Esto también es violencia, así que #Haztelomirar

Con el lema “No es violencia de género, es violencia doméstica” el autobús de HazteOir vuelve a las calles, semanas antes de la huelga feminista del 8-M, con el objetivo en mente de parar al “feminismo radical” (#StopFeminazis) mediante el reclamo de la derogación de las leyes de género (tanto la Ley de Violencia de Género de 2004 como las leyes autonómicas respecto a los derechos del colectivo LGBTI+). Y es que, “las leyes de género discriminan al hombre”, según la asociación. Este mensaje de odio hacia el feminismo y las identidades LGBTI+ debería dejarnos boquiabiertos a estas alturas, pero desgraciadamente es un discurso creciente y legitimado por una porción de la sociedad que ve sus privilegios reducidos y busca culpables en las capas bajas de la cadena de subordinación del sistema patriarcal. Quisiera dedicarle unos párrafos al lema de la campaña y al lema secundario de la misma porque creo que las feministas tenemos que haceros oír y que nuestras voces resuenen más fuerte que aquellas que discriminan y odian.

En primer lugar, el concepto de violencia de género debe ser explicado para que entendamos que la evolución terminológica entre violencia doméstica y de género está profundamente justificada y responde a un esfuerzo consciente por parte de los colectivos feministas de evidenciar la importancia que tienen las palabras para alcanzar los significados culturalmente arraigados. La asunción de que la violencia contra la mujer proviene de las relaciones de poder no es algo que se hayan inventado las feminazis anteayer, viene ya recogido en la Declaración de la IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres celebrada en Pekín en 1995 (página 52) organizada por las Naciones Unidas:

“La violencia contra la mujer es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres, que han conducido a la dominación de la mujer por el hombre, la discriminación contra la mujer y a la interposición de obstáculos contra su pleno desarrollo”

Desde la asociación HazteOir sostienen por el contrario que “La ley dice que hay una relación de poder del hombre hacia la mujer, para mí es absolutamente falso. No observo que las mujeres sean ciudadanas de segunda clase, lo son en plena capacidad e igualdad, exactamente igual que los hombres y con mismos derechos”[1]

La violencia física no es el único tipo de violencia, también existe la violencia estructural que proviene de las relaciones sociales y la violencia cultural, desde una esfera simbólica (religión, ideología, arte, lenguaje,…) que legitima o justifica las otras dos violencias. Dentro de este orden simbólico, se asimilan y naturalizan las relaciones de poder por parte de hombres y mujeres, perpetuándose la dominación a través de la conformación de las identidades. Ya señaló Butler que el lenguaje del odio produce el efecto de reposicionar al sujeto en posición de subordinación.

La primera oleada feminista sirvió para visibilizar las condiciones de sumisión y violencia. El feminismo radical de los años 70 pone sobre la mesa lo privado (“lo personal es político”) calificando la violencia intrafamiliar como problema político y social. Se elabora en esta época el concepto de patriarcado para reprochar el sistema de dominación basado en el sexo-género y sus implicaciones en la esfera privada. En las dos últimas décadas, el nuevo marco interpretativo que surge desde el feminismo en torno al concepto de violencia contra las mujeres pone el acento en las formas de legitimación de la misma, asentadas en la concepción social de la mujer como inferior o como propiedad del varón, al que debe respeto y obediencia.

Los malos tratos o el maltrato quedaban en casa y no trascendían al dominio público. Las “riñas” matrimoniales pertenecían a un terreno privado en el que no tenía cabida la opinión ajena. El matrimonio fue una institución desigual hasta finales de los años setenta y, por tanto, las relaciones asimétricas de poder dentro del mismo quedaban naturalizadas en el imaginario colectivo. En los ochenta se fundaron las primeras casas de acogida para las mujeres víctimas de violencia, a las que además se comenzó a prestar asesoramiento jurídico y psicológico. La creación del Instituto de la Mujer permitió que se lanzaran los primeros Planes de Acción contra la Violencia Doméstica (1998-2000 y 2001-2004), que contenían más objetivos que presupuesto para cumplirlos. Hasta entonces la violencia sigue denominándose violencia “doméstica”, “familiar” o “intrafamiliar”, lo cual impone unas características concretas: la de subsanar las consecuencias sin interferir en las causas. Es decir, se atiende a las mujeres víctimas de violencia, pero no se desmantelan las estructuras de dominación que causan los actos. Mientras que “mujeres maltratadas” sirve para categorizar a las víctimas, no se hacía aún referencia alguna al factor común que tenían sus agresores: eran hombres. El antes y el después del cambio de mentalidad lo marcó el asesinato de Ana Orantes en diciembre de 1997.

A finales de los años 90 empieza a permear en el lenguaje institucional el término “género” hasta aparecer en el marco normativo de la ley contra la violencia de género de 2004 (Ley Integral). La violencia queda definida como expresión de poder o control y justificada por la discriminación y los patrones culturales machistas. El cambio de lenguaje viene acompañado de un cambio de enfoque interpretativo, ampliándose la mera atención de las víctimas hacia medidas preventivas más amplias en todos los ámbitos (educativos, sanitarios, penales, laborales,…) Mientras que la Ley recoge una visión amplia respecto a las causas de la violencia contra las mujeres, restringe la figura del agresor bajo los límites de las relaciones amorosas, dejando fuera de su protección toda situación que no se ajuste a los siguientes parámetros (recogidos en el artículo 1.1.):

“La presente Ley tiene por objeto actuar contra la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre estas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia”.

Los colectivos feministas consideraron que la ley se había quedado corta limitando la definición de agresor. A raíz de esa crítica, surge con fuerza el concepto de “violencia machista” que en 2008 queda reflejado en la Ley catalana[2]. La violencia machista engloba la perpetrada por el cónyuge o ex-cónyuge, por miembros de una misma familia, por compañeros de trabajo o en cualquier ámbito, si la razón de la violencia es la imposición de control y sometimiento por razón de género.

A mayor número de políticas públicas para proteger a la mujer, mayor resurgir del machismo (#NosmatanynosllamanNazis). La pérdida de privilegios se siente, por una minoría, como un agravio a su masculinidad; la igualdad, como una amenaza a su poder. Entonces nacen acusaciones como las de feminazi o el hembrismo para desvalorizar todas las aportaciones históricas, legales, académicas y sociales del movimiento feminista. La acusación de que la Ley Integral era discriminatoria hacia los hombres logró suficiente apoyo social como para presentarse un recurso ante el Tribunal Constitucional, que ratificó después la validad del texto.

Las creencias estereotipadas sobre la violencia de género dan lugar a mitos, que sirven para minimizar el problema o incluso negar su existencia. Apoyándome en los estudios al respecto de Bosch y Ferrer (2002) apuntaré las categorías en que se ordenan.

  • En primer lugar, el mito de la marginalidad o la excepcionalidad: en lugar de entender la violencia como un problema social universal se concibe como hechos aislados y se achaca a contextos de nivel de desarrollo inferior o a grupos sociales problemáticos en países desarrollados.
  • En segundo lugar, los mitos sobre los maltratadores que justifican la violencia según las condiciones personales del agresor. O bien porque ellos mismos han debido ser maltratados (comportamiento aprendido y, supuestamente, justificable), o porque son enfermos mentales, o porque consumen drogas o son alcohólicos o, incluso, porque sufrieron un ataque de celos incontrolable. Mitos que presentan al hombre como un ser fuera de control, al que le dominan las emociones, las circunstancias, o factores externos que nublan su juicio. Hasta las feministas tenemos más fe en la capacidad innata del hombre a la bondad que quienes asumen que su naturaleza es la de un animal descontrolado.
  • En tercer lugar, los mitos sobre las mujeres maltratadas, que solo sirven para culpar y responsabilizar a la víctima. Entre ellos, la categorización del tipo de mujer maltratada (cuando, en realidad, pertenecen a todas las edades y estratos sociales) o la justificación de que si continúan con el agresor es porque son masoquistas (ignorando las secuelas de la dominación en la salud mental y emocional) o que la violencia les es merecida porque “algo habrán hecho”.

Habría que añadir otros mitos como la creencia de que la violencia psicológica no es realmente violencia (mitos que infravaloran el problema), o que el sistema solo sirve para validar denuncias falsas (mitos negacionistas). Los mitos se alimentan unos a otros y exigen un trabajo de contraste constante para presentar evidencias que demuestren que: si nos matan, algo pasa. Tan simple como eso.

La utilización del término feminazi acompañado de la imagen de Hitler con el símbolo feminista en la gorra no es más que una reacción misógina contra los avances del feminismo. Sin embargo, es muy preocupante. Preocupante tras leer en las redes los discursos legitimadores de la campaña y preocupantes las declaraciones de la propia asociación queriendo tirar por la borda años de luchas feministas. Como sigue habiendo mujeres asesinadas a mano de los hombres, “¡la ley no ha servido para nada!” ¿Entonces cuál es la solución que proponen para acabar con la violencia contra las mujeres? Ninguna. Porque eso no les interesa. El problema entonces quedaría de nuevo relegado a lo privado, a la intimidad de las alcobas, a lo “doméstico”, para que puedan seguir matándonos, humillándonos, controlándonos, sin que nadie intervenga, sin consecuencias porque somos “de ellos” y “para ellos”, para que nos usen a su antojo y nos dispensen si somos desobedientes.

El lema de HazteOir es, en sí mismo, violencia contra las mujeres; una representación de la violencia cultural y simbólica que atenta contra la igualdad. El 8-M se acerca y no nos van a callar. Si las mujeres autónomas y empoderadas te molestan, #HazteloMirar porque es #TiempodeMujeres, no de fachas.


[1] https://www.lavanguardia.com/vida/20190228/46754234781/hazteoir-hitler-feminazi-violencia-de-genero-autobus-8m.html?fbclid=IwAR221D2NVFrvupaQyZ2D7bqvslM9tkNL-vw-sAy7uoDGsbcKSQ831LlelWg

[2] Ley 5/2008, del 24 de abril, Dret de les dones a eradicar la violència masclista del Parlament de Catalunya.

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