No corramos un tupido velo

En Montreal están por todas partes. En los supermercados a los que acudo, comprando los mismos yogures que yo. En los parques por los que paseo, observando a sus hijos jugar junto al mío. En el coche de al lado, cantando las mismas canciones que yo tarareo. En las oficinas contiguas, tecleando las mismas palabras que dan forma a mi propio trabajo. En el concierto al que fui anoche, haciéndose el mismo selfie que yo de espaldas a James Bay. En los restaurantes en los que como, evaluando el mismo menú antes de pedir. En el probador de ropa de las tiendas donde compro, en el dentista, en el metro, en la cinta de correr junto a la mía, en la biblioteca, en la cafetería. En todas partes. Haciendo lo mismo que yo, viviendo en igualdad, adaptadas a una cultura que no es nuestra, pero que nos acoge. No somos diferentes, aunque ellas lleven velo y yo no.

El ataque terrorista de Nueva Zelanda me provocó un llanto rabioso, triste y profundo nada más amanecer el sábado leyendo, aun sin abandonar la cama, las noticias y testimonios de lo ocurrido. Odio ese odio. Mi único odio es el odio a quienes marcan a iguales como diferentes, a quienes se posicionan ante ellos con superioridad moral, a quienes señalan con el dedo a los “otros”, rotulando su diferencia como si el resto fuéramos iguales, como si las particularidades de cada quien justificaran su rechazo. Han pasado casi veinte años desde el atentado del once de septiembre. Dos décadas de destrucción, masacre, expolio y odio. Dos décadas de huida constante hacia un refugio nunca fácil de obtener. Dos décadas de cadáveres flotando en las costas y de tiendas de campaña elevándose sobre arena y tierra, en los que nacen niños y niñas cada día sabiendo que están siendo castigados ya desde que vieron la luz por vez primera.

Occidente se ha encargado de asignarle al Islam todos los determinantes que justifican el rechazo político y social. Los islamistas son unos mil quinientos millones de personas en el mundo, pero desde la mirada imperialista se les homogeniza mediante la creencia generalizada de que ese inmenso grupo poblacional se caracteriza por machistas, por extremistas, por antidemocráticos. Las civilizaciones no son actores homogéneos por mucho que la geopolítica se empeñe en teorizar lo contrario. La política de lucha contra el terror se encargó de calificar el terrorismo como “islámico” y el daño que ha causado en el imaginario colectivo el calificar a todos los islamistas como asesinos deja su huella ahora con los asesinatos de cientos de ellos en todo el mundo en manos de supremacistas blancos. ¿Es realmente necesario ponerle etiquetas al terrorismo? El odio es odio y la imposición de ideas radicales a través de la fuerza es la misma, sin importar qué ideología le de forma. Ni terrorismo islámico ni terrorismo de supremacía blanca. Terrorismo. Porque la implantación de un clima de terror a través de actos violentos para intimidar a poblaciones enteras se caracteriza por el odio hacia el diferente y es esa condición la que merece reflexión y corrección político-social.

El discurso del periodista Walled Aly en los noticieros dejó claro que lo ocurrido no sorprende a la comunidad musulmana. Hiere, pero suena familiar. El discurso político de dureza e implacabilidad contra el terrorismo “islámico” de estas décadas ha alimentado el odio y ha separado las civilizaciones occidental e islamista como enemigas hasta virar el terror y hacer nacer el terrorismo de supremacía blanca. Si la muerte de inocentes no nos hace como sociedad pararnos a evaluar esos discursos del odio que se están asentando con naturalidad en la política occidental, estaremos traicionando nuestra propia humanidad. La palabra terrorismo no es más que una etiqueta creada socialmente y, por tanto, carece de objetividad. Su utilización es política y se apoya en el patriotismo. ¿Por qué no se ha esparcido en redes la bandera de Nueva Zelanda como ocurrió tras los atentados en Francia? Porque los musulmanes son considerados como foráneos, como minoría, como refugiados o emigrados, no como neozelandeses. Asumir que el patriotismo (o la pertenencia nacionalista) es una cuestión generacional y que se lleva en la sangre es tan cruel como decir que un hijo adoptivo no es un hijo de verdad. Yo soy española viviendo en Montreal, casada con canadiense y adaptada a una cultura que este mismo jueves me concede la ciudadanía y el pasaporte canadiense. He pasado por los mismos baches, rellenado los mismos formularios de inmigración que la población de emigrados y refugiados musulmanes que se sentarán conmigo el jueves a jurar el “Oath”. No somos diferentes. Basta ya de tanto odio.

En la guardería, dos señoras con velo reciben a mi hijo todos los días, le atienden, le cuidan, le miman, le cambian el pañal y él las adora. Le dejo por la mañana con una sonrisa en los labios, con las manos alzadas hacia ellas y los mofletes buscando sus hombros en forma de abrazo infantil. Ellas son inmigrantes, como yo. Desconozco si de primera o segunda generación, pero eso es lo de menos porque sentirse foráneas en esta tierra no depende de ellas sino del resto: de cómo las miren, de cómo las juzguen, de cómo las acepten; de si las tratan como iguales o como diferentes. Mañana es lunes y, al verlas, no podré evitar preguntarme cómo han vivido estos acontecimientos y si ellas, al igual que testimoniaron algunas mujeres neozelandesas, habrán sentido miedo alguna vez de vestir su velo. Porque el velo las expone como musulmanas y deja al descubierto esa supuesta diferencia.

Yo no soy creyente de ninguna religión, vivo muy tranquila sin dios alguno. Por eso, para mí es tan diferente el que va a misa el domingo como el que va a la mezquita el viernes. No hay lugar para la supremacía moral en mi entender de las creencias. Sí, es un mandato religioso llevar velo, pero ¿acaso no es un mandato patriarcal depilarnos o un mandato racista que las negras se alisen el pelo para ir a trabajar en Estados Unidos? Las sociedades están compuestas de imperativos culturales. Jerarquizarlos no sirve más que para legitimar unos y castigar otros.

Cincuenta personas han muerto; mujeres, hombres, niños. No son los primeros y dudo que sean los últimos. La guerra ideológica lleva abierta mucho tiempo y en la brecha que se ha abierto entre los dos mundos se derrama sangre por ambos bandos. Cuando el terrorismo es yihadista enseguida se califica como tal, cuando es de otra índole se tarda más en encontrar ese apelativo en los medios. Hace dos años, en esta misma provincia, en la ciudad de Quebec entró otro terrorista en una mezquita y mató a seis. Crímenes de odio que se expanden y avanzan un milímetro más cada vez que un representante político prescinde de talante para hacer frente a esta lacra social. La primera ministra Ardern está educando con el ejemplo cuando toda la comunidad internacional está observando lo que allí ocurre, acompañando a los familiares de las víctimas y a toda la comunidad musulmana, con el máximo respeto y la empatía a flor de piel.

Este es un blog feminista y me prometí a mí misma que procuraría no se politizase en exceso. ¿Por qué reflexiono sobre esta temática aquí entonces? En primer lugar, porque el horror de la tragedia me ha seguido como una sombra todo el fin de semana y yo proceso mis reflexiones escribiendo. Y, en segundo lugar, porque la cuestión del velo es esencial en la identificación del “otro” como diferente. Los hombres musulmanes pasan más desapercibidos. Tanto que, para atacarlos, los terroristas se desplazan hasta las mezquitas, centro donde se reúnen las comunidades para rezar en unidad y (supuestamente) en paz. Ellas, sin embargo, llevan consigo a todas partes su religión mediante la representación del velo. Me preocupa enormemente, al igual que a varias mujeres musulmanas entrevistadas en Christchurch, que estos ataques supremacistas, racistas, xenófobos y espantosos se trasladen hacia la figura de la musulmana en su vida cotidiana.

Desde el feminismo se alienta la sororidad, la hermandad entre mujeres. Sin embargo, con el mundo musulmán también ha habido encontronazos ideológicos porque los conceptos de igualdad y libertad en el mundo islamista deben ser respetuosos con sus textos sagrados, que rigen lo político y lo social. Sobre feminismo islámico escribí un post hace no tanto, así que no me extenderé en mis explicaciones. Solo quisiera terminar pidiendo que no corramos un tupido velo sobre estas cuestiones; que nos pongamos en sus zapatos y caminemos con ellos; que nos preguntemos cuál es su punto de vista; que tengamos una mirada crítica ante los discursos que naturalizan la diferencia como irreconciliable entre los pueblos; que cuando escuchemos individuos menospreciando a las mujeres musulmanas por llevar velo, interfiramos en su defensa; que cuando utilicemos el término terrorista en una discusión paremos antes de que se nos escape el adjetivo; que exijamos a nuestros gobiernos un mayor compromiso con nuestros vecinos y vecinas “diferentes”; y que no votemos a quienes propagan el odio. Es todo lo que pido y sé que no es poco.

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