Feminismo canario en el siglo XX

El siglo XX quedó marcado por cuatro etapas históricas que condicionaron las libertades y derechos de las mujeres en España: la Segunda República, Guerra Civil, la Dictadura, y la Democracia. Mientras que a comienzos del siglo las mujeres lograron conquistar nuevos espacios y nuevos derechos, el conflicto armado las empujó de nuevo a una forzada domesticidad, recuperando sus libertades con la llegada de la democracia.

El movimiento feminista se vio marcado por las voces republicanas, duramente represaliadas en época de dictadura. El caso de Canarias, donde el anarcosindicalismo sirvió a muchas mujeres de arma para la defensa de sus intereses, las organizaciones sociales sufrieron un duro golpe de mano de las fuerzas franquistas. Solo a partir de los años setenta, el movimiento de mujeres en el archipiélago logra volver a organizarse para articular el discurso feminista.

República y libertad

La Segunda República sirvió a las mujeres para incorporarse a la vida pública. Ya en el siglo XIX la participación cada vez más activa políticamente de las mujeres en el movimiento obrero y las luchas civiles habían abierto paso al debate sobre el voto femenino y el igual acceso a la educación. El socialismo utópico puso en el punto de mira la alfabetización femenina como instrumento para su emancipación, es decir, para lograr la independencia económica y laboral. Mientras que la izquierda aceptó tímidamente como parte de la lucha de clases la necesidad del voto femenino, el bloque de derechas seguía considerando a las mujeres como seres sin razón propia, dependientes en todo caso del posicionamiento político del marido. Gracias al acceso al Parlamento de diputadas como Clara Campoamor se logró la obtención de voto para las mujeres por primera vez en la historia de nuestro país. Así mismo, los tiempos de cambio dotaron a las mujeres de capacidad decisoria con la primera Ley del Divorcio en 1932 y la Ley del Aborto que llegó a ser aplicada en Catalunya. La diputada Victoria Kent consolidó un sistema de mejora del nivel educativo, expandiendo la escolarización de las mujeres de manera considerable durante la República. Las agrupaciones socialistas y anarquistas de mujeres comenzaron a surgir gracias a la libertad de asociación, cobrando gran importancia el grupo anarquista de Mujeres Libres, quienes impulsaron tareas de alfabetización de mujeres. La derecha española también aprovechó para fundar asociaciones de mujeres que defendían la figura de la mujer como ama de casa, como es el caso de la Sección Femenina.

La instauración de la Segunda República en Canarias supuso un impulso cultural, social y político mediante la reforma de la educación y la modernización ideológica. Proclamada el 14 de abril de 1931, se concibió como una oportunidad histórica para poner fin a las problemáticas sociales características del archipiélago, como las altas tasas de analfabetismo, el caciquismo político y las duras condiciones de vida propiciadas por la economía rural. El movimiento revolucionario en las islas traía ansias reformistas que se verían reflejadas hasta 1933 en avances educativos y laborales con el liderazgo de partidos obreros y sindicatos. A causa de las huelgas y la fuerza organizativa de los movimientos obreros, se produjeron enfrentamientos con las fuerzas oligárquicas insulares que culminaron en insurrecciones, sabotajes y represiones policiales. Los dos bandos ideológicos y de clase dividieron los intereses de la Iglesia y los terratenientes por un lado, frente a los intereses de los grupos populares republicanos que se unificaron en el Frente Popular ganando las elecciones de 1936 antes del golpe militar.

Los acontecimientos clave del enfrentamiento entre el movimiento obrero y el bloque de poder dominante en 1933 fueron la huelga de los inquilinos, la huelga de los tabaqueros y el capítulo de La Hermigua. Las elecciones de 1936 devolvieron el poder a las derechas en las islas más occidentales (provincia de Santa Cruz de Tenerife), frenando las reformas republicano-socialistas. Las posturas políticas se radicalizaron, así como los enfrentamientos sindicales. En respuesta, el movimiento obrero unificó partidos comunistas, socialistas y anarquistas en la creación del Frente Popular que ganaría fuerza hasta recuperar mayoría en 1936, desatando la represión de las fuerzas fascistas de la derecha que querían frenar el poder decisorio de las clases trabajadoras y los discursos emancipatorios de las mujeres.

La situación de los trabajadores en Canarias se caracterizaba por la precariedad y la inestabilidad. Las mujeres canarias ocupaban puestos de servicio doméstico, en la agricultura, en las conservadoras de pescado y en la industria del tabaco. El auge del movimiento obrero durante la Segunda República logra una progresiva mejora mediante la reglamentación laboral y la implicación de los sindicatos en las negociaciones colectivas, así como los avances en la seguridad social, la mejora de la educación y la libertad de asociacionismo. En cambio, los empleos siguieron sin modernizarse, caracterizándose de la agricultura, el trabajo doméstico y los trabajos portuarios para la exportación del plátano. Las duras condiciones de trabajo propiciaron múltiples huelgas. Además el sector económico estaba duramente afectado por una crisis de productividad que desde los sindicatos se dirigía hacia los ayuntamientos solicitando la ampliación de obras públicas y creación de empleos. A raíz de esa crisis y de una economía con base arcáica, la organización obrera tardó más en desarrollarse que en otros puntos de España.

La participación femenina en los sindicatos fue un factor decisivo en el transcurso de las negociaciones. Aunque el analfabetismo afectaba a las mujeres en mayor grado, su capacidad de liderazgo las puso al mando de la gestión de varios sindicatos durante la Segunda República, como son los casos del Sindicato de Obreras y Obreros de la Industria del Vestido y Tocado y del Sindicato de Obreras y Obreros Tabaqueros. Es cierto que hay escasos datos sobre números totales de mujeres, se puede afirmar que su participación como apoderadas de lista del Frente Popular en las elecciones de 1936 fue amplia en Canarias, pero quizás ya demasiado tarde. Declarándose la guerra desde el archipiélago apenas hubo tiempo por parte de las fuerzas de la izquierda, ni qué decir de los grupos de mujeres que aún estaban en formación, para organizarse colectivamente como resistencia unificada como ocurrió en otros puntos de la península.

Con nombre de mujer: Elsa Wolff Papke, una alemana llegada a Canarias a raíz de la implantación de la II República, instalada en Telde, municipio de Gran Canaria, tras pasar por Madrid donde obtuvo formación marxista y conoció a su compañero el militante comunista Juan del Peso. Ambos participaron del Frente Popular en Telde desde 1935 para la campaña electoral del año siguiente. Elsa Wolff participó directamente en las negociaciones entre terratenientes y jornaleros para hacer frente a la acuciante problemática local del paro agrícola. Sus labores de intermediaria le costaron enemistades que supusieron su acusación pública como comunista y, por tanto, enemiga del régimen franquista tras el levantamiento militar. Sería detenida y sentenciada a muerte junto al resto de compañeros comunistas, aunque finalmente fue indultada y condenada a treinta años de prisión, mientras que todos sus compañeros varones murieron fusilados. Su tiempo en prisión lo dedicó a enseñar a otras presas a leer y a escribir, se negaba a acudir a las misas y continuó celebrando el 1 de Mayo. Una de las pocas voces vivas que nos quedan de las mujeres republicanas en Canarias y que el historiador Agustín Millares* logra dibujar gracias a los testimonios orales recogidos en Gran Canaria. La historia de los republicanos comunistas, anarquistas y socialistas en Canarias ha quedado sepultada por la falta de voluntad política de restaurar la memoria histórica. En el caso de las mujeres, el olvido es aún si cabe más abrumador.

Guerra Civil

La memoria histórica en Canarias es de las más atrasadas y es que el territorio permitió a las fuerzas fascistas la sustitución de las fosas comunes por el alta mar, donde desaparecieron las voces de miles de vecinos y vecinas. La oligarquía canaria se consolidó como una fuerza esencial de apoyo al levantamiento militar y al posterior régimen franquista, que jamás ha tomado responsabilidad, ahogando con el silencio oficial las respuestas sobre las desapariciones, que algunos historiadores estiman en miles.

El golpe de estado se inició de mano del General Franco en Canarias un día antes que el resto de las fuerzas de levantaran en la península, dejando escaso tiempo de reacción a las fuerzas locales para organizarse contra el cambio. Además, la distancia geográfica imposibilitaba que entraran armas de apoyo a la oposición golpista. La acción colectiva se vio impedida por ese factor sorpresa del surgimiento fascista. Junto a los republicanos y los defensores de las izquierdas, las mujeres vivieron su propia persecución por estar relacionadas con ellos de algún modo. Fueron muchas las mujeres desaparecidas durante la Guerra Civil en Canarias y cientos las encarceladas por sus actividades sindicalistas, o simplemente por ser familia o compañeras sentimentales de algún “rojo”. Las prisiones se improvisaron por toda el territorio tanto en las islas como en barcos atracados en la bahía. El campo de concentración de mayor importancia fue el de Fyffes, compañía británica que cedió sus almacenes de plátanos a los golpistas. Los presos, todos afiliados de la izquierda, llegaron a sumar los 1.500 en un año en dicha prisión, aunque se mantuvo abierta por doce años, acogiendo a más de cuatro mil reclusos. La capacidad del centro se había duplicado y el hacinamiento forma parte de los testimonios orales, junto con la falta de alimentación y de higiene. Sesenta y dos presos fueron fusilados, la mayoría pertenecientes al Frente Popular y la CNT. Se obligaba a los encarcelados a cantar himnos falangistas, asistir a misa y otros actos de “reintegración” franquista.


Los castigos empleados contra las mujeres de ideas progresistas para disuadir contra actos de rebeldía comenzaban con raparles la cabeza, una forma de despojarlas de su feminidad que las marcaba socialmente y “castigaba” a los republicanos de su entorno.

En Santa Cruz de Tenerife, se habilitó la cárcel de San Miguel para unas 150 mujeres detenidas, muchas de ellas sometidas a torturas y violaciones por parte de los falangistas. Los castigos empleados contra las mujeres de ideas progresistas para disuadir contra actos de rebeldía comenzaban con raparles la cabeza, una forma de despojarlas de su feminidad que las marcaba socialmente y “castigaba” a los republicanos de su entorno. Las mujeres vivían humilladas y aterrorizadas sufriendo purgas con aceite de ricino (provocando diarreas), palizas y el escarnio público, sin haber vivido ningún tipo de proceso o juicio militar. La mayoría de ellas fueron sacadas de sus casas, expoliadas de todas sus pertenencias y reclutadas por meras sospechas de que pudieran colaborar con las fuerzas republicanas. De esa manera, la imagen de la mujer liberal fue demonizada públicamente para luego someterla con mayor facilidad durante el Franquismo. La mujer volvió a ser vista como débil y pecadora, ideas que parecían ya haber quedado obsoletas con la República.

Fuera de las cárceles, la vida cambió en el archipiélago de forma radical con la ayuda de los poderes locales y las autoridades militares. Las manifestaciones culturales y políticas fueron prohibidas y la educación regresó a sus orígenes abandonándose la coeducación o la innovación pedagógica, afectando en gran medida la alfabetización femenina. El modelo puritano se implantó con fuerza en toda España, configurándose la familia como institución de rango superior, bajo la autoridad patriarcal y las obligaciones de la mujer de respetar las órdenes del marido, control social que pronto se reflejaría en las leyes franquistas al final de la guerra. Las mujeres fueron empujadas a labores domésticas y del cuidado, generándose una guerra sin precedentes contra la figura de las maestras. Toda docente que colaborara en periódicos, que tuviera ideas progresistas o aplicara innovaciones en las aulas, era suspendida de empleo y sueldo, además de restringir como castigo el derecho a la educación de sus hijos, en caso de tenerlos. Muchas mujeres fueron expulsadas de sus casas y trasladadas por la fuerza a otras islas, lejos de sus familiares presos. De esa manera, el profesorado de las islas provinciales perdió a sus mejores docentes, cayendo en picado la calidad educativa y discriminando abiertamente a las estudiantes mujeres.

Con nombre de mujer: Blanca Ascanio Moreno, maestra comunista de La Gomera detenida y torturada en La Laguna, condenada a reclusión perpetua. Había colaborado con la resistencia en Vallehermoso antes de ser detenida junto a otras 46 personas. En principio, se la condenó a la pena de muerte, aunque luego se indultó. Maestra y colaboradora del periódico FETE-UGT (Federación de Trabajadores de la Enseñanza),  fue castigada por sus ideas feministas y obligada a presenciar el asesinato de su hermano Guillermo en 1941, por haber pertenecido al PCE y haber formado parte del batallón Canarias, unidad de izquierdistas que resistió a los falangistas en la Península.

Las mujeres cuyos maridos o hijos estaban encarcelados, habían sido fusilados o permanecían desaparecidos, se vieron obligadas a realizar todo tipo de trabajos precarios para poder colaborar y llevarles a la vez alimentos y enseres de higiene a las prisiones improvisadas por todo el archipiélago. La mayoría se dedicó a las labores agrícolas y al servicio doméstico. Además, las mujeres de los presos sufrían el rechazo social, muchas de ellas públicamente marcadas al haber sido rapadas por los militares que se llevaron a sus esposos. No solo ellas, sino sus hijos quedaban marcados y muchas veces expulsados de las escuelas públicas durante los años de la guerra. La marginación y la miseria (al haber sido despojadas de sus bienes) las empujó en muchos casos a ejercer la prostitución. Algunos testimonios cuentan cómo tuvieron que dejar a sus hijos en orfanatos para poder ellas trabajar a cambio no de salario, sino de comida diaria. Las duras condiciones de la vida en Canarias, donde los salarios habían caído con motivo del conflicto armado, el hambre, el paro y la miseria forzó la emigración de muchos isleños que marcharon a Venezuela y a Cuba en duras condiciones huyendo de la situación política.

Dictadura y represión

La burguesía canaria y los militares de alto rango ocuparon los cargos de administración insular y provincial después de la guerra. Para formar parte de las comisiones de cualquier ámbito, se requería el declararse apolítico. El intervencionismo económico apoyado por las leyes franquistas para controlar los resortes económicos en las islas, con la exportación como motor de riqueza. El franquismo empleó la represión y el centralismo para fortalecerse en el poder, manipulando el sistema educativo y controlando la comunidad de masas. Los valores del nacionalcatolicismo abandonaron a la mujer bajo el yugo del hombre. Para ello, el régimen impulsó una contrarrevolución educativa más en línea con los nuevos intereses de estado. El control de las manifestaciones y del asociacionismo dejó sin armas a la oposición, que ante cualquier intento de levantamiento era puesta en manos de los tribunales militares. Los escasos intentos en Canarias estuvieron relaciones con la decadente situación política, creada en gran medida por el enriquecimiento de las élites a través del mercado negro y la explotación de las masas de trabajadores agrarios y portuarios en las islas.

El régimen implantó la separación de roles mediante las diferencias curriculares en los materiales escolares. La Iglesia y la Sección Femenina de la Falange tuvieron un gran impacto en época de posguerra para implantar la mentalidad de domesticidad femenina, obligando a las mujeres a abandonar las ideas republicanas y los derechos adquiridos en el pasado. Mientras los hombres atinaban a ser médicos, las mujeres se dirigían a ser enfermeras. Las mujeres tenían como función social el ser esposas y madres, con derechos laborales limitados y condicionados a la voluntad autoritaria del marido. A través de la educación, se formaba a las mujeres para su vida como esposas, reglamentando sus comportamientos y organizando su vida privada. Se retomó el mensaje de la mujer impura, que debía esconder su sexualidad para evitar el pecado y velar por la moralidad.

La Sección Femenina contó con una fuerte presencia en las islas, expandiendo durante los años del Franquismo la mentalidad de que el trabajo extradoméstico no era para las mujeres, que su función social era la de atender al marido y criar a los hijos, que la fidelidad era su obligación pero no la del marido y que era el hombre quien debía llevar las riendas de las decisiones familiares. La sociedad canaria se mostró inmovilista frente a la nueva formación de las mujeres, lo que quizás se debiera a la escasa organización previa de las mujeres en asociaciones político-culturales en las islas no provinciales. Aunque hay que considerar que las zonas rurales en Canarias eran muy pobres y la Sección Femenina organizó localmente todo lo relacionado con la beneficiencia, desde comedores infantiles hasta actividades deportivas. A través del servicio social, la Sección Femenina impuso el modelo de género franquista, adoctrinando a las niñas con enseñanzas religiosas y de capacitación matrimonial que las alejara de cualquier idea de desarrollarse en el trabajo asalariado. La única forma organizacional de mujeres y las publicaciones periódicas provenían de la Falange.

Lo cierto era que las condiciones de pobreza en el campo obligaban a muchas mujeres a trabajar la tierra y a participar en actividades laborales invisibilizadas como el servicio doméstico. La mano de obra infantil servía para colaborar con la recolección de las cosechas, continuando el absentismo escolar y el analfabetismo que afectaría mayoritariamente a las niñas durante su trayectoria escolar. Las mujeres trabajadoras debían contar con el permiso del marido, en caso de estar casadas, y participaban de trabajos poco cualificados en la industria tabaquera, los salazones de pescado o las exportadoras de alimentos. Sus salarios eran complementarios a los del hombre, por tanto inferiores. Además, las funciones dentro de la industria eran diferentes entre hombre y mujeres. Por ejemplo, ellas se encargaban de escoger las hojas de tabaco mientras que ellos hacían el puro.

Con nombre de mujer: Susana Villavicencio, inspectora-jefa de enseñanza primaria provincial involucrada en la persecución de los maestros republicanos en las islas de Tenerife, La Gomera, El Hierro y La Palma. Tras la guerra, se encargó de implantar el ideario fascista de la Nueva Escuela. Viajaba por todas las islas de la provincia para conceder certificados de estudios primarios, presidiendo comisiones calificadoras. Todavía a día de hoy, existen colegios públicos en Canarias con su nombre, aunque quede registro de cómo lideró el reacomodo del ideario educativo en la provincia siendo mentada como ejemplo en otros procesos de adoctrinamiento en la península:  “cantó las glorias de la Patria y de su excelso Caudillo, exhortando a los niños catalanes para que imiten a estos de Tenerife que desde el primer día de la épica contienda, vieron en Franco el restaurador de las grandezas de España y su providencial salvador”.[1]

Democracia y organización feminista

La etapa final del Franquismo dejó resquicio a la reorganización del movimiento feminista en Canarias. En 1969, una década antes de las II Jornadas Feministas del Estado español, se fundó un grupo de discusión socio-política en Gran Canaria que sería el punto de partida del Seminario de la Mujer. Los cambios de mentalidad en la sociedad canaria con la incorporación de la mujer al sector terciario y a los puestos de la administración pública fueron animando a la participación cívica en entes locales y asociaciones vecinales. Durante la década de los 60 y los 70, el movimiento “Canarias Libre” creó una corriente social de base obrera con un comportamiento que divergía de las normas impuestas por la Sección Femenina, formada principalmente por las élites franquistas. El movimiento nacionalista canario mostró una creciente oposición al régimen y las mujeres tuvieron extraordinaria presencia en este proceso y es que, el nuevo estado canario al que se aspiraba acabaría con la sumisión de la mujer, mediante la implantación de la igualdad y la cooperación. El sentimiento de “canariedad” unificó a hombres y mujeres por una causa común poniendo freno al adoctrinamiento nacionalcatolicista de las clases trabajadoras por parte de la oligarquía dominante.

A partir de 1975, comienzan a surgir las reivindicaciones de derechos y las agrupaciones de mujeres en el archipiélago, que logran fundarse formalmente en 1977: la Asociación de Mujeres Canarias (AMC), la Organización Democrática de Mujeres (OMD) y el Frente de Liberación de la Mujer Canaria (FLMC). El periodo posfranquista es especialmente reivindicativo con los principales reclamos siendo la despenalización del adulterio, la ley del divorcio y la legalización de los anticonceptivos. El Estatuto de los Trabajadores de 1980 incluyó ya una serie de medidas propuestas por organizaciones feministas referentes a la no discriminación y la igualdad en las condiciones de trabajo, así como la baja médica por parto.

En definitiva, el fin de la censura, la libertad de asociación, el acceso a la educación mixta y los cambios legislativos y sociales supusieron un nuevo marco en el que plantear la figura de la mujer como ente igualitario y libre. En estos cambios transicionales entre un régimen y otro, las mujeres jugaron un papel de vital importancia, mediante la creación y activa participación en los movimientos sociales, pero también a través de las asociaciones locales de red de apoyo. El tardofranquismo supuso en Canarias el incremento de la alfabetización de las mujeres favoreciendo su acceso a un mundo laboral menos precario en un momento de modernización de la economía isleña. Sin embargo, el archipiélago aún estaba por desarrollar adecuadamente sus sistemas de transporte y comunicaciones.

El movimiento feminista canario surge, por tanto, al final de la étapa franquista desde la clandestinidad para salir a la luz tras la muerte del dictador, ya que muchas asociaciones fueron impulsadas por partidos de izquierda, como  la AMC relacionada con el PCE, o la ODM compuesta por el partido comunista PUCC, entre otras muchas. En julio de 1976, se celebra la I Asamblea de Mujeres Canarias en Santa Cruz de Tenerife bajo el lema “Por un movimiento feminista en el archipiélago”, agrupando a más de 200 mujeres en la presentaciones de diversas ponencias sobre la posición social de la mujer en varios sectores.

Las reivindicaciones feministas se diversifican al ritmo en que se consolidan los derechos democráticos. Desde organizaciones que exigen derechos concretos como los educativos, los sanitarios o los sexuales, hasta asociaciones sindicales que promueven la incorporación de la mujer al mundo laboral. Las formas de lucha ahora dan cabida a manifestaciones, marchas populares y mítines, permitiendo que la voz de la mujer vuelva a ser escuchada tras años de silencio forzado. En la década de los 80 se consolida la Coordinadora Feminista de Canarias dando cabida a todas las organizaciones locales y unificando las demandas bajo el lema “lo personal es político”, queriendo infiltrar en el debate político las temáticas de igualdad. Esta década da cabida a las movilizaciones en favor de la legalidad del aborto y de la amnistía de las mujeres y los médicos encarcelados por llevar a cabo los procedimientos de manera ilegal. El PSOE aprobó finalmente una ley con bastantes limitaciones en 1985.

La Coordinadora Feminista de Canarias surge en 1978 integrada por la AMC, la ODM y el FLMC, las agrupaciones feministas más activas e importantes de las islas. Ese mismo año comienza la campaña por la legalización y subvención social de los anticonceptivos, presentando firmas al parlamento y desenvolviendo charlas formativas por los principales barrios isleños. La educación sexual y la exigencia de la participación activa del Estado en dicha materia se mantienen en el tiempo. En 1979, las manifestaciones continúan a raíz de una sonada muerte por una práctica abortiva clandestina en Santa Cruz de Tenerife. La despenalización del aborto y la petición de centros de planificación familiar se convierten en el canto unificado de las feministas canarias. Otra de las grandes reivindicaciones del colectivo fue la cuestión del divorcio que generó múltiples manifestaciones durante 1981. En 1982 se consolida la Coordinadora, que hasta entonces había estado dividida entre los grupos de poder de Las Palmas y Santa Cruz. El 8 de marzo de 1982 comienza la Semana de la Mujer en Tenerife, donde se desarrollan diversas charlas previas a las elecciones estatales y se redacta un programa reivindicativo de izquierda sobre sexualidad, patriarcado, derechos y economía que sirve de panfleto para las posteriores manifestaciones y extenso trabajo de calle realizado hasta 1986. De cara a la incorporación de España a la OTAN, se crea el Colectivo de Mujeres por la Paz y el Desarme, movimiento antimilitarista canario que supone una escisión de la Coordinadora tinerfeña.

A nivel estatal, nace el Instituto de la Mujer en 1982, organismo de Igualdad autonómo pero bajo el ala del Ministerio de Cultura. Las funciones son la coordinación de proyectos y subvenciones con asociaciones locales, así como el desarrollo de programas específicos de igualdad y violencia. Los planes de igualdad se institucionalizan y gestionan mediante los entes provinciales dando lugar a un debilitamiento en los años 90 de feminismo como movimiento social, impulsado por las victorias obtenidas en la década anterior pero también por la confianza creciente en las instituciones. El actual debilitamiento de esa confianza, es quizás una de las razones de la fuerza del movimiento feminista actual en España.

Por otra parte, surge la actual Mujeres, Solidaridad y Cooperación, creada en 1984 como entidad que se encarga de la atención a las mujeres víctimas de violencia en Tenerife. En 1985, surge el Centro de Información de los Derechos de la Mujer y el Centro de Acogida de Mujeres Maltratadas en Canarias. Una vez adquirida la igualdad formal ante la ley, los derechos políticos y civiles reclamados en la década anterior y la legalización de los anticonceptivos y del aborto, las movilizaciones feministas abordan con fuerza la lacra de la violencia contra la mujer.

Durante los años noventa, las movilizaciones en la calle descienden y aumenta el número de colectivos asociativos, que dependerán ya económicamente de los planes de de igualdad de los gobiernos locales. Los grupos informativos o encuentros de mujeres para la discusión de materias feministas son reemplazados por la tendencia a la gestión de proyectos locales. La institucionalización de la lucha impone un cierto inmovilismo en la participación individual de los barrios, tal como se había vivido las décadas anteriores. Las islas capitalinas dividen sus objetivos a partir de escisiones de grupos que luchan por objetivos menos generalistas que los defendidos por la Coordinadora y a partir de desencuentros de posiciones ideológicas durante las campañas a favor de la despenalización del aborto. En Tenerife, surge el grupo Solidaridad Democrática, el Colectivo Harimaguada y las secretarías de la mujer en los sindicatos, manteniéndose a pie de calle las reinvindicaciones de la Coordinadora y del Colectivo de Mujeres. En Gran Canaria, la Coordinadora pierde fuerza y se empodera a otros grupos como el de Isadora Duncan, los colectivos de mujeres por barrios (Vecindario, Gáldar, etc.), Colectivo de Mujeres antimilitaristas, La Casa de Mujeres Maltratadas, etc.

A modo de conclusión

El siglo XX supuso la conquista de nuevos espacios por parte de las mujeres, pero vino acompañado de una gran represión y de una extensa lucha. Los hitos republicanos de obtención de derechos políticos y civiles fueron un espejismo que devolvió a la mujer a las manos de un patriarcado más autoritario liderado por las fuerzas falangistas y el ideario católico. Las mujeres fueron expulsadas de esos espacios conquistados como las universidades, los parlamentos o los sindicatos y tuvieron que volver a reclamar su igualdad décadas después como si nunca la hubieran disfrutado.

En Canarias, el movimiento feminista republicano llegó con demora, puesto que la distancia territorial y la ruralización suponían un limitante a la organización social. Cuando por fin las mujeres comenzaron a implicarse en las luchas sindicales para la mejora de las condiciones laborales y económicas en Canarias (sumida en una grave crisis), el golpe de estado las violentó y reprimió hasta que la supervivencia se convirtió en la principal preocupación. La guerra las abandonó en la miseria, el hambre y la desesperación y la dictadura les arrebató la visión de futuro que se estaba gestando con los derechos nacidos en época de república. El analfabetismo siempre fue una lacra para su emancipación. Por eso, se puede decir que el aumento de la escolarización y la mejora de las condiciones de vida en Canarias permitieron la implicación ya en la década de los 60 de las mujeres en los debates sociales clandestinos sobre la situación política y económica canaria; debates que en la década de los 70 pasaron a ser feministas y a cuestionar la discriminación contra la mujer.

Los años 80 consolidaron el boom del movimiento feminista en Canarias, con la extensa acción formativa y reivindicativa de múltiples grupos feministas. Las luchas tuvieron un impacto sin igual en el archipiélago gracias a las charlas públicas, mítines y material didáctico repartido en los barrios marginales de las islas, que contribuyó a aumentar la participación ciudadana, a educar cívicamente sobre las problemáticas femeninas y a legitimar las demandas referentes a los derechos que pronto se adquirirían como la igualdad ante la ley, la legalización del divorcio y la despenalización del aborto. La extensa institucionalización produce la caída de la participación en la calle durante los años 90. Lo “personal es político” supuso la entrega a los políticos de la agenda feminista, lo cual ha provocado en la actualidad una nueva ola que comprende que las políticas requieren presupuestos que las abanderen, compromisos y educación cívica, y que nadie mejor para lograr ese cometido que una ciudadanía empoderada.


[1] “Un festival infantil”, Eco del Magisterio Canario Num. 1856; La Laguna, 15 de marzo de 1939. Disponible en: file:///C:/Users/User/Desktop/hem_ecodelmagisterio_19390315.pdf

*Millares Cantero, Agustín (2015), “Incógnitas. Mujeres de izquierdas en Gran Canaria (1931-1939)”; España, Ed. Le Canarien Ediciones.

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