Orígenes de las reivindicaciones feministas

El surgimiento de las reivindicaciones feministas se remonta a los orígenes de la humanidad. A causa del androcentrismo teórico-intelectual, los pensamientos de aquellas mujeres que reivindicaron su malestar con respecto a la posición social de la mujer no ha llegado completo hasta nuestros días porque no tuvo el impacto merecido en las sociedades de entonces, sufriendo incluso el castigo de no acatar el orden social. Sin embargo, el feminismo como tal, como movimiento social, como ideología que defiende los mismos derechos para hombres y mujeres surge a finales del siglo XVIII durante la Ilustración. De cualquier modo, no hay que olvidar ni borrar de la historia las voces de esas mujeres que, durante épocas premodernas, dejaron memorias escritas denunciando los agravios enlazados a la condición de mujer, en tiempos gobernados principalmente por la justificación divina de la diferencia entre los sexos.

No fue hasta finales del siglo XVII cuando François Poullain de Barre defendió por primera vez que el “espíritu no tiene sexo” en su obra De l’egalité des deux sexes. Poullain estableció que la diferencia física entre hombres y mujeres no probaba la diferencia de capacidades intelectuales entre ellos, alegando que dicho prejuicio no tenía base científica. Durante esa época de preciosismo, se generó un debate en los salones conocido como “la querelle des femmes que, aparte de inspirar un movimiento literario, puso en cuestionamiento la falta de capacidad decisora de las mujeres a la hora, por ejemplo, de elegir esposo. El tema del amor se convierte en una fuente de deseo de autonomía y de vindicación de control sobre sus vidas privadas. El florecimiento de nuevas ideas, el debate abierto sobre la posición marital de la mujer, los tratados sobre la igualdad moral entre hombres y mujeres son caldo de cultivo para la revolución ideológica que supondrían la Ilustración y la Revolución Francesa en Europa.

Los grandes filósofos europeos del siglo XVII y XVIII, como Locke, Voltaire, Rousseau y Hobbes, desarrollaron el concepto de derechos naturales para reivindicar el derecho de los individuos relativos a su naturaleza humana y no en dependencia de las leyes del estado, creando la teoría del contrato social. La idea de que es la voluntad del hombre suscribirse a sus deberes ciudadanos abandonando su libertad natural se justifica por la ganancia de los derechos obtenidos, de modo que también se justificaría la ruptura del contrato social si los términos del contrato no satisficieren al individuo. Esta línea de pensamiento implanta la idea de libertad intrínseca por nacimiento en un estado de naturaleza fuera del control estatal, marcando una clara diferencia con la antigua creencia del designio divino de la Monarquía y abriendo paso a una naturaleza en igualdad entre los hombres. Claro está que esos derechos naturales no fueron aplicados a la figura de la mujer, puesto que esta no era considerada ciudadana. La doctrina de los derechos naturales dio lugar en 1789 a la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, documento fundacional del pensamiento de la Revolución Francesa. Las mujeres, habiendo participado de la revolución y del debate intelectual en los salones burgueses, se cuestionan entonces cómo los esclavos habían sido considerados ciudadanos antes que ellas mismas.

Dos años después, Olympe de Gouges redacta la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana (1791) denunciando el “olvido” de los pensadores de la época respecto al papel social de la mujer en esa nueva sociedad que proclamaba igualdad, libertad y fraternidad. En esta declaración se reclama el principio indiscutible de que, si el estado natural del ser humano es el nacer en condiciones de libertad e igualdad, las mujeres tienen por tanto el mismo derecho natural. Además, expone la tiranía del hombre como única limitante del ejercicio de los derechos por parte de las mujeres y reclama la soberanía compartida, solicitando así su participación pública, la igualdad ante la ley, la libertad de pensamiento y el derecho a la propiedad. En su artículo decimosexto establece que “la constitución es nula si la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado en su redacción”. Brillantemente apuntado hacia la futura redacción de la constitución que nacería en Francia del nuevo orden social. En cualquier caso, Olympe de Gouges sería acusada de sedición y guillotinada a causa de sus públicas reivindicaciones, no pudiendo conocer el impacto que tuvo su heroica declaración en la historia del Feminismo.

El paradigma de los derechos naturales sirvió a aquellos pensadores contrarios a la consideración de las mujeres como ciudadanos (en cuya categoría encontramos a Rousseau) como pretexto para justificar la inferioridad natural de la mujer, afectando enormemente los avances en materia de igualdad y legitimando los argumentos de los futuros defensores de la subordinación de la mujer. Aunque hubo pensadores —entiéndase hombres— que apoyaron el repensar de la participación ciudadana de la mujer, tales como Condorcet, la hegemonía del discurso de la época distinguía la igualdad en la esfera pública de la referente a la esfera privada, donde por naturaleza, por prejuicio y por costumbre la mujer estaba destinada exclusivamente a tareas reproductivas.


La idea del contrato social es reutilizada para describir el matrimonio y el convenio entre el hombre y la mujer para criar futuros ciudadanos virtuosos.

Las voces ilustradas permanecieron en el tiempo como un reclamo sobre la condena de la mujer a la ignorancia, entendida además como herramienta del patriarcado para anclarlas a la subordinación de los hombres “virtuosos” que dirigían sus vidas. La pensadora Mary Wollstonecraft escribió en 1792 Vindicación de los derechos de la mujer, hoy considerado un clásico de la historia feminista, defendiendo principalmente los derechos de la mujer a ser educadas bajo las mismas condiciones que los varones. Esta línea de pensamiento asienta el paradigma de que solo a través de la educación se puede alcanzar la emancipación. Esta idea sigue estando de actualidad, en boca aun de las organizaciones internacionales que abogan activamente por el acceso a la educación de las niñas en países en desarrollo como única salida a su situación de miseria y de opresión. Por vez primera en el siglo XVIII, Wollstonecraft introduce la idea de que la esfera privada es un asunto público, en cuanto en tanto el Estado está al servicio de las familias. Desde una perspectiva muy sociológica, se trata el papel de la mujer en la Europa de la época como una figura familiar, entendiéndose la institución del matrimonio como base de sustento de su teoría emancipadora, puesto que la defensa del acceso a la educación se asentaba en la justificación de que, como madres, estas eran las principales encargadas de la educación de sus hijos. La idea del contrato social es reutilizada para describir el matrimonio y el convenio entre el hombre y la mujer para criar futuros ciudadanos virtuosos. A diferencia de otros ilustrados, la autora entiende que la razón es el resultado del equilibrio entre la razón y el sentimiento, desechando la idea que el hombre es portador de la razón y la mujer, de la sensibilidad. La harmonía de ambos valores tanto en hombres como en mujeres no solamente rompía con la idea de la inferioridad de la mujer en cuestiones del intelecto, sino que abría el debate sobre las responsabilidades familiares y domésticas del hombre. La verdadera libertad de la sociedad solo sería alcanzada cuando hombres y mujeres, como ciudadanos en igualdad, participaran de las funciones públicas de estado y privadas o familiares. Para alcanzar este ideal, las mujeres debían ser igualmente ilustradas que los hombres, tener por tanto el mismo acceso a la educación.

Aunque el pensamiento de Wollstonecraft estuviera marcado por la religión y la igualdad “ante los ojos de Dios”, influyó enormemente en las teorías socialistas de comienzos del siglo XIX. Las feministas de la época, como Flora Tristán, vuelven a retomar el debate sobre la importancia de la educación para que las mujeres se levanten contra ese “falso principio” de inferioridad que las ha abandonado en la ignorancia. Sin embargo, este pensamiento agregará un giro de clase para hacer notar que las mujeres de la clase burguesa cuentan con educadores para sus hijos, propiedad y patrimonio; y que son las mujeres proletarias y trabajadoras, de quienes depende la educación de sus hijos, esclavas del sistema económico, subordinadas además a sus maridos, y condenadas al “embrutecimiento”. Flora Tristán llega a proclamar que todos los males de la clase obrera residen en la miseria y la ignorancia y que la única salida posible es la formación educativa de las mujeres, que como madres educarán a su vez a sus hijos, dotándoles de mayor acceso a la igualdad de oportunidades. 

Con el fin del feudalismo y de la esclavitud, el capitalismo se extiende en Europa, cambiando así las formas de funcionamiento del mercado. La Revolución Industrial tuvo gran impacto en el siglo XIX, produciendo un cambio profundo en las sociedades europeas, donde los trabajadores se conglomeraron alrededor de las fábricas en las grandes ciudades. A consecuencia del aumento de la productividad y la riqueza, surgieron nuevas distinciones de clase teorizadas por los pensadores socialistas, anarquistas y comunistas de la época. La burguesía, acaparadora de la renta y de los medios de producción, mantiene una calidad de vida opuesta a aquella del proletariado, formado por los trabajadores industriales. La brecha social genera una serie de debates sociológicos y de movimientos sociales que demandan una mejora de las condiciones de vida de las clases más bajas. En defensa del proletariado, algunas autoras militantes socialistas y comunistas de varios países añadieron la posición de la mujer a la problemática de la diferencia de clases. Las mujeres entraron a formar parte de esa mano de obra mal pagada, a la vez que se ocupaban de los hijos y los hogares. Se hace alusión, por tanto, a la necesidad de luchar por la igualdad educativa de las mujeres para poder alcanzar la igualdad salarial y poner fin a la división sexual del trabajo que condenan a las mujeres a la miseria. Entra en el debate la creciente forma de esclavitud y trata de mujeres pobres para su prostitución en las grandes ciudades, así como las consecuencias que conllevan para su pronta mortalidad las enfermedades de transmisión sexual.


La sociedad industrial y el nuevo liberalismo apenas habían supuesto cambios en la situación política y legal de las mujeres, más allá de su inclusión en un mundo laboral precario bajo las mismas condiciones de explotación que los varones, pero con peores salarios.

Sin embargo, las teóricas de la época como Flora Tristán, Clara Zetkin o Alejandra Kollontai no lograron que sus compañeros de ideología priorizaran la igualdad de la mujer, sino que el debate era aplazado hasta la implantación de un sistema de justicia para la clase proletaria, que jamás parecía llegar. La sociedad industrial y el nuevo liberalismo apenas habían supuesto cambios en la situación política y legal de las mujeres, más allá de su inclusión en un mundo laboral precario bajo las mismas condiciones de explotación que los varones, pero con peores salarios. Además, seguían viéndose abocadas a ese futuro, puesto que no contaban con igual acceso a la educación. Con la llegada de la Segunda Revolución Industrial a finales del siglo XIX, las voces feministas habían crecido hasta convertirse en grupos activistas revolucionarios que reclamaban la equiparación de sexos en la familia y en la fábrica, el mismo acceso a la educación y el derecho de voto, que se suma a la lista de reivindicaciones por considerarse que sólo pudiendo votar, los legisladores escucharían sus reclamos. Surgen en esta época las figuras clave del movimiento sufragista en Gran Bretaña. El movimiento sufragista se impulsó de mano de las mujeres urbanas de clase media que poseían cierto grado de educación hasta que, a principios del siglo XX, lograron incluir en su lucha a las mujeres de las clases obreras.

En 1903, Emmeline Pankhurst fundó la WSPU (Women’s Social and Political Union), un grupo de activistas formado por mujeres en Gran Bretaña que proclamaba el voto femenino y cuyos medios rebosaban el discurso hasta alcanzar las confrontaciones. Aunque se elevaron muchas voces críticas contra los métodos del grupo revolucionario de féminas, Pankhurst ilustraba con brillantez cómo de haberse tratado de hombres depravados de todos sus derechos ciudadanos, la lucha jamás se hubiera cuestionado. El hecho de que las mujeres, cuya labor social se atribuía al recato, la modosidad y la obediencia, optaran por la acción vandálica creó una discusión social alrededor de sus métodos, que sirvió finalmente para hacerse mayor eco de su mensaje y de sus reivindicaciones. Sus métodos consistían en romper ventanas de comercios reputados, quemar buzones y casas vacías, destrozar campos de golf antes de la llegada masiva de los hombres los fines de semana (cuando las mujeres tenían prohibido el acceso) y otros daños a la propiedad, que no tenían como objetivo directo el alcanzar la meta sufragista, sino que eran formas de demostrar su desacuerdo con la normativa social imperante. En su famoso discurso Freedom or death, Pankhurst defiende la idea que los hombres que sufren las consecuencias de un sistema social o político injusto pueden votar en contra del mismo. Mientras que las mujeres, al no contar con derecho al voto, no tienen más remedio que expresar sus denuncias mediante actos revolucionarios. Las leyes se endurecieron contra la militancia política de las mujeres, destinándolas a la cárcel, de donde lograban salir mediante huelgas de hambre, para volver a entrar una vez se consideraba su salud recuperada.

A esta época de primeras reivindicaciones por el acceso a la igualdad de oportunidades tanto en el ámbito privado como público se la conoce como la primera ola del feminismo. Por primera vez en la historia, el movimiento sufragista británico se mueve fuera de las normas sociales e involucra a mujeres de cualquier clase social hasta que lograron que las mujeres mayores de treinta años pudieran votar en 1918. Ese mismo año y a raíz de los logros alcanzados por el movimiento sufragista en Gran Bretaña, el NWP (National Women’s Party) en Estados Unidos comienza un ciclo de manifestaciones frente a la Casa Blanca que aboca a muchas mujeres blancas de clase media a la cárcel. Siendo un movimiento pacífico cuyas protagonistas eran mujeres educadas, en seguida sus voces fueron escuchadas, alcanzando el derecho a voto en 1920. Quedaron fuera las mujeres afroamericanas, que impulsarían más adelante la confluencia de fuerzas con los movimientos feministas de la segunda ola para alcanzar los mismos derechos.


El culto a lo doméstico como lugar natural de la mujer se apoyaba en la lógica de que la vida pública, y por tanto política, pertenecía al dominio del hombre.

Por tanto, cabe señalar que las reivindicaciones que demandaban el voto femenino tardaron casi un siglo en lograr la igualdad de acceso a la participación política. Sus mayores detractores fueron los hombres que utilizaban las teorías de siglos anteriores como justificación de la debilidad de la mujer. El culto a lo doméstico como lugar natural de la mujer se apoyaba en la lógica de que la vida pública, y por tanto política, pertenecía al dominio del hombre. La masculinidad se demostraba en sociedad y la feminidad en la esfera privada. En época de guerras, los poderes de los gobiernos recaían en el control de las fuerzas armadas y las mujeres eran consideradas incapaces de la lucha (razón de más para que el WSPU utilizara métodos violentos negando así esta teoría). A las mujeres se les atribuía una falta de control de sus emociones y de su “histeria” que podía poner en peligro la estabilidad del gobierno de ser capaces de tomar decisiones políticas. Por otro lado, la falta de representación política de las mujeres casadas se justificaba en cuanto en tanto sus maridos votaban en nombre de los intereses familiares, desviándose el debate hacia qué mujeres podían o no desarrollar capacidades de participación política. No solo existía el debate de si votar o no, sino de a quiénes entregar ese derecho. A razón de lo cual, los primeros cambios legislativos segregaban el derecho entre mujeres casadas o solteras, así como a mujeres que hubieran sobrepasado su edad de procreación.

Mientras que las mujeres de comienzos del siglo XIX se apoyaron en sus compañeros de ideología socialista para la demanda de la igualdad, a finales del siglo se aceptó la lógica de que mientras las leyes estuvieran redactadas por hombres, los derechos de las mujeres nunca serían propiamente defendidos, generándose una autonomía en los movimientos que exigían ser tratadas como ciudadanos en igualdad, puesto que pagaban sus impuestos, participaban de la industrialización y vivían las peores consecuencias de los cambios sociales que las abandonaban en situaciones de miseria.

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