Misoginia en el nacimiento del capitalismo

Las bases económicas se vieron radicalmente afectadas con la crisis del poder feudal dando cabida a un capitalismo naciente que redirigió el capital a las clases dominantes, terminando así con la organización gremial y de autosuficiencia. En el siglo XVIII se produjo una reorganización del trabajo que afectó en gran medida a la forma de vida de las mujeres, perdiendo acceso a oportunidades laborales. Ya en el siglo XVII, los oficiales de los gremios comenzaron las protestas contra la contratación de mujeres para cubrir puestos que ellos podían realizar. Lo cierto era que la mano de obra femenina era más económica y los maestros empleaban progresivamente más mujeres como bordadoras, por ejemplo. Las quejas de los mancebos obtuvieron resultado llegando a prohibirse la empleabilidad de las mujeres, expulsadas entonces de la economía gremial.

La caída del feudalismo entre 1450 y 1650, sirvió de transición al sistema capitalista, lo cual no podía haberse llevado a cabo por parte de las clases dominantes europeas de no haber sido por la concentración del capital y del trabajo, separando a los trabajadores de los medios de producción. La expropiación de la tierra terminó con la autosuficiencia y la autonomía de las clases más bajas, dando paso a la dependencia capitalista de un trabajo asalariado. La desvinculación de los siervos a la tierra, generó la expropiación de sus medios de subsistencia, tanto para consumo propio como para venta de la producción. Los pobres del campo no tuvieron otra opción que vender su mano de obra a aquellas clases ricas que los habían expropiado. Al desplazar a los artesanos gremiales y a los agricultores y ganaderos bajo el ala de los procesos de industrialización, las clases pudientes se aseguraron el control sobre la generación de capital y los trabajadores, recuperando la mano de obra que perdieron durante el descenso poblacional ocurrido en época feudal a causa de las enfermedades, con singular relevancia de la peste negra.

El trabajo doméstico, tanto de las mujeres de las zonas rurales que participaban en las actividades económicas del campo y del ganado, como de las mujeres de las ciudades, que realizaban ocupaciones de bordadoras, hilanderas o curanderas, entre otras, se independizó de la actividad productiva como tal, causando una crisis económica que produjo revueltas populares en torno al acceso a la manutención más básica. Destacan las revueltas del pan de 1789. Los motines de subsistencia consistieron en protestas populares que reclamaban el abastecimiento de alimentos a precio asequible y denunciaban la continua subida del precio en productos tan básicos como la harina, que componían la fuente de alimentación principal de las clases más bajas. Los índices de mortalidad eran especialmente elevados a causa de las guerras y las enfermedades contagiosas, a lo que había que añadir las hambrunas por la escasez de alimentos y su restrictivo precio.

La dominación de clase por parte de las élites europeas se produjo mediante la expropiación de tierra a los europeos y la colonización africana, mediante la compra-venta de esclavos que desarrollarían las plantaciones y minas en las colonias. Pero también se llevó a cabo mediante el sometimiento de las mujeres, proceso que ya había comenzado con el control de las curanderas y parteras y la imposición de la moralidad cristiana en las zonas rurales a través de la condena por “brujas” de las “mujeres desobedientes”. El capitalismo recuperó, por decirlo de alguna manera, las formas de explotación y esclavitud más salvajes a través de la implantación de jerarquías por raza, sexo y, más adelante, clase. Las nuevas formas de trabajo forzado sirvieron para que las clases dominantes acumularan el capital y los medios de producción como nunca antes en la historia.


La división sexual del trabajo que se implantó de la mano del capitalismo supuso una nueva relación de poder entre hombres y mujeres, una división de espacios y de la fuerza de trabajo. La jerarquización social en clases, en razas (a través de la colonización) y en sexos, impulsó enormemente la acumulación capitalista de la nobleza y la burguesía.

El descenso poblacional se achacó por parte de las autoridades no solo al aumento de la mortalidad, sino también a las bajas tasas de natalidad. La reproducción se convirtió en política de Estado, quien interfirió para corregir la crisis demográfica mediante la imposición de la domesticidad de las mujeres y la persecución de los métodos anticonceptivos que aquellas mujeres tachadas por brujas habían desarrollado mediante el uso de ciertas plantas. En épocas de expansión, guerras y colonización, el crecimiento poblacional se relacionaba con el poder de un Estado y su capacidad para levantar grandes ejércitos. Además, la mano de obra era cada vez más valiosa con el desarrollo industrial. El aumento de la pobreza suponía un incremento del número de desesperados que aceptarían la explotación en las fábricas. La vigilancia estatal se aseguraba de arrebatarle a las mujeres el control de la natalidad, castigando duramente el infanticidio, registrando los embarazos y forzando su seguimiento hasta el bautismo. Las parteras, poco más o menos, desaparecieron a causa del genocidio que provocó la caza de brujas durante siglos, dejando paso a los hombres como únicos gestores de la práctica médica, quienes se aseguraron de esclavizar a las mujeres en sus obligaciones sociales de procreación.

La confinación de la mujer al trabajo doméstico y reproductivo provocó, en el despegue capitalista, la segregación entre el trabajo doméstico, reproductivo y del hogar y el trabajo capitalista productivo, naciendo la separación sexual del trabajo, clave para comprender la historia de las mujeres en la Edad Moderna. La mano de obra femenina se utilizó para cubrir los puestos más bajos, fuere de sirvienta, vendedora ambulante, criadora de niños o hilandera. Las funciones productivas de las mujeres sufrieron una enorme devaluación, dependiendo en mayor medida de los hombres para su subsistencia y forzando así, el matrimonio y la familia como institución básica del ordenamiento social. Nace en esta época la ama de casa frente a la mujer de épocas anteriores que participaba activamente de las actividades económicas familiares, vendiendo las artesanías, bordados y alimentos que producía, incluso desde el hogar; o ejerciendo labores de cosecha y cuidado de los animales en el mundo rural.


La degradación de las funciones productivas de las mujeres, su impuesta domesticidad y la normativización de sus capacidades reproductivas y sexuales, las empujó al sometimiento de un sistema que pronto necesitaría de mano de obra barata en las mismas fábricas que les habían robado sus antiguos medios de producción.

A finales del siglo XVIII se produjo una intensificación de la fuerza de trabajo industrial en los centros urbanos, cuya consecuencia fue la migración de miles de trabajadores rurales a las ciudades en busca de manutención. La pérdida de poder y de autonomía de las clases más bajas masificó el trabajo precario, así como el número de vagabundos y prostitutas en las calles. Las mujeres pobres y solteras encontraban la forma de subsistir en la dura realidad de las zonas industriales mediante la prostitución, expandiéndose su indeseada presencia en las calles, lo cual produjo mayor injerencia estatal sobre la libertad sexual de la mujer a través de la criminalización de la prostitución. La pobreza se feminizó en esta época en la que el nuevo orden patriarcal controlaba todas las esferas del cuerpo femenino como si se tratara de un bien común a la sociedad.

La institución familiar y la domesticidad de la mujer propiciaron la apropiación de su trabajo y la exclusión de su participación (y por tanto ganancia) de los negocios familiares. La responsabilidad social de la mujer era la organización de su casa y la reproducción y cuidado de los hijos. Incluso, en los casos en que la mujer participaba de alguna actividad productiva fuera del hogar, era su marido quien se ocupa de cobrar el salario, manteniendo absoluto control legal sobre la riqueza familiar. Con esos fondos, recurrían a las tabernas y a los prostíbulos donde la justicia no podía amonestarlos, puesto que el crimen lo cometían las prostitutas, no sus clientes.

Las mujeres habían sido extirpadas de su autonomía a la hora de manejar sus asuntos legales y económicos (es decir, de su vida pública), no pudiendo ya controlar sus bienes aun cuando se convertían en viudas. La diferenciación de espacios para hombres y mujeres, desarrolló la arquitectura que dividía los espacios sociales de la casa de aquellos de trabajo femenino. Así mismo, se produjo una diferenciación del espacio en las calles, prohibiendo indirectamente la presencia de mujeres solas al poder ser acusadas de prostitutas. La inferioridad de la mujer alcanzó un punto exponencial con la implantada misoginia que suponía el control del hombre (marido, padre o tutor) de las mujeres con el propósito de reconstruir su identidad social, en una época de colonización y esclavitud en que la libertad se caracterizaba precisamente por la ausencia de un amo.

La prostitución se ocultaba y castigaba, abandonando las calles y obteniendo espacios privados en los que la vulnerabilidad de la mujer de ser descubierta o acusada por sus delitos, la abandonaba a la sumisión de la voluntad del hombre y a la marginalidad. Hasta entonces, la prostitición se consideraba un mal necesario proveyendo incluso buenos salarios durante la Edad Media a las mujeres que la ejercían, quienes a su vez pagaban tributos a la administración. Los burdeles se conglomeraban en barrios destinados al pecado, alejados de los centros urbanos. El apartar de los espacios públicos la prostitución permitía controlar la moral y dividir la ciudad entre mujeres de bien y mujeres de mal vivir. Los castigos al ser descubiertas se incrementaron e iban encaminados hacia el arrepentimiento de los pecados cometidos. Al mismo tiempo que se endurecían las medidas contra ellas, el número de prostitutas incrementaba al mismo tiempo que evolucionaba la revolución industrial. Las ciudades se llenaban de trabajadores con salarios que gastarse en los prostíbulos o en las calles, donde muchas mujeres ejercían como única forma de supervivencia al no poder acceder a los medios de producción.

La industrialización vino acompañada de hambrunas, analfabetismo y de un incremento del número de vagabundos y prostitutas en las calles de las ciudades. Las cárceles no parecían solucionar el problema de la delincuencia como forma de vida. Por ello, se crearon centros especiales de reclusión de mujeres que pretendían reformar sus hábitos mediante el aislamiento en ámbitos puramente femeninos. Desde la Edad Media existían correccionales de mujeres, pero fue en la Edad Moderna cuando su reclusión se convirtió en obligatoria si eran descubiertas por las autoridades o entregadas por sus familiares tras la violación de la honra. A mayor pobreza en las calles, mayor el número de mujeres que solicitaban asilo voluntariamente, sabiendo que encontrarían una ocupación y un techo a cambio de alimento. Los refugios proporcionaban medidas correctivas pero también preventivas y represivas, constituyendo una combinación entre cárcel, monasterio y centro de caridad. Las formas de reinserción en la sociedad se daban mediante la entrega a las autoridades religiosas como monjas, el servilismo doméstico en casas de la alta burguesía o a través del matrimonio, lo cual no era tan común dado el desprecio social hacia la “mujer desobediente”.

El peso de la ley forzaba a muchas mujeres a buscar refugio en estos correccionales eclesiásticos para evitar la cárcel. Se trataba de mujeres en situación de exclusión social, que vivían en la miseria y no encontraban otra manera de subsistir. En muchos casos, mujeres foráneas sin ninguna red de apoyo familiar ni social. La moralidad en estas instituciones era velada por supervisoras femeninas, hasta que a finales del siglo XVIII la estructura jerárquica de la Iglesia desplazó también el poder de la mujer bajo la autoridad de la figura religiosa del “Padre”, quienes se encargaran desde entonces de la supervisión de los refugios de mujeres para salvaguardar el honor y la moralidad, así como aplicar los castigos convenientes (como el encierro o el ayuno). Los capellanes se convirtieron en la barrera humana entre el espacio público y el de reclusión, endureciendo los mecanismo de control interno.

La degradación de las mujeres pobres, no solo de las prostitutas, sino también de aquellas mujeres que habían mancillado el honor familiar (entiéndase patriarcal) y habían sido, a consecuencia, entregadas por sus propias familias, alcanzó el punto de ser consideradas incorregibles. La transgresión de las normas por parte de las mujeres, ya fuera mediante el adulterio, la prostitución o cualquier otra forma de desobediencia hacia el impuesto orden patriarcal, era causa de violencia contra ellas, marginalización y absoluta dependencia de sus “tutores” masculinos.

La desobediencia de las mujeres

Las mujeres eran representadas socialmente como seres desordenados, temperamentales e inferiores. La subordinación de la mujer al marido era la solución para corregir la desviada naturaleza de la mujer. Al despojarla de sus derechos legales, su subordinación se consolidó como obligatoria para subsistir, ya que el matrimonio se erigió como una relación económica y de poder jerárquico. La mujer perfecta, la esposa ideal, era aquella obediente, callada y disciplinada que se ocupaba vigorosamente de su casa y de complacer a su esposo. El simbolismo de la mujer díscola proveniente de las revueltas populares y de los juicios contra las “brujas” constituyó una herramienta muy útil para el control de la libertad de la mujer que podía ser legítimamente castigada por la sociedad, por las autoridades y por su marido o padre, al transgredir cualquier norma social que se alejara de esa conducta ideal moldeada para la identidad femenina.

La inversión sexual o el travestismo se convirtió en una forma habitual de ilustración dramatizada en la literatura y el teatro de la época. La imagen de la mujer rebelde que debe ser castigada y puesta bajo control dan forma a una conciencia social de que las mujeres deben permanecer dentro de los parámetros dibujados para ellas si no quieren ser duramente represaliadas. La burla tanto en la comedia como en las parodias carnavalescas de la mujer que domina al hombre son una forma de satirizar la incapacidad del hombre de someter a un ser “inferior”. La corrección de las actitudes díscolas de las esposas recaía en los maridos.

El sistema de roles sexuales contaminó las artes del Renacimiento. A diferencia del amor cortés reflejado en la literatura de la Edad Media, el amor dejo de ser una entidad distinta a la matrimonial y separada de la religión, exaltando la sexualidad y la mutualidad de las relaciones. La estructura no patriarcal del amor sin normas que era el amor cortés es remplazado en la Edad moderna por un rol femenino estereotipado centrado en el preciosismo y en el encanto. El diálogo y las tramas se dirigen entonces a satisfacer los intereses y las expectativas de los hombres. La reciprocidad desaparece, sustituida por el narcisismo. La figura de la mujer deja de ser la representación realista de su carácter para ser reemplazada por las dos versiones contrarias del imaginario colectivo procedentes de la dualidad Eva-María: la mujer obediente y la desobediente.

“La fierecilla domada”, de William Shakespeare

Como ejemplo de la misoginia que envolvía la cultura popular de la época, quisiera vertebrar algunas ideas a partir de la comedia de Shakespeare “La fierecilla domada” (1623), que relata precisamente la diferencia entre dos hermanas casaderas, una obediente y la otra, díscola. Esta comedia contiene claramente elementos misóginos que promueven el sometimiento de la mujer al hombre a través de la institución matrimonial.

La obra cuenta la historia de enredos de los pretendientes de dichas hermanas. El padre se niega a casar a la menor, a quien le llueven los postulantes, hasta encontrar marido para su hija mayor, a la que nadie parece querer esposar debido a su malhumorado carácter. El enredo se produce a partir de la escenificación del engaño hacia un vagabundo por parte de un señor de alta clase, quien ordena transvestir a un siervo para que se hiciera pasar por su esposa dentro de un cuarto cortés lleno de criados, haciéndole pensar que no era vagabundo sino rico. Por tanto, desde el comienzo vemos retazos de la diferenciación clara de clases, de los abusos de poder y del servilismo imperante. A esto se añade, la inversión sexual del siervo, cuya única utilidad es hacer sentir al pobre engañado que es superior porque tiene una hembra a la que dominar, que está a su servicio.

NOBLE.- Eres un gran señor y tan sólo un gran señor. En cuanto a tu dama, infinitamente más hermosa es que todas las de este degenerado tiempo.

(…)

PAJE.- Mi marido y señor, mi señor y mi esposo. Y yo, vuestra mujer toda obediente.

A partir de ese momento, la obra se desarrolla mediante metateatro, es decir, a través de la representación escénica de una obra dentro de la misma obra que realizan unos cómicos para el supuesto señor (que en realidad es vagabundo). Es en dicha obra en la que se introducen los personajes de las hermanas, los pretendientes y secundarios.

Baptista se niega a casar a su hija Blanca, que cuenta con muchos aspirantes a marido, hasta que “corrija” el carácter malvado de su hija mayor Catalina para poder entregarla en matrimonio. Su estrategia pasa por conseguir tutores que le proporcionen una educación que la convierta en un ser virtuoso para calmar su mal temperamento. Los pretendientes de Blanca ven la oportunidad de casar a su hermana cuando aparece Petruchio, un galán que busca desesperadamente mujer de buena familia con la que esposarse tras la muerte de su padre y la pérdida, por tanto, de la seguridad económica de la que hasta entonces disfrutaba. Su desesperación justifica que acepte a la hermana “endemoniada” como propuesta de su amigo Lucencio, quien quiere casarse cuanto antes con Blanca, a la que ha visto en solo una ocasión previamente a la toma de decisión y la ha elegido por prudente, callada y obediente, descartando a su hermana por lo contrario. Por supuesto, la aceptación de las propuestas matrimoniales dependen exclusivamente del padre de ambas, quien tomará la decisión basándose en las dotes de los caballeros. Catalina no quiere casarse, sin embargo, no depende de su voluntad sino de la del padre que quiere deshacerse del problema que supone su actitud y su carácter desobediente.

Desde la escena primera, se declara a Blanca como ángel de inocencia y a Catalina como pécora endemoniada. Su defecto es ser “inaguantable, áspera, violenta y terca”. En el segundo acto, su violencia queda plasmada al golpear a su hermana momentos antes de que Petruchio se presente ante su padre para pedir su mano. El pretendiente camela a Catalina a solas, devolviendo todos los improperios hacia él con suaves palabras para “domar a la fiera”, hasta que regresa el padre y se resuelve el matrimonio.

PETRUCHIO.- Tu padre consiente en que seas mi mujer. Ya nos hemos puesto de acuerdo sobre la dote y quieras o no quieras, me casaré contigo. […] Yo he nacido para domarte, Lina, y para transformarte, mi gatita salvaje, en una Lina dócil como son todas las demás Linas que tienen un hogar…

Una semana después, el día de la boda, Catalina expone claramente su opinión con respecto al novio, al que esperan para proceder con el enlace.

CATALINA.- He aquí la consecuencia de obligarme a dar mi mano a un insensato, en contra de mi corazón. A un maleducado. A un impulsivo, que tras hacerme la corte a todo galope, luego no tiene prisa cuando llega el momento de casarse.

En ese tercer acto, Petruchio decide marcharse antes del banquete de boda y dejar a los invitados plantados, obligando a Catalina a irse con él, incluso después de haber alegado no querer marchar y tener el derecho de resistir.

PETRUCHIO.- Ea, lucero, no te hagas la enfadada, no patalees ni te revuelvas; no eches miradas furibundas ni hagas gestos de cólera. Yo quiero ser dueño de lo que es mío. Mi mujer es mi bien, mi todo, mi casa, mi mobiliario, mi campo, mi granja, mi caballo, mi buey, mi asno: ¡cuánto quiero y tengo!

Al comienzo del cuarto acto, queda claro el carácter autoritario de Petruchio, quien trata a los sirvientes con denodada tiranía y es la “demoniaca” Catalina la que sorprende calmando el temperamento de su marido. La estrategia del nuevo esposo es la de domarla “a fuerza de imitar su carácter”. Le impide dormir y comer, maldice y jura para que sea ella quien despliegue su genio más calmo y dócil. Aún así, la “fierecilla” se resiste a aceptar la sumisión impuesta.

CATALINA.- ¿Cómo? ¿Es que yo no tengo derecho a opinar? Pues sabed que diré aquello que deba decir, porque yo no soy ni una niña ni un muñeco. Gentes de más campanillas que vos tuvieron que soportar que dijese lo que pensaba; de modo que si vos no podéis soportarlo no tenéis sino taparos los oídos. Porque preciso es que mi lengua exprese la indignación que llena ya mi corazón, o que este estalle a fuerza de cólera. Y antes de que tal ocurra, quiero ser libre, absolutamente libre de hablar como me plazca.

Esta sería la última ocasión en que Catalina muestra su desobediencia. En las escenas posteriores se mostrará sumisa, atenta y obediente, declarando al estilo isabelino la conquista de su esposo, el éxito de sus métodos de dominación. En el quinto acto, su padre apuesta con los maridos presentes que Catalina es la más fiera de todas, a lo que su esposo responde:

PETRUCHIO.- Pues bien, yo digo que no. Y como prueba, que cada uno haga llamar a su mujer. Y aquel cuya esposa se muestre más obediente y llegue antes, ganará la apuesta que establezcamos.

Se lleva a cabo la infame apuesta, llamando a las esposas como si de animales de compañía se tratara. Esta escena refleja perfectamente la concepción social de la obediencia como virtud esencial de una esposa, sostenedora así mismo del honor del marido. Petruchio hace alarde del éxito de su “superioridad respetada” y de la “sumisión deferente” de su esposa frente a Blanca y La Viuda que no obedecieron el llamamiento de sus maridos. Esta escena final se compone del monólogo de Catalina, en el que instruye a las otras dos sobre los deberes de las mujeres ante sus esposos. Del mismo modo que en escenas anteriores se la aleccionaba a ella en la obediencia y la prudencia, ahora es Catalina, la “pécora endemoniada”, quien da lecciones al “ángel de inocencia” de su hermana Blanca.

CATALINA.- Desarruga esa frente colérica y amenazadora y aparta de tus ojos esas aceradas miradas de desdén que hieren a tu señor, a tu rey, a tu amo. Ese aire díscolo empaña tu hermosura lo misma que las heladas marchitan los prados. […] Una mujer colérica es como un manantial removido cenagoso, feo, turbio, desprovisto de toda belleza. […] Tu marido es tu señor, tu vida, tu guardián, tu jefe, tu soberano. El que cuida de ti y quien, porque nada te falte, somete su cuerpo a penosos trabajos en tierra o mar; […] mientras que tú, en el hogar, duermes a su calor tranquila y segura. Por todo ello, cuanto te pide como tributo de amor es una cara alegre y sincera obediencia. Lo que es pagar levemente deuda tan grande. El homenaje que el súbdito debe a su príncipe es la sumisión que la mujer debe a su marido. […] Vergüenza de que reclamen el gobierno, el poder, la supremacía, cuando su deber es servir, amar y obedecer. ¿Por qué, si no, tenemos el cuerpo delicado, frágil, tierno, impropio para la fatiga y los trabajos de este mundo, si no es para que nuestro corazón y nuestras amables cualidades estén en armonía con nuestra naturaleza material? […] Abatid, pues, vuestra altanería, que para nada sirve, y poned vuestras manos, en signo de obediencia, a los pies de vuestros maridos.

Este monólogo es clave para entender las acusaciones de machismo hacia la obra. Para empezar, la mujer debe sumisión al marido, quien es considerado su “amo”. El capitalismo alimentó esa idea servil de pertenencia, de propiedad y jerarquía sexual. Una mujer no puede enfadarse, va contra su responsabilidad de obediencia y sumisión. Se espera que calle y aguante lo que el marido decida ponerle por delante. Aunque la adinerada sea ella, la herencia y la dote provengan del lado de Catalina, sigue siendo ella la que debe agradecer su estilo de vida al marido, que es quien se esfuerza en la vida pública, mientras que ella se queda en el hogar, espacio despojado de toda utilidad pública y de valor productivo. Las tareas domésticas y del cuidado no son valoradas en absoluto. El marido no le debe a la mujer ese agradecimiento por ocuparse del espacio privado común, como sí ocurre al revés. Además, se lanza un mensaje por parte del autor referente a las ansias de poder de las mujeres que deben entender, por las buenas o las malas, que su destino es servir y obedecer al hombre, justificando dicho argumento con la naturaleza débil de las féminas.

La comedia refleja la realidad del mundo isabelino, donde el hombre representa al monarca, es decir al poder; y la mujer, al súbdito. Aunque ha habido críticos que defienden este trabajo de Shakespeare como lo contrario al sexismo por hacer un esfuerzo de leerlo en clave irónica, lo cierto es que la interpretación (como en cuanto a la ley se refiere) recaería en todo caso en la puesta en escena. En mi opinión, de ninguna otra manera más que explotando ese supuesta “docilidad irónica” de Catalina esta comedia podría representarse hoy en día. El texto no deja abierto un final en que se demuestre que era todo una burla del personaje hacia su marido para hacerle creer que sus métodos de dominación hubieren funcionado. Por el contrario, la obra termina con ese mensaje casi moralizador hacia el público de la época de que el vencedor es el marido poderoso que tiene bajo control a la fiera de su mujer. Y es que todas las mujeres son pecadoras por naturaleza y, por ello, deben someterse al poder superior del hombre para que las reforme y controle.

Y es que los hombres europeos y los colonos salieron vencedores de una campaña que exprimió a los grupos designados por ellos mismos como inferiores. Se aseguraron de que los pobres, las mujeres y las poblaciones colonizadas se sometieran al poder superior patriarcal y capitalista para que toda la creación de riqueza terminara en sus manos. Para ello, se sirvieron de todas las herramientas a su alcance, desde la ley hasta las artes, sembrando una época de desigualdad y misoginia.

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