El Sufragismo británico y la desobediencia

La lucha sufragista en Gran Bretaña nace en 1832 cuando Henry Hunt en nombre de Mary Smith pide el voto femenino en el Parlamento. La Ley Electoral definía a los votantes como hombres, no como individuos ni ciudadanos libres al igual que en otros contextos. A partir de entonces, las mujeres comienzan a organizarse en mítines para debatir sobre su exclusión y lograr adeptas a su causa. En 1868, John Stuart Mill defiende de nuevo una propuesta parlamentaria firmada por mil quinientas mujeres en defensa del sufragio femenino que tampoco tiene éxito. En los años setenta del siglo XIX, las sufragistas se consolidan en grupos o comités (CCNSWS) y nace una revista que servirá para promocionar su mensaje (Women’s Suffrage Journal). Sus esfuerzos no son suficientes para afectar la reforma de la ley electoral de 1884. Es en ese contexto, cuando Emmeline Pankhurst en 1889 funda la Women’s Franchise League, haciendo campaña hasta conseguir que las mujeres casadas lograran votar en las elecciones locales a partir de 1894. Sin embargo, el objetivo era lograr que todas las mujeres pudieran participar de las elecciones nacionales. En 1897, con métodos de denuncia similares, nace la NUWSS liderada por Fawcett.


La revolución callejera liderada por Pankhurst calificó a las mujeres de militantes y a la lucha cómo único medio de cambiar su realidad.

Con la llegada del siglo XX, E. Pankhurst funda la WSPU, intensificando partir de 1905 las estrategias de la militancia sufragista. Christabel Pankhurst justifica el cambio en los métodos de lucha por parte de la generación que la precedió ya que en los setenta años anteriores apenas habían logrado avances. Las sufragistas pacifistas se separan de las más radicales, creando dos líneas de acción. La WSPU comienza a repartir el periódico llamado Votes for Women, intentando ganar militantes al mismo tiempo que financiaban con su venta sus campañas en la sombra. Los métodos se radicalizan pasando de ocupar la Cámara de los Comunes y la distribución de sus panfletos políticos hasta romper cristales en comercios locales, hacer explotar buzones de correos o destrozar espacios dedicados exclusivamente a los hombres. Los daños a la propiedad pública lograban que su causa diera que hablar y, por fin, los hombres propietarios, los comerciantes poderosos e influyentes debatían sobre la si la manera de acabar con el problema era aceptar sus peticiones. La revolución callejera liderada por Pankhurst calificó a las mujeres de militantes y a la lucha cómo único medio de cambiar su realidad, dado que no podían solicitarlo pacíficamente mediante el uso de las urnas. Las militantes sufragistas eran puestas en prisión, pero no como presas políticas, ya que las mujeres no tenían derechos políticos. En 1908, como forma de protesta a este motivo Wallace Dunlop comenzó una huelga de hambre que logró su puesta en libertad. El método fue adquirido como estrategia de lucha a partir de entonces por parte de las sufragistas encarceladas. Un año más tarde, las autoridades comenzaron a forzarlas a la alimentación por intubación para impedir que quedaran en libertad. Los riesgos que las mujeres tomaban en esta época pasaban por la encarcelación, los golpes policiales, la desnutrición o las enfermedades en prisión y el rechazo social por considerarlas delincuentes.

La desobediencia civil y los daños sobre la propiedad se pausaron con la llegada de la Primera Guerra Mundial. Los motivos sufragistas perdieron peso cuando la nación en su conjunto estaba en peligro y los hombres se movilizaban en una lucha que protegería no solo sus libertades sino también las de las mujeres. Los puestos de trabajo que quedaban masivamente desatendidos a su marcha fueron ocupados paulatinamente por las mujeres tanto rurales como urbanas, quienes llenaron las fábricas para que no se paralizara la industria en el país. Las mujeres conquistaron entonces nuevos espacios laborales a los que no tenían acceso anteriormente. Por ejemplo, aumentó considerablemente el número de empleos como enfermera para atender a los heridos de guerra. El acceso al liderazgo social y a un empleo más diversificado pospuso la causa sufragista en pos de la causa de defensa nacional.

Una vez termina la guerra, se debe rehacer el registro electoral destruido, abriéndose una ventana de oportunidad para el movimiento sufragista. Las mujeres fueron apartadas de los puestos laborales que habían ocupado en época de conflicto y empujadas de nuevo a la marginalidad de los puestos más bajos de la cadena industrial y a la domesticidad de sus laborales. A esta razón, las feministas se unificaron de nuevo para protestar contra la posición social a la que el hombre abocaba a la mujer sin contar con su opinión, defendiendo así la necesidad de su participación pública para la defensa de sus propios intereses y voluntades. Los hombres, temerosos de volver a enfrentarse con la destrucción de su propiedad tras épocas tan duras, se vieron forzados a escuchar los reclamos feministas. Para entonces las militantes sufragistas pertenecían a todas las clases sociales y el mensaje estaba lo suficiente expandido para convertirse en fuerza imparable. Todas las mujeres que habían mantenido el país en movimiento y la economía a flote, al tiempo que se convertían en redes de apoyo de los heridos y protegían la educación de sus hijos, debían ser homenajeadas como héroes de guerra igual que los hombres y no despreciadas. Christabel Pankhurst considera que la obtención del sufragio femenino fue una consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Las sufragistas que en 1914 se centraron en el apoyo a las víctimas civiles de la contienda, obtuvieron en 1918 el derecho a voto en las elecciones nacionales con el censo restringido de las mujeres casadas mayores de treinta años. Por primera vez en la historia de Gran Bretaña las mujeres podían votar y ser elegidas en el parlamento. Gracias a la implementación de ese derecho por parte de los miles de mujeres comprometidas con sus libertades, en 1928 se reconoce el voto igualitario, equiparando los derechos civiles de hombres y mujeres.

De no haberse llevado a cabo estrategias revolucionarias, el debate sobre el sufragio femenino no hubiera impregnado los espacios limitados a los hombres y, posiblemente, su implantación se hubiese retrasado muchos más años. Sin embargo, las presiones y la extensión de las demandas entre todas las capas sociales de mujeres lograron generar un diálogo entre personas con diferentes derechos que dio lugar a la aceptación de que no había razón para negarles la ciudadanía. Gracias al liderazgo del movimiento sufragista de las británicas (y las estadounidenses) el debate sobre los derechos civiles de las mujeres se extendió por toda Europa.

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