajero quien pecan de serlo. Sin embargo, la representación sesgada en el lenguaje excluye a las mujeres de los sistemas simbólicos. Las mujeres se convierten en objetos a ser representados. Lledó analiza ejemplos del DRAE para hacer visibles las representaciones que de la mujer y de las hembras se expone de manera normalizada. La suma de los ejemplos del Diccionario presenta características físicas de las mujeres, en su mayoría negativas y en mayor número las relacionadas con prendas de vestir y adornos “femeninos”. La imagen de la mujer está fragmentada y estereotipada, ligada a la heteronormatividad e incluso definida por sus relaciones de parentesco en muchas ocasiones. Cabe añadir que a las mujeres se las cita más comúnmente que a los hombres por su nombre de pila y en caso de hacerlo mediante el apellido, no se especifica el género en su concordancia pronominal, dando cabida a la ambigüedad. La discriminación femenina alcanza el mundo animal, encontrando en la definición de los animales hembra atributos metaforizados de comportamientos estereotipados femeninos. Además, hay similitud en los ejemplos del Diccionario respecto a las capacidades reproductivas y del cuidado de hembras y mujeres.  Por el contrario, la relación entre los animales macho y los hombres en su definición promueve características consideradas positivas como aquellas de la capacidad sexual o la potencia animal.

En el contenido mediático se aprecia a menudo el sesgo en la presentación de las mujeres, difundiendo roles y símbolos que definen comportamientos sociales enraizados. La cultura ha estado bajo control masculino durante tanto tiempo que las mujeres han asimilado esa visión sesgada de su identidad y han interiorizado esa versión masculinizada de lo femenino hasta aceptar como legítimo el sistema de valores androcéntrico, que pasa desapercibido en el lenguaje más cotidiano. Por ello, es importante la labor de desmantelar la discriminación que se esconde en las formas lingüísticas.

Os invito a que visitéis la Página de Eulàlia Lledó si queréis ampliar lectura sobre lenguaje inclusivo: http://www.mujerpalabra.net/pensamiento/lenguaje/eulalialledocunill/llengua.htm

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