Feminismos contemporáneos: Teoría Queer

La teoría queer nace en los años noventa a raíz del desarrollo de las teorías post-estructuralistas de género que retan a las feministas a concebir la identidad femenina-masculina desde la interrelación, los roles sociales y la dominación u opresión masculina. Por género nos referimos a una categoría relacional y relativa, a una construcción social más allá de la diferencia biológica o anatómica entre hombres y mujeres. Al hablar de género y distanciarlo de la materialidad corporal de hombre-mujer nace una construcción teórica sobre las categorías de identidad sexual “desviadas”, que exceden los parámetros de lo “normal” (y esa normalidad también se teoriza como la hegemonía del pensamiento heterosexual frente a otras sexualidades).


Por género nos referimos a una categoría relacional y relativa, a una construcción social más allá de la diferencia biológica o anatómica entre hombres y mujeres.

La teoría queer desarrolla la vinculación entre sexo biológico, género identitario y deseo sexual, de modo que se puede enmarcar alrededor del análisis académico del colectivo LGBTI. La transgresión a la norma heterosexual monógama provoca situaciones de discriminación y estigmatización. La teoría queer pretende normalizar mediante su teorización toda esa transgresión relativa a una distinta interrelación para dar voz a esas identidades acalladas históricamente por el androcentrismo y la homofobia. Por tanto, el término queer se invoca como concepto paraguas bajo el que se recogen todas las sexualidades periféricas. Ya no se pide la igualdad sino la equidad, el reconocimiento y aceptación de la diferencia.

El término de queer, academizado en los años noventa, proviene del insulto inglés hacia los gays afeminados. En inglés, además, prevalece la utilización de straight como heterosexual, de manera que siendo lo normal, lo recto y correcto, el adjetivo queer pasa a ser inevitablemente lo torcido, lo desviado por pura oposición. Los teóricos de los estudios queer se apoyan en los avances sobre las teorías de la sexualidad de los años setenta, con especial influencia de la mirada de Foucault y Adrienne Rich, quien puso sobre la mesa la heterosexualidad obligatoria desde el punto de vista lesbiano. Los años ochenta vinieron cargados de teorías sobre la sexualidad homosexual, que se apoyaban en las evidencias históricas y naturales de dicha práctica sexual para contrarrestar las críticas sobre la anti-naturalidad del deseo homosexual. En esta época, quizás por la importancia social de la expansión del VIH, los estudios al respecto alcanzaron su punto álgido.


La obligación de comportarse de manera masculina o femenina pertenece a lo pre-discursivo, a lo cultural que impone las reglas del juego desde ese binarismo sexual hombre-mujer.

Los estudiosos de la teoría queer proponen diferentes interpretaciones que se desarrollan en los años noventa de la mano de Judith Butler, Eve K. Sedgwick, Diana Fuss y Annamarie Jagose, entre otros autores y autoras. Butler desplegó una teoría de género performativa, alegando que el género es una identidad recreada o imitada de forma permanente, pero que no es algo natural, sino una característica independiente del sexo biológico y de la sexualidad de cada quien. La autora separa género y sexo y cuestiona que el género no es tan inocente ni tan culturalmente desarrollado como se estima, puesto que viene condicionado por el discurso y la socialización desde el nacimiento como ser sexuado. La obligación de comportarse de manera masculina o femenina pertenece a lo pre-discursivo, a lo cultural que impone las reglas del juego desde ese binarismo sexual hombre-mujer. De modo que, si la identidad es una consecuencia de esas prácticas discursivas, se podría entender que la relación entre sexo, género y deseo responde a esa tendencia cultural de regulación o normalización que impone una heterosexualidad obligatoria dentro del marco androcéntrico. De manera que, inevitablemente, el género condiciona la sexualidad o el deseo. El género es una acción, una interrelación de la sexualidad en ese binarismo. Respecto al colectivo LGBTI, Butler se plantea la falta de homogeneidad del colectivo como problemática para alcanzar la solidaridad de los objetivos contra la discriminación. Y es que ciertos autores, trataron de relacionar el posicionamiento político en las teorías queer viéndose impedidos por la escasa coalición ideológica entre los grupos de sexualidad subversiva. Para Butler es esencial que los roles jerárquicos y las relaciones de poder dejen de determinar las estructuras culturales que conforman la identidad, pero para lograrlo hace falta una acción política eficaz que parta de la unidad. La reiteración de las normas de género requiere una resignificación que transforme y subvierta las normas culturales sobre las relaciones entre sexo, género y deseo.

El análisis converge con el feminismo en cuanto en tanto señala al patriarcado, al falocentrismo y a la heterosexualidad obligatoria como culpables de la estigmatización del colectivo queer, de aquel que excede esa norma o delimitación cultural que enmarca el binarismo de mujer femenino y varón masculino. La homosexualidad aparece como el “otro”, al igual que la teorización de la posición social de la mujer se produjo con el nacimiento del feminismo como la antítesis al hombre o como su complemento. El ejercicio discursivo tras las relaciones entre personas del mismo sexo es atribuido desde fuera, desde la percepción de una sexualidad desviada e impura que atenta contra la masculinidad (no entendida como compatible con una sexualidad homosexual). De modo que el colectivo queer encuentra un punto de cohesión, de unión y de fin político en la lucha contra la homofobia a partir de la apropiación del lenguaje homófobo. La matriz heterosexual domina el lenguaje de género, que pasa a ser el campo de batalla de las teorías queer, puesto que el lenguaje es un discurso optativo y voluntario del individuo que puede impulsar discursos culturales nuevos. De hecho, para Diana Fuss, la identidad se compone de esas condiciones políticas, lingüísticas y sociológicas. Como vemos, el género como identidad colectiva se desnuda de autonomía y autodeterminación. Estamos prediseñados para que en nuestra socialización la cultura atribuya a nuestro sexo el género binario correspondiente, organizando así las relaciones y el rol que nos corresponde socialmente. De ahí, la difícil problemática de la libre elección identitaria del colectivo transexual.

El rechazo a la diferenciación sexual hombre-mujer para determinar lo femenino-masculino pretende romper con esa forzada identidad que vincula como “raro” o como “desviado” el comportamiento femenino de los hombres y masculino de las mujeres. Si entendemos el binarismo hombre-mujer desde el sexo biológico, la materialidad del cuerpo extirpa del concepto toda esa carga cultural condicionada que conlleva el rol que se ejerce socialmente. Ese rol, esa identidad pertenece al género, que no es más que la actuación o la imitación de lo que se considera femenino o masculino. Sin embargo, Butler lleva más allá la explicación del gender is performative indicando que el lenguaje y los comportamientos son los que producen un efecto y una identidad, siendo la reproducción del rol de género el que da una idea social sobre la sexualidad de una persona. Es ese efecto el que provoca rechazo, homofobia, discriminación y patologización. El género que se te atribuye no es tu elección, sino que responde a las expectativas o a la visión que la sociedad tiene de ti. Esa base de entendimiento parte de la naturaleza del sexo biológico y del prejuicio de que el género viene naturalmente ligado al ser hombre o mujer y que además determina tu sexualidad heterosexual. La teoría queer ha roto con los cánones de pensamiento y ha resignificado el planteamiento sobre el género para probar que es la actuación repetida de comportamientos la que determina socialmente el género que se te atribuye, que no es algo natural a tu sexo biológico y que la sexualidad no está necesariamente ligada más allá del prejuicio.

Sin duda, la teoría queer es liberadora en la medida en que deja en manos de la actuación voluntaria del ser humano el acatamiento o el rechazo de las normas sociales de género, que se construyen en base a nuestros comportamientos. Sin embargo, cuenta con el rechazo a lo que se desvíe de la norma como oposición; y el transformar esa norma, ese prejuicio, esa liaison entre sexo, género y sexualidad, es la que se presenta como programa político que debe empapar cualquier iniciativa de forma transversal. 2

La transexualidad se ha explicado históricamente desde un punto de visto médico con diagnosis psiquiátrica. Un transexual es una persona que se siente del sexo opuesto al biológicamente adquirido. Sin embargo, la transexualidad se concibe como aquella relativa al cambio de sexo mediante tratamiento hormonal e intervención quirúrgica. En ciertos contextos, se crea una separación entre el ser transexual en “transición” y aquel que ya ha transicionado, mientras que en español utilizamos el mismo término sin establecer una diferencia clara entre el sentir de género y la materialización sexual, o entre transgénero y transexual. De hecho, el término trans que pretende englobar esas dos corrientes parece ser la que se está imponiendo con la evolución del movimiento social.

La conceptualización y el surgimiento de la terminología transexual proviene del siglo XX a raíz de los avances médicos que permitieron el cambio de sexo. Hasta entonces se hablaba de travestismo, en el sentido en que la disforia tenía más que ver con los comportamientos y atuendos “desviados” respecto a la supuesta masculinidad o feminidad correspondiente a su sexo. La ciencia, acompañada de la legislación que regula la condición de transexual, patologizan a los transexuales como justificación de la disforia de género. Los trastornos de identidad sexual tienen como consecuencia la estigmatización y el rechazo social, sobre todo en niños y niñas que se comportan bajo parámetros distintos a los esperados según su sexo biológico. Por este motivo, son muchos los intelectuales que han alzado la voz en los últimos años para declarar que el único trastorno mental de los transexuales es provocado por la marginación social y no por su identidad ni condición sexual. La teoría queer aparece como rechazo a la dicotomía masculino/femenino para promocionar la aceptación de las identidades que no se acomodan en ese binarismo. Es por ello que la patologización ha sido criticada abiertamente por muchos autores, que consideran que la obligatoriedad de redirigir la “desviación” de género hacia uno de los dos géneros aceptados solo perpetúa la incomprensión y la aceptación de los colectivos que no se identifican claramente con ninguno de los géneros o que no quieren sufrir las consecuencias médicas de una transformación completa de su sexo. Sin embargo, otra parte del colectivo solicita el acceso a la intervención médica subsidiada para quienes quieran proceder con el cambio de sexo. Se podría decir que la tendencia actual es que la identidad sexual sea elegida por el individuo y presentada en documentos oficiales sin la obligatoriedad del cambio de sexo, el cual debería quedar a libre elección de la persona trans. En cambio, este cambio de paradigma hacia la autonomía corporal todavía no ha provocado directamente un cambio legislativo ni una reconceptualización acorde que despatologice la disforia de género, aunque parece que es hacia donde caminan las demandas del colectivo.


La elección obligatoria de un sexo legal en ese sistema dualista pone de manifiesto el rechazo o la dificultad social a la aceptación de cualquier género que excede la norma.

Entre la transexualidad y la intersexualidad existe una vinculación referente a la imposición de categorías médicas para encasillar a los individuos bajo el binomio hombre-mujer. Las dos únicas opciones sexuales entendidas como posibles o legítimas determinan la identidad de un niño o una niña antes de poder decidir. Es la medicina la que determina en base al desarrollo de los órganos sexuales, la identidad de género del bebé en el caso de los intersexuales. La elección obligatoria de un sexo legal en ese sistema dualista pone de manifiesto el rechazo o la dificultad social a la aceptación de cualquier género que excede la norma. Según Judith Butler, el género es normativo en cuanto en tanto hay una relación manifiesta entre el nivel de cumplimiento del rol de género que nos corresponde y los niveles de coerción social contra la desviación a esa norma. Las normas de género nos hacen y nos deshacen socialmente, es decir, determinan nuestros comportamientos independientemente de nuestras identidades. El género normativo de Butler categoriza todo ese empeño social por encasillar y corregir las “imperfecciones” físicas, identitarias y sexuales.

La patologización aparece ya desde la justificación causal de la transexualidad. Aunque no existen evidencias empíricas suficientes, se debaten teorías de niveles hormonales inusuales que provocan la disforia de género y se buscan respuesta a través de la neurociencia para justificar que los niños y niñas trans verbalicen desde tan temprano el conflicto entre su sentido sexo y el biológico. Si el género está en continuo desarrollo y evolución en base a las relaciones sociales, ¿cómo es posible que se nazca con un género erróneo? Es decir, el pensar que desde el nacimiento hay una falta de congruencia en la identificación sexual del cerebro es contraria a la idea de que es la socialización la que provoca ese conflicto. En definitiva, que a una nena le gusten los camiones y a un nene los tacones, no debería significar que estén atrapados en cuerpos no correspondidos. El género normativo impone que los comportamientos se diferencien según el sexo y además que vayan acordes a la sexualidad pertinente. Sin embargo, la aceptación del no acatamiento de esa norma de género puede darse desde la medicación, pero también desde la cultura de la diversidad de género, de la lucha contra la transfobia y con el desarrollo de teorías de género diverso que permitan la naturalización de los comportamientos que excedan las expectativas de género femenino-masculino. La creación de discursos y de un lenguaje que dote de verdad el sentimiento trans es esencial para acabar con la patologización y medicación; para erradicar la necesidad de caber en uno de esos dos géneros. Y es que los procesos hormonales y las cirugías ponen en riesgo la vida de este colectivo, dejándoles además con secuelas psicológicas complejas, ya que hasta la mayoría de edad no pueden terminar la transición de un sexo a otro. Esto sin contar el desembolso económico que supone y que determina como primera meta en la vida cubrir gastos médicos, que quizás no hubieran sido necesarios si socialmente se aceptaran las mujeres con pene y pelo en el pecho o los hombres sin pene y con pechos.

En España, para que la reasignación de sexo sea posible debe existir el reconocimiento médico de la disforia de género. Previo a la cirugía, se produce un seguimiento psicológico exhaustivo, así como un tratamiento hormonal de dos años antes de poder adecuar la identidad con el nombre en los documentos oficiales. Las terapias hormonales pueden durar toda la vida, lo que ha suscitado también críticas porque condena a los transexuales a esa falta de normalidad en la vivencia de su sexo. El feminismo radical ha criticado duramente la cirugía de reasignación de sexo, dado que presupone la perpetuación del rol femenino y masculino, de los dos únicos géneros, de la opresión masculina que impide el normal desarrollo de los hombres “afeminados”. Sheila Jeffreys lo ha llegado a declarar una violación de derechos humanos[1].

En mi opinión, considero que prevalece el reto social de aceptar la ruptura con el género normativo. No tengo mucha fe en comenzar por el lenguaje; me parece que el cambio de discurso debe venir como consecuencia natural del cambio de mentalidades. Lo que sí tengo claro es que lo que está categorizado encuentra más fácil aceptación y que por ello es conveniente desarrollar teóricamente categorías de género para ampliar esa norma, para transformarla y alejarla de las críticas transfóbicas. La autonomía corporal al igual que la libertad sexual debe prevalecer, pero sin las cadenas sociales de la expectativa de moverse en “igualdad”. La diferencia debería ser tan liberadora como la igualdad. De hecho, la autonomía corporal es una mentira cuando los tratamientos esclavizan de por vida y condenan a una sexualidad incompleta.


[1] https://www.theguardian.com/commentisfree/2012/may/29/transgenderism-hate-speech

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s