Del feminismo socialista al feminismo radical

La introducción que hace Simone de Beauvoir a sus postulados en “El Segundo sexo” tienen como intención aclarar que la figura conceptual de la mujer es una creación social que responde al reverso del hombre. La identidad femenina ha sido sustentada no como objeto en sí mismo, sino como antítesis al concepto de hombre. La mujer lo es en cuanto en tanto no es hombre. Esta falta de singularidad en su identidad ha sustentado a lo largo de los siglos el sometimiento de la mujer hacia el hombre, perdurando en el imaginario colectivo de forma práctica una vez la igualdad de derechos ha tomado ya forma legal. Además, tiene como consecuencia la ausencia de vínculos entre las mujeres como colectivo con identidad propia. La misma evolución del feminismo prueba las divergentes versiones en la construcción de esa identidad, dando lugar a corrientes feministas en plural, que defienden parámetros distintos.

Simone de Beauvoir se pregunta qué es una mujer y, a partir de ahí, desnuda el contenido histórico de las acepciones que le han sido impuestas a dicho término. Para ello, discute el juicio puramente fisiológico (que ya generó debate a finales del siglo XVIII), el económico (también combatido por el feminismo socialista del siglo XIX) y el psicológico (ligado en pleno siglo XX a las teorías del psicoanálisis, combatidas también por las feministas radicales). Tras la Revolución Francesa, Olympe de Gouges elevó la voz para declarar que el ejercicio de los derechos naturales de la mujer sólo tenía por límite la tiranía del hombre, poniendo en duda todas las justificaciones históricas que los hombres (eruditos monopolizadores del pensamiento humanista) servían a utilizar contra sus libertades. Con su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana (1789) se abre una brecha por la que entrará la luz de futuras autoras feministas que transformarán en el siglo XIX las mentalidades, luchando contra esa definición impuesta de la mujer, de sus derechos, de sus capacidades y de sus libertades. Un año después, la vindicación de Mary Wollstonecraft pone en entredicho las teorías que clasifican a la mujer como inferior al hombre, posicionándose en contra de las teorías de Rousseau. La definición de mujer como ser de categoría inferior no corresponde a la esencia de su individualidad, como explica De Beauvoir, sino a una concepción biológica de la fuerza física de la mujer como inferior a la del hombre defendida por los ilustrados. Los sexos se teorizan como duales y jerárquicos, donde el “sexo débil” debe someterse al más fuerte. Wollstonecraft niega que la mujer haya sido creada para el hombre, confrontando también las tesis del pensamiento bíblico tan arraigadas en las mentes del siglo XVIII. La defensa de Wollstonecraft por la educación pretende terminar con esa tendencia a la educación femenina en la inferioridad, dispuesta al sometimiento y al agrado constante del hombre. Esta autora comienza un debate respecto a la importancia de la educación femenina para su emancipación que será retomado por Flora Tristán en el siglo XIX.

De Beauvoir se pregunta de dónde procede la sumisión de la mujer realizando un análisis de otros colectivos sometidos, como pueden ser aquellos nativos colonizados en América. Las minorías se adhieren al pensamiento dominante, a las leyes de la mayoría. Sin embargo, las mujeres no son ni lo han sido nunca un colectivo minoritario, acaso la mitad de la población. La diferenciación entre sexos, así como la jerarquización de esa relación no es un fenómeno que pertenezca a una época histórica concreta, sino que responde a ese juicio de la diferencia biológica y psicológica tan alimentada por la Iglesia y por las élites con un momento álgido de la misoginia durante la Edad Media, pero existente desde tiempos de Platón y Aristóteles.

A este respecto, De Beauvoir reflexiona sobre la identidad de proletariado. El proletariado es un fenómeno relativamente nuevo y temporal en la historia, clasificado como tal a través de la teorización socialista, sin embargo, con una identidad potente y unificada. Las mujeres teóricas del socialismo, comunismo y anarquismo del siglo XIX preguntaban abiertamente a sus camaradas por qué las mujeres no eran consideradas proletarias si sufrían los mismos agravios en las fábricas (incluso peores al recibir sustentos complementarios familiares, es decir, inferiores) y cargaban las mismas penurias económicas. Es decir, cuál era la razón para extraerlas de esa definición de proletariado que no contenía en sí misma una esencia sexual biológica que justificara la división entre hombres y mujeres. No solo pusieron en duda que el colectivo las utilizara para la lucha pero no tuviera en cuenta sus particulares intereses, sino que se dedicaron a teorizar sobre la importancia que tenía la mujer proletaria en la construcción de una sociedad más justa y con mejores oportunidades para todos, hombres y mujeres. Flora Tristán hace hincapié en que la educación de los hijos e hijas del proletariado recae en la mujer, de modo que la formación educativa de las proletarias es la única forma de proveer a sus hijos el escape de la miseria. Las socialistas entienden que la lucha de clases debe ser universal y que el único enemigo es la clase burguesa. Mientras que los hombres y las mujeres deben ser camaradas, colegas y compañeros en pos de lograr juntos los objetivos de la clase obrera. Esta concepción divide de nuevo a las mujeres, que sólo lograrán conformar un colectivo unificado ya en el siglo XX de mano de las sufragistas. Hasta entonces, la lucha de clases se sobrepone, impidiendo un movimiento feminista de todas las mujeres en su conjunto.

Los defensores del materialismo histórico se niegan a admitir la existencia de la especificidad de los agravios de las mujeres (la “cuestión de la mujer”). La revolucionaria comunista Alejandra Kollontai alimenta la ruptura entre movimientos emancipatorios, aferrándose a la idea de que los reclamos de las feministas apuntaban hacia una igualdad entre hombres y mujeres, pero dentro del marco de la división de clases existente. Por tanto, la lucha por la independencia económica era prioritaria frente a la igualdad total entre sexos, si esta implicaba a la clase burguesa. Ella misma alegaba que las mujeres se dividen en dos bandos: las proletarias y las burguesas, cada uno luchando por sus propios intereses. Los bandos, que autoras anteriores achacaban a hombres y mujeres en las reivindicaciones por el reconocimiento de los derechos naturales, pasaron entonces a ser un tema de rivalidad de clases, donde los hombres y mujeres se encontraban en un mismo bando como compañeros de lucha. El hombre no se erigía como opresor de los derechos femeninos, porque la burguesía ocupaba ese lugar. De nuevo, encontramos en la historia esa falta de identidad de la mujer como conjunto de la que habla De Beauvoir, impidiendo la lucha feminista contra un sometimiento que tan siquiera está identificado de la misma manera por unas y otras.

A finales de ese siglo y comienzos del siglo XX, el movimiento feminista en Gran Bretaña logra mediante la figura de las sufragistas lideradas por Emmeline Pankhurst, crear una militancia callejera de mujeres comprometidas con el objetivo de la obtención de voto que unifica a mujeres de todas las edades y de todas las clases sociales. La lucha por sus derechos políticos obtuvo resultados gracias a esa universalización del movimiento, que reclamaba el derecho de autodeterminación del futuro de las mujeres mediante el voto de las cuestiones que las atañaban. De nuevo, el hombre aparece como el opresor que no le concede los derechos naturales que les corresponden, que niega sus peticiones en la Cámara y que las somete a penas de prisión y alimentación forzada para perpetuar su sometimiento a reglas que no han sido trazadas por ellas. La obtención del voto tras la Primera Guerra Mundial en varios países europeos, con rápida extensión a Norteamérica, alimenta la teoría de De Beauvoir de la importancia de la edificación de la identidad femenina como esencial para su autonomía y emancipación, no como complemento de la identidad masculina.

En las sociedades en que la mujer obtiene los mismos derechos civiles que los hombres se perpetúa una desigualdad que tiene que ver con seguir siendo mujer en mundo de hombres. Las pequeñas discriminaciones como la escasa representación en las altas esferas de poder o la brecha salarial, es decir, la jerarquización social intrínseca hilada a lo cultural y a lo histórico, repercuten en la psicología femenina y se encuentran a la incomprensión masculina como obstáculo. De Beauvoir hace entender que somos ganadoras de esa lucha, que ya no combatimos por nuestros derechos ni por apropiarnos de una feminidad acorde a nuestra libertad, pero nos queda pendiente el construirnos como ser esencial para que los hombres no gobiernen nuestras libertades mediante la determinación de nuestras funciones en cada esfera.

La importancia de “El Segundo Sexo” recae en la evolución del feminismo posterior a su redacción, cuando en los años 60 y 70 del siglo XX diferentes colectivos comenzaron a cuestionarse las experiencias femeninas y las conciencias patriarcales que las sustentaban. Surgieron entonces las conceptualizaciones alrededor de los sistemas de género, analizados transversalmente en relación a la crisis sexual y a la heterosexualidad obligatoria, por ejemplo. De esta manera, las tesis de De Beauvoir lograron hacer preguntarse a las generaciones de mediados del siglo pasado qué fuerzas sistémicas reproducen la opresión de la mujer, creando toda una nueva corriente de pensamiento, fundando términos como género y patriarcado, tan importantes para comprender la perpetuación de la dominación masculina casi un siglo después de la obtención del sufragio femenino.


Mientras la mujer siga estando determinada como el Otro, como la antítesis del hombre, estará limitada a la hora de descubrir y desarrollar su propia conciencia.

Desde los orígenes de las reivindicaciones feministas se ha reclamado la igualdad no solamente en el terreno de lo público, sino también en el ámbito privado. Una vez conquistados los derechos civiles y las libertades en igualdad de condiciones en las democracias occidentales, las ataduras a los preceptos culturales y familiares dominados por el patriarcado se erigen como próxima meta a superar. Si la mujer tiene la libertad de trabajar y de participar políticamente, pero luego en el hogar permanece bajo el yugo del hombre, la batalla no está ganada. El lema “lo personal es político” surge en 1969 para determinar que las relaciones de poder (entiéndase como lo político) afectan enormemente a la esfera privada de las mujeres (léase lo personal). Los métodos de las activistas norteamericanas del WLM de los años sesenta y setenta se producen desde lo local, mediante la concienciación, la educación cívica y el empoderamiento de los colectivos de mujeres. Las reuniones para asistir esos procesos de toma de conciencia de lo que supone ser mujer son duramente criticadas como terapia personal, como un ejercicio de psicología o de autoayuda, es decir, como actividad apolítica. Los problemas “personales” de las mujeres equivalen a lo que un siglo atrás se consideró “la cuestión femenina”, algo ajeno a los intereses de los hombres y carente de peso político. Sin embargo, tal como ha reflejado la evolución histórica del feminismo, los asuntos relacionados con lo “personal”, con la intimidad y el cuerpo de las mujeres, han generado una oleada de cambios sociales, culturales y, por supuesto, políticos mediante, por ejemplo, las leyes del aborto, las prestaciones sociales por la educación y el cuidado de los hijos, etc.

En defensa de estas acusaciones, Carol Hanisch redactó el artículo The Personal is Political en Notes from the Second Year: Women’s Liberation en 1970 alegando que las mujeres no necesitan terapia por estar mal de la cabeza sino por los abusos constantes de los hombres (“women are messed over, not messed up”), devolviendo el foco de atención sobre el sometimiento de la mujer en el ámbito de lo considerado como personal. Así, redirige la atención puesta sobre la problemática individual de la mujer para reubicarla en un contexto colectivo o grupal. La sufragista americana Susan B. Anthony insistía en que la emancipación de la mujer solo ocurriría participando activamente en el ámbito laboral. Un siglo más tarde, la incorporación laboral de la mujer se siente por muchas mujeres como una forma agregada de explotación al trabajo en el hogar y la crianza de los hijos. La triple ocupación pone en entredicho la intencionalidad de las feministas, quienes generan una nueva vertiente de pensamiento para reforzar la emancipación real de la mujer mediante la sustitución de sus labores familiares y domésticas por funciones estatales que protejan a las familias. Es entonces cuando lo personal pasa a ser político. Como indica Hanisch, los problemas que plantean las mujeres de la segunda mitad del siglo XX no tienen soluciones individuales, sino que deben abordarse desde la acción colectiva porque afectan a todas las mujeres en su conjunto.

A partir de la teorización de las relaciones de poder entre los sexos como componente de dominación social surge el feminismo radical característico de esta época. De nuevo, al igual que ocurrió con el movimiento sufragista y abolicionista en Estados Unidos, la teoría del Sexual Politics aparece en el mismo momento histórico en que se analizan las relaciones de poder entre las razas, politizando el concepto de racismo estructural. El feminismo radical se enfoca en combatir el problema de la dominación desde su raíz (de ahí el nombre), destapando el sexismo socialmente aceptado para encontrar nuevas formas de liberación de la mujer que tienen que ver con una nueva concienciación de género. Surgen las teorías del poder invisible vinculadas al dominio del patriarcado, al androcentrismo del pensamiento y a la oprimida sexualidad femenina. Se introduce el concepto de género para desvincular el término de mujer de su concepción biológica y generar una identidad unitaria alrededor del género, sin connotación sexual, ya que el sexo es una construcción politizada y utilizada por el patriarcado como forma de sometimiento. La revolución sexual que comienza trae teorías sobre el lesbianismo y la heterosexualidad obligatoria, es decir, el hecho de que el formato de familia nuclear imponga las decisiones sobre nuestro cuerpo, nuestros deseos y determine la conexión entre amor, sexo y familia. Con el feminismo radical, también se profundiza el análisis sobre la violencia (y la violencia sexual) como imposición de ese dominio patriarcal.

La Política Sexual de Kate Millett (1970) se considera un libro clásico del feminismo por recoger precisamente esta evolución del pensamiento feminista que concibe el asentado y aceptado androcentrismo como la causa de la perpetuación del sometimiento del género femenino y que critica abiertamente las mentalidades impuestas de manera transversal en todas las disciplinas (economía, historia, biología, sociología, etc.) En la primera parte de la obra recoge las raíces históricas de la dominación; en la segunda parte, trata la revolución sexual y la contrarrevolución (oposición a los avances del feminismo), con especial atención al psicoanálisis freudiano; para terminar con una tercera parte de reflexiones literarias como ejemplo de la plasmación del sometimiento en representación de diferentes contextos. Según Millett, el patriarcado domina todas las esferas del poder por haber controlado durante siglos los sistemas de pensamiento a través de la religión, del arte y de la ciencia. Su control queda reflejado hasta día de hoy en sus influyentes posiciones dentro de todos los ámbitos de poder y control social modernos como son el mundo de la política, de las finanzas y de las fuerzas armadas, entre otros.


Las diferencias biológicas no son más que tapaderas de diferencias culturales, puesto que la mujer y el hombre no nacen con identidades relativas a su sexo, sino que el género se desarrolla de forma independiente a la anatomía, como una identidad adquirida mediante la socialización.

Millet examina el sistema de relaciones de poder entre los sexos hasta demostrar que la dominación del hombre y la subordinación de la mujer permanece hasta la sociedad patriarcal de nuestros días. Entonces, defiende la idea de que la dominación ideológica comienza con la socialización sexual, es decir diferenciadora por género, de las funciones, el estatus y la actitud de hombres y mujeres en la sociedad. Respecto a la diferenciación biológica entre los sexos, establece que ha sido creada por las ideologías patriarcales históricas, pero que no se sustenta en diferencias reales más allá de las relativas a las capacidades reproductivas o a la fisionomía genital. Por tanto, las diferencias biológicas no son más que tapaderas de diferencias culturales, puesto que la mujer y el hombre no nacen con identidades relativas a su sexo, sino que el género se desarrolla de forma independiente a la anatomía, como una identidad adquirida mediante la socialización. El comportamiento sexual y la elección de la sexualidad son al mismo tiempo resultado de esa socialización. Respecto a la dominación sociológica de su teoría de la política sexual, asegura que existen tres instituciones patriarcales interrelacionadas: la familia, la sociedad y el estado. La persistencia de la autoridad moral del hombre y de su liderazgo como cabeza de familia, desautoriza a la mujer a ejercer esas funciones, una problemática que trasciende hasta nuestros días cuando analizamos la marginalidad de las familias monoparentales lideradas por mujeres.

Millett recupera la problemática de clase que dividió la lucha feminista en el siglo XIX al hacer un paralelismo moderno con la confrontación entre la mujer trabajadora y la ama de casa, quienes no logran seguir la misma hoja de ruta o empatizar con el uso personal que hacen de los derechos adquiridos. Respecto a la presencia del yugo patriarcal en la economía, se trata la brecha salarial, el estatus de la mujer trabajadora, la independencia económica y la doble carga de las tareas del hogar. Hace notar la ausencia de mujeres en las industrias más poderosas como la de producción de masas y la tecnológica. Las mujeres han accedido al mercado de trabajo en puestos que no constituyan una amenaza al poder de los hombres de las capas superiores.

Por otro lado, el uso de la fuerza sigue bajo dominio patriarcal y las violaciones contra mujeres son usadas como acto de dominación y de imposición del ego masculino. La sexualidad femenina está vinculada a lo emocional, mientras que la del hombre a lo violento. Incluso al tratar la menstruación, se estigmatiza su naturaleza que parece disgustar al sexo masculino. En esta misma línea, encontramos el tabú histórico referente a la homosexualidad, según algunas autoras, más imperioso en cuanto al lesbianismo, ya que el poder del hombre desaparece completamente de la ecuación. La imposición del dominio del cuerpo femenino por parte del patriarcado deja rastro hasta nuestros días, en que no hace mucho vimos legislar en la Casa Blanca a un puñado de hombres blancos de clase alta sobre el acceso de las mujeres a los contraceptivos. Las leyes del aborto siguen generando posiciones encontradas y movilizaciones de uno y otro bando alrededor del mundo. La autonomía sobre las decisiones de la mujer respecto a su sexualidad y a su cuerpo constituyen una lucha feminista palpable contra el poder patriarcal que se inicia en los años 70 y que todavía no ha terminado.

Por tanto, Kate Millett supone un hito en la teorización moderna que sustenta las metas contemporáneas del feminismo, ya que compone el esqueleto justificativo que se esconde detrás del sometimiento de la mujer en todas las esferas, a partir del desarrollo del concepto de patriarcado. El dominio masculino intrínseco que respalda la composición del estatus quo social es una barrera constante contra el cambio y la evolución con total libertad de la autonomía de la mujer de decidir sobre su propio estatus social, sobre su rol como madre, como trabajadora, como ser sexuado, como esposa, como soltera, como lesbiana. Mientras la mujer siga estando determinada como el Otro, como la antítesis del hombre, estará limitada a la hora de descubrir y desarrollar su propia conciencia. En la creación de esa identidad, el movimiento feminista se ha dividido profundamente, ya que se pretendió entender a la mujer como un todo a modo de favorecer la reivindicación. En cambio, es mi opinión que el movimiento feminista tiene como función primaria la emancipadora, por lo que debería ser una consecuencia natural de su éxito que dejara de existir un modelo único (y, por tanto, socialmente aceptable) de mujer. Precisamente en el ejercicio de la libertad pura, a raíz del desenmascaramiento del patriarcado, es donde se encontrará el fin último del feminismo, que ya no será la identidad femenina o de género, sino la libertad de ser quienes somos sin el sometimiento a esos roles sociales impuestos por el dominio patriarcal.

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