Encrucijadas feministas

El movimiento feminista se encuentra en nuestros días en una oleada de movilización social en la que se señalan los discursos discriminatorios y misóginos en todos los ámbitos. Esa extensa ola no ha logrado aglutinar un plan único ni, por supuesto, una idea conjunta de las metas del feminismo. Según Judith Butler, es “la resistencia a resolver esta disensión y convertirla en una unidad [es] lo que mantiene vivo al movimiento[1]. Mi opinión es contraria y es que la constante crítica al feminismo y la resistencia a sumarse al movimiento por parte de hombres y mujeres de todo el mundo se debe a la amplitud de las demandas y a la confusión de los mensajes. Si no nos podemos poner de acuerdo con definiciones básicas del movimiento, como puede ser la de género, difícilmente encontraremos compromisos para la toma de decisiones que nos influyen a todas y ante las que surgen nuevas opiniones, desde las más conservadoras hasta las más radicales. La universalidad es combatida con las especificidades de la diversidad en un debate que parece alargarse durante décadas y heredarse de una oleada a la siguiente. El excesivo academicismo del movimiento lo aleja de la gente, de las mujeres a pie de calle que viven a diario la violencia, las injusticias, la discriminación y el ninguneo. Hay algo de anárquico en lo ideal y es que el vivir como se quiera y dejar vivir a los demás como quieran puede parecer una situación sencilla. En cambio, vemos como las estructuras patriarcales tienen raíces demasiado profundas que se enraízan en nuestro subconsciente para poner una barrera imaginaria al desarrollo de las mujeres. La discusión sobre el género pretende desmembrar esa construcción social de qué es femenino y qué es masculino y preguntar en voz viva a qué se deben las asunciones sobre la diferencia sexual.

El imaginario cultural contribuye a la construcción de las identidades colectivas partiendo de la biología y de las funciones sociales que se justifican en la diferencia sexual. Los roles, valores, normas y símbolos culturales atribuyen al varón el control de la cultura, el poder y el dominio a nivel político y económico, mientras que a la mujer se le asigna su participación reproductiva en la sociedad y sus dotes “naturales” del cuidado. La representación del género que se produce en los medios refuerza este sistema social, que parece perpetuarse de forma natural, pero que en realidad está impulsado por un protegido estatus quo y una discriminación evidente de la mujer fuera del que sea aceptado como su ámbito (de nuevo, “natural”). Y es que la naturaleza de la mujer no es criar ni quedarse en casa, ni cuidar de sus familiares, ni controlar sus emociones y debilidades en público. Desarrollar un sentido crítico sobre la imagen que se muestra de la mujer en publicidad, en el arte, en los libros de texto, etc. es vital para que los sesgos de género en el lenguaje y las imágenes no pasen inadvertidos. La educación es una herramienta clave para ello. Debemos educar en esa capacidad de analizar críticamente y preguntarnos porqué el silenciamiento de las figuras históricas femeninas, el porqué de la misoginia y el porqué de los roles construidos socialmente para cada sexo.

Las mujeres y los hombres aprendemos comportamientos en nuestra familia, en la escuela, en los medios de comunicación y a través de la religión y los perpetuamos de una manera bastante subconsciente. Hasta las más feministas nos encontramos poniendo en duda automatismos que nos traicionan de vez en cuando y ante los que hay que imponer un esfuerzo consciente para acallar. La consolidación de espacios de poder por parte de las mujeres como apuesta por su emancipación debe venir acompañada de la comprensión del techo de cristal por parte de los hombres. Sin la desmitificación de los estereotipos femeninos y masculinos será imposible avanzar en la conquista de la igualdad, puesto que mientras seamos bandos sexuados que defienden roles sociales específicos siempre entraremos en conflicto. Mientras la masculinidad se sustente en el dominio de la mujer y su seguridad en la posesión femenina cual objeto a su antojo, el imaginario cultural continuará perpetuando la desigualdad y poniendo barreras al logro de los derechos obtenidos sobre la tinta. La igualdad real será aquella que tambalee los cimientos de las identidades colectivas entendidas a partir de la diferencia sexual.


[1] Butler, Judith (2006) [2004] “¿El fin de la diferencia sexual?”. Deshacer el género. Trad. Patricia Soley-Beltran. Barcelona: Paidós, pp. 247-287.

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