Adulterio en la Edad Media

Habiendo distintas enmarcaciones históricas de este periodo, se podría estimar que la Edad Media contó con dos bloques temporales más o menos acordados por los teóricos de la época: la Alta Edad Media, desde el siglo VIII hasta el siglo XII, y la Baja Edad Media que llega hasta el siglo XV. Aunque esta división teórica tenga una raíz económica, puesto que supone la evolución de un mundo rural al crecimiento de las ciudades amuralladas en las que predomina la economía mercantilista y de oficios, lo cierto es que la diferenciación nos viene bien en materia del estudio sobre mujeres, puesto que veremos claras diferencias en la posición social de las féminas entre un periodo y otro.

En la antigüedad, surgieron ya desde Grecia, los eruditos que argumentaban sobre la naturaleza desigual entre hombres y mujeres. La función social de los hombres estaba relacionada con la productividad, mientras que la de las mujeres residía en sus capacidades reproductivas. El trabajo doméstico se consideraba como inferior (cabe añadir que este juicio poco ha evolucionado a lo largo de la historia) al trabajo asalariado o a aquel ejecutado fuera del hogar. Además, la capacidad reproductiva de la mujer se ha utilizado incansablemente como símbolo de inferioridad y debilidad. La justificación en la división sexual del trabajo y del espacio reside en leyes naturales, de modo que no quepa cuestionamiento filosófico al respecto. Desde la Grecia antigua, por tanto, se implanta una discriminación hacia las mujeres que las relega al mundo doméstico, dejando el espacio público de la polis al manejo exclusivo de los hombres libres (entiéndase que los esclavos y las esclavas tampoco participaban de la vida política).

Sin embargo, no será hasta que el cristianismo se apropie de esa idea del orden natural cuando el romper la regla social se vea acompañada de graves sanciones sociales, morales y hasta penales. Durante la Baja Edad Media, el cristianismo se habría expandido por toda Europa y la alianza entre Monarquía e Iglesia impondría el derecho divino de los hombres sobre la autonomía de las mujeres, provocando así el nacimiento de una misoginia de tal magnitud, que retazos de sus rasgos permanecen hasta nuestros días.

Hasta finales del siglo XI, las mujeres conservaron la libertad con respecto a su vida privada, aunque no formaran parte de la vida intelectual ni política, manejaban sus casas, donde sí eran sujetos de derecho. Además del trabajo doméstico que realizaban (labores de reproducción y cuidados de niños, ancianos y enfermos), participaban también de actividades laborales externas, tanto cooperando en el mundo rural con las tareas de manutención (bien en la cocina, en el huerto o en el corral), como en el mundo urbano realizando oficios relacionados con lo textil mayoritariamente (hilanderas, costureras, etc.) Por otra parte, prestaban asistencia médica a otras mujeres y asistían partos, poseyendo una autoridad importante en el mundo de la salud (curanderas, nodrizas, boticarias, etc.), hasta que la medicina se profesionalizó y se restringieron sus labores a los hombres universitarios (una de las varias razones por las que las curanderas fueron acusadas de brujas, dejando espacio a la profesión “masculina”). Cabe añadir que la separación entre el trabajo reproductivo y productivo es difusa, dado que la faceta social de las mujeres está poco documentada.

El culto mariano

Los intelectuales eclesiásticos de los siglos XII y XIII producían la mayor parte de la literatura, marcando religiosamente la moralidad de la época. Los papas germánicos del siglo X y XI promulgaron la centralización de la Iglesia implicando a las monarquías feudales mediante una serie de reformas para fortalecer la jerarquía eclesiástica, de las que destaca la Reforma Gregoriana. El poder papal se impone al poder feudal, cobrando diezmos y otros pagos locales. El cristianismo se expande de forma unificada y ese desarrollo de la organización clerical desemboca en un movimiento de renovación espiritual que pretende volver a los orígenes del cristianismo, con especial atención al culto a los santos. Aunque dicho movimiento repercuta en muchos aspectos del contexto medieval, destaca el impacto que tiene sobre la figura social de la mujer. Surge la dicotomía entre la figura de María, la santa virgen, y Eva, perversa pecadora.

El contexto medieval sirvió al patriarcado para asentar la creencia de la debilidad de temperamento de las mujeres, culpables del pecado original que desencadenó todos los males de la humanidad.  Las dos imágenes femeninas oponen, en definitiva, el vicio y la virtud. La función social de la mujer medieval se define por estar a disposición del hombre, ya sea padre, marido o hijo. Su sumisión es una forma de evitar que incite al pecado masculino. La reclusión en el hogar asegura que no peque. La digresión teórica explica la relación entre lujuria y mujer, justificando así que la salvación es seguir el modelo de María. Mientras que Eva se caracteriza por haber caído en la tentación de morder el fruto prohibido, María se erige como la contrafigura. Por ello, casarse era fundamental para poder llevar una vida virtuosa. Dentro del matrimonio, la mujer debía obedecer a Dios y al marido, criar a los hijos, encargarse del trabajo doméstico y alejarse de las tentaciones pecaminosas. Del comportamiento de la mujer casada, dependía socialmente la imagen pública de su marido, quien esperaba lealtad y fidelidad. La honra masculina, tanto del marido como del padre, recaen en la responsabilidad de la mujer de seguir el ejemplo de María y no de Eva.

De esta manera, la nueva jerarquía espiritual que nace a partir del siglo XII somete a la mujer a las condiciones del cónyuge, perdiendo en gran parte la libertad y autonomía que mantenía hasta entonces en las cuestiones domésticas. El matrimonio, el hogar y el sometimiento al hombre eran la única salvación de la naturaleza pecadora y malvada de Eva. Esta relación de ideas provoca además la negación de la sexualidad de las mujeres, que deben permanecer castas y preservar la virginidad. Incluso dentro del matrimonio, la castidad es la recomendación moral de la Iglesia, que propugna las relaciones sexuales exclusivamente con intenciones procreadoras. El fin último era controlar el incesto, el adulterio y el infanticidio. La devoción mariana provoca un cambio sociológico sin precedentes en cuanto a las estructuras de parentesco. La organización familiar pasa a ser la nuclear, donde el cabeza de familia es ahora el hombre. Las relaciones familiares formaban parte de ese plan cristiano de unificación y control por parte de las instituciones de la época. Las descendientes de Eva son, por tanto, vaciadas de contenido sexual y de libertad, puesto que solo bajo el yugo del hombre podrán llevar una vida de virtud. Todo lo que se escape de esos parámetros, es decir, la desobediencia femenina, será duramente castigada.

El matrimonio como forma de sumisión

A partir del siglo XI-XII, el matrimonio fue convertido en institución de la Iglesia, mediante celebraciones religiosas e imposiciones sobre la única forma de unión moral y socialmente aprobada. Al convertir el matrimonio en santo, se amplían las dimensiones del mismo, adquiriendo valor sagrado e indisoluble. Las mujeres que carecían de marido solían estar destinadas a la pobreza, dejándolas como única opción la prostitución y la marginalización, a no ser que se entregaran al servicio de Dios. El estado civil, además, incidía en la ocupación de la mujer y en su participación en actividades productivas.  

Hay que tener en cuenta que el matrimonio en cada grupo social tenía connotaciones distintas, no en cuanto en tanto las responsabilidades y derechos de los cónyuges, pero sí en términos de disposición económica y acceso a oportunidades. Mientras que la nobleza celebraba acuerdos entre familias con carácter económico para la perpetuación de los apellidos, del linaje y de la herencia, las clases menos pudientes aseguraban el bienestar de hijos mediante acuerdos referentes a las actividades económicas de las familias. En las clases más pudientes era habitual que mujeres con grandes herencias fueran casadas con hombres de estatus inferior, manteniendo la mujer el control sobre las finanzas y los bienes comunes. El contrato del matrimonio se asentaba en las dotes que las familias entregaban a raíz de las celebraciones religiosas y que aseguraban el futuro sustento familiar, ya fuese oro, bienes materiales, tierras o ajuares. Una vez el matrimonio queda sellado, el marido es el encargado de administrar dichos bienes. De esa dote, a su vez, saldrán en el futuro las dotes para las hijas que la familia llegue a tener. De hecho, si no hubiere descendencia, a la muerte del esposo, la mujer perdería su patrimonio, que volvería a los familiares originarios. Aunque el tema de las dotes y las herencias es un tema más complejo, en el que no quisiera extenderme, nos permite entender la subyugación de la mujer hacia su marido, de quien depende no solo su trabajo y sustento, sino también su herencia, una vez él muera.

La nueva mentalidad impregna hasta las alcobas, donde los reformistas implantaron la moral cristiana. El acto sexual buscaba la procreación de la especie y no el disfrute ni la experimentación. El único sexo aceptado moralmente era el marital y bajo esas condiciones. El adulterio, como relataré más adelante, se erige como el peor de los pecados cuando de las mujeres se trata. Si la mujer rompía los preceptos matrimoniales, podía ser rechazada por su marido (y hasta por su familia directa) y perderlo todo, incluso el honor. El marido es legalmente superior en derechos a su mujer, puesto que, poseedor de los bienes materiales y de la voluntad y el cuerpo de su esposa, la ley protege la misoginia imperante y otorga tutelaje de las mujeres a los hombres.

La visión negativa de la mujer como ser naturalmente malvado y pecaminoso, aleja el matrimonio de la concepción del amor, sirviendo acuerdos contractuales que responden a la practicidad y a la búsqueda de la procreación. En el siglo XI se desarrolla el género literario del “amor cortés”, una contra corriente que convierte a la mujer en un ser inaccesible, decisora sobre su propia sexualidad. El enamorado es quien se rinde a sus pies mediante el cortejo. Sin embargo, podemos afirmar que esta construcción cultural desarrollada por la nobleza no se ajustaba a la práctica, sino que alimentaba los tan censurados deseos sexuales.

El Adulterio como delito femenino

La representación del adulterio en la literatura antigua pone el foco en la ridiculización del marido. Suele tratarse de farsas y mofas hacia el cornudo, lo cual refleja la realidad social que escondía la pérdida de la honra con la sexualización de su mujer. El amante sustituye la pasión que el marido no aporta a la mujer, perdiendo en cierta manera sus atributos de masculinidad. Es terrible pensar en la herencia que esta mentalidad ha dejado huella sobre nuestras culturas. Y es que el adulterio femenino se justifica socialmente con las carencias de su esposo, lo cual no ocurre a la inversa.

El matrimonio cristiano no deja cabida a la promiscuidad, a la fornicación ni al adulterio, que se proclama como un gravísimo pecado merecedor de castigo. En este sentido, el judaísmo y la religión musulmana coinciden en la gravedad del acto, difiriendo en los tipos de castigo pertinentes al caso. La tradición judaica describía el adulterio como un pecado exclusivamente femenino, mientras que el cristianismo, apoyándose en el episodio evangélico de Juan 8, 1-11, proponía una visión más igualitaria, entendiéndose que los hombres cuentan, así mismo, con extenso historial de concubinas.

La legislación referente al adulterio se recoge en diferentes textos medievales, evolucionando sutilmente las formas de castigo y caminando hacia la tendencia del estado eclesiástico como juez supremo de las transgresiones morales. Al fin y al cabo, el adulterio rompía con los votos del sagrado matrimonio, así como con la ley y las reglas sociales vigentes. El título IV del Fuero Juzgo (1241), trataba específicamente el delito del adulterio, atribuible solo a la mujer casada que mantiene sexo extraconyugal y al hombre con quien mantiene dicha relación. La mujer, sin embargo, no podía acusar a su marido de adulterio por la vía penal. He aquí la contradicción principal y el motivo de estas líneas, que es vislumbrar la discriminatoria figura del adulterio en la Edad Media.

El Fuero Juzgo permitía que la acusación a la adúltera proveyera tanto de su marido, como de sus hijos o cualquier familiar directo. El castigo consistía en entregar a ambos al marido para que hiciese lo que quisiere con ambos amantes, obteniendo a su vez todos los bienes que tuvieran bajo su custodia. No se consideraba homicidio el que un marido matara a su mujer adúltera y a su amante. El cuerpo de la mujer existía para satisfacer al marido y a este le pertenecía, constituyendo la violencia conyugal parte de los derechos del hombre sobre la mujer. Este derecho era extensible al padre de la misma, cuyo honor también se consideraba violado. La mujer adúltera podía ser repudiada públicamente por su marido y su familia y quedar sometida a una vida de miseria. De manera que el delito de adulterio era meramente femenino. Los hombres no cometían delito al engañar a sus mujeres, a no ser que lo hicieran con alguien que estuviera casado y quedaran a expensas de la voluntad del cornudo.

Pocas discrepancias y novedades aparecen en el Fuero Real (1255), otro texto legal de importancia que trata la materia en su título VII. Cabe destacar que la acusación ya no proviene del ámbito social de la mujer, sino específicamente del marido. Se demarca así que el delito es contra el marido y no una violación de la moral pública. Es en el título XVII de Las Partidas (1256-1265) cuando aparece con claridad la equiparación entre pecado y delito, dejando al descubierto esa moralidad cristiana que regía lo ideológico, pero también lo jurídico. Es en ese momento, cuando aparece la figura del hombre adúltero como culpable, no de delito, pero sí de pecado. Aunque no tuviera consecuencias penales, desde el derecho civil sí podía la esposa declarar la ruptura del vínculo matrimonial, acusando a su marido frente a los tribunales eclesiásticos por la violación de los preceptos matrimoniales. La honra sigue siendo patrimonio exclusivo masculino, pero la mujer puede ahora proteger la dote familiar y no quedarse abandonada a su suerte si el marido trae al mundo hijos ilegítimos. En Las Partidas, la mujer adúltera ya no es entregada a su marido, sino que el castigo son los azotes públicos. El hombre con que cometiera relaciones sería condenado a la pena de muerte por agraviar la honra de otra familia. Es, por tanto, el sistema de justicia público el encargado de aplicar los castigos. En caso de que el marido ultrajado decidiera perdonar a su mujer, debía escribir una carta de perdón ante testigos y escribano para que quedara anulada la acusación hacia su esposa.

Las causas penales contra mujeres por adulterio suponían la mayoría de los procedimientos contra ellas. Si sumamos los juicios a este motivo con aquellos referentes a la caza de brujas, encontramos una estructura de poder que condenaba sistemáticamente a las mujeres que se atrevieran a retar las normas sociales. Toda acción que expusiera a la mujer como un ente sexual y libre estaba condenada a ser juzgada socialmente, pero también judicialmente.

Conclusiones

El adulterio registrado en los códigos penales permanecerá casi hasta nuestros días cuando hablamos de España, aunque es cierto que en países de tradición musulmana sigue existiendo su codificación discriminatoria respecto a la figura de la mujer. En el siglo XIX, la Novísima Recopilación seguía permitiendo la venganza legal del marido, quien mientras matase a ambos amantes en el acto no sería juzgado por homicidio. En el Código Penal español de 1944, en pleno siglo XX, todavía se describía el adulterio como el cometido por mujer casada y excusaba el homicidio en caso de descubrimiento del marido, aunque le sometía a pena de destierro.

Algunos autores han relacionado la toma de control del cuerpo de las mujeres por parte de los hombres, desarrollada con dureza desde esta época histórica, como el nacimiento de la violencia doméstica contra las mujeres, entendida desde la aceptación social en base a los valores moralizantes cristianos. El nacimiento de la misoginia en torno al discurso marianista sentó las bases de la cultura familiar que ha permanecido hasta nuestros días. Las raíces de la familia nuclear se asientan en el sometimiento de las mujeres y en su domesticidad. Las teorías contemporáneas sobre las nuevas formas de organización familiar suponen, en cierta medida, un llamamiento a la emancipación de esas construcciones patriarcales para recuperar la soberanía de las mujeres sobre su propio cuerpo. La disputa de ese cambio de paradigma supone consecuencias que vivimos todavía en pleno siglo XXI, como es el aumento de los divorcios o el constante debate público sobre la libertad de elección de la mujer con respecto a sus hábitos reproductivos y sexuales.

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