Psiquiatría y Ginecología: discursos misóginos (s.XIX y XX)

El final del siglo XIX vino acompañado en Europa (en mucha menor medida en España) de las primeras reivindicaciones feministas organizadas como movimientos sociales demandantes de derechos civiles y políticos. La implantada misoginia había sido retada ya por el concepto del contrato social, el humanismo y la industrialización, que alimentaban el discurso igualitario de las primeras feministas. El cambio de paradigma hacia la secularización convirtió a la ciencia en la fuente ideológica legítima. La ciencia se constituía además como un espacio masculino que fue incapaz de transformar las ideas de género tradicionales. Mientras que el hombre pertenecía al ámbito científico, empírico y racional, la figura de la mujer seguía inmersa en el misticismo y la moral católica. En España, el nuevo pensamiento moderno no logró implantar un nuevo orden sexual puesto que las ideas de domesticidad de la burguesía liberal y los sentimientos católicos estaban fuertemente arraigados.

La misoginia se sustentaba en la inferioridad biológicamente “probada” y en la inferioridad moral de la mujer (proveniente de las teorías sobre la figura de Eva). A raíz de los prejuicios sexistas de los científicos y ante los temores masculinos a la desestabilización del orden sexual, nace la lógica del discurso positivista. El radicalismo cientifista utiliza su poder y legitimidad social para dirigir el cambio de mentalidades y justificar la inferioridad femenina con el objetivo de perpetuar ese orden sexual y proteger los privilegios masculinos. La emancipación de la religiosidad era un privilegio masculino, puesto que el misticismo femenino era ineludible a su propia naturaleza. De esa unión mujer-religión, se logró extraer argumentos que aportaron ventajas discursivas. Por ejemplo, el hecho de que la dualidad entre ser Eva o María recayera en la libre elección servía de argumento contra la naturalización de la figura doméstica y maternal de las mujeres.

En España, el krausismo defendía un racionalismo filosófico y un liberalismo reformista en lo político. La alianza entre fe y razón comienza a tomar una forma distinta. Se defiende un cristianismo desde la libertad religiosa y se propugna la fe en el progreso a través de la ciencia. El krausismo defiende la educación como la herramienta principal para la reforma social. La lucha contra la ignorancia forma parte de su ideología humanista, permitiendo el debate sobre la mejora de las condiciones de las mujeres mediante su apropiada educación. Los tímidos avances feministas en nuestro país estuvieron vinculados a las iniciativas educativas de los ambientes krausistas.

Los avances feministas provocaron una reacción antifeminista que tuvo su efecto en la implantación de la perspectiva positivista, obligando a abandonar la visión idealizada de la mujer. La mujer dejó de ser figura incognoscible para convertirse en materia de investigación científica. La feminidad se relacionaba con lo bello, lo espiritual, con una mayor sensibilidad y moral. Contra esa idealización, las teorías biológicas se propusieron la labor de demostrar la inferioridad de la mujer, comenzando por la biología que defendía sus limitadas facultades intelectuales en base al inferior tamaño craneal. La introducción del positivismo radical por parte de los hombres defensores del orden sexual tradicional tuvo graves consecuencias en la evolución del feminismo, puesto que logró la aceptación social o la normalización de la idea de inferioridad biológica y moral de las mujeres.

Ya a comienzos del siglo XX, las teorías misóginas pierden peso y se produce una revisión crítica gracias a la evolución de los conflictos sociales (sobre todo de la lucha de clases) y a la inmersión de las mujeres en ámbitos antes reservados a los hombres. La I Guerra Mundial supuso el reemplazo de la fuerza laboral masculina por las mujeres, que demostraron su capacidad para ejercer todo tipo de labores, incluidas las disciplinas científicas. Las mujeres comienzan a incorporarse en los años veinte a diferentes sectores económicos y a las universidades. Las nuevas preocupaciones sociales de la posguerra (natalidad, enfermedades evitables, trabajo femenino extradoméstico y la desestructuración de la institución familiar) permiten revisar los problemas del género. Surge la vocación de la medicina social por intervenir en la regulación de la vida privada y en las relaciones entre los sexos. Del inmovilismo en materia de género se pasó tras la guerra a la voluntad reformista, coincidente con el nacimiento de la imagen de la mujer moderna. Las teorías sobre la inferioridad femenina habían sido superadas en la práctica y reemplazadas por la noción de la diferencia entre los sexos. La moda andrógina y la ambigüedad sexual son condenadas por no respetar los criterios tradicionales de dualidad sexual.

La opresión y la exclusión social se sustentan en prejuicios de género fomentados por la biología. La medicina, aliada del poder y del patriarcado difundió las teorías sexistas desde la ginecología y la psiquiatría. Existe una conexión entre los primeros discursos ginecológicos y la justificación del estado mental de las mujeres. Como se menciona Antonio Diéguez ( 1999: “Psiquiatría y género: el naciente discurso médico-psiquiátrico en España y el estatuto social de la mujer”), se considera que “solo el hecho de menstruar hace a la mujer irresponsable de sus actos”. Los órganos sexuales femeninos eran señalados como los responsables de las “desviaciones” en el comportamiento femenino, proporcionando la justificación científica que daría lugar al desarrollo conceptual de la psiquiatría y la psicología desde el sexismo que comprendía como enfermedades mentales todos los comportamientos que retaran el orden sexual y la posición tradicional de la mujer. De esta manera, a través de la ciencia se sustenta la subordinación femenina y se controlaba la tendencia emancipadora de la posguerra.

Las nuevas disciplinas médicas secularizadas y positivistas sirvieron para reconceptualizar las representaciones de los femenino y lo masculino, la feminidad y la masculinidad concebidas desde la desigualdad. El estereotipo femenino conlleva la irreflexión, el temperamento basado en los sentimientos fuera de su control. Mientras que la imagen masculina se construye desde el control, desde la razón y la reflexión. Por tanto, los desequilibrios mentales, es decir, toda aquella actitud que exceda la razón se considera femenina, puesto que la ciencia se encarga de encontrar justificación a las desviaciones de los hombres desde una retorcida lógica justificativa de la dualidad sexual. Como señala Jiménez Lucena ( 1999: “La política de género y la psiquiatría española de principios del siglo XX”), “el varón, para sufrir determinadas alteraciones sexuales, debía haber sido provocado por factores externos”. Los factores que desvían el carácter femenino en cambio se encuentran justificados en cuestiones fisiológicas o psíquicas. Todos los procesos fisiológicos propios de las mujeres (menstruación, menopausia, embarazo,…) provocaban cambios de comportamientos que podían ser considerados como histeria, locura o depresión, por ejemplo. Toda alteración mental se consideraba trastorno de la personalidad y, por tanto, patologizable.

La utilización del simbolismo de género introducido por la ciencia llegó a sustentar teorías que justificaban que las desviaciones políticas, es decir, aquellas que confrontaban el orden social fueran tratadas “médicamente” y no políticamente, tal como refleja Antonio Nadal ( 1987: “Experiencias psíquicas sobre mujeres marxistas malagueñas”), “las mujeres marxistas eran enfermas”. Vemos cómo se relaciona la delincuencia, la rebelión y cualquier forma de mujer díscola con su propia sexualidad como causa de un desequilibrio mental. El nacionalcatolicismo del Franquismo impuso una moral que subordinaba a la mujer a su papel de madre y esposa, recluida en la esfera privada. Las políticas de la honra permitieron que cualquiera pudiera acusar a una mujer de viciosa, pecadora, vivaracha, etc. Las consecuencias podían alcanzar su reclusión en un manicomio como último recurso si no se las conseguía “moralizar”, mediante instrumentos religioso-institucionales. Estas mujeres, “las patronatas”, soportaban terapias psiquiátricas que las vaciaban de personalidad, asignándoseles una identidad aceptaba por la Dictadura.

Mientras que las prácticas psiquiátricas del siglo XIX llegaron al punto de realizar intervenciones de cirugía ginecológica (más tarde reconocida como mutilaciones) y otras terapias agresivas que pretendían controlar la actitud femenina desviada desde sus falsas causas anatómicas interviniendo el sistema nervioso, durante el Franquismo las intervenciones psiquiátricas buscaron la “corrección” de esos comportamientos mediante la implantación de disciplinas religiosas que impusieran en las mentes de las mujeres díscolas que el único destino de la mujer era el de ser madre, esposa y administradora de su hogar. Sin embargo, permanece esa concepción de que la naturaleza de la mujer es inferior a la del hombre y por tanto debe someterse ante él.  

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