Declaración de Seneca Falls

La Declaración de Seneca Falls constituye el texto fundacional del feminismo al tratarse de un ejercicio colectivo de reclamo de los derechos de las mujeres en el congreso llevado a cabo en 1848 en el estado de Nueva York. A diferencia de los textos preindustriales, hablamos ahora de un movimiento social unificado con objetivos claros y con un texto feminista que les sirvió para irradiar su mensaje a finales del siglo XVIII en Estados Unidos. Con la intención de encontrar legitimidad a sus anhelos con el apoyo de los hombres, el movimiento se unió a los grupos abolicionista que solicitaban igualdad de derechos para los esclavos y, por tanto, compartían hoja de ruta. El texto utiliza la misma estructura que la Declaración de Independencia de los EEUU de América de 1776, con una extensión mínima y doce resoluciones impulsadas por Lucretia Mott, Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony.

Lucretia Mott lideraba la causa abolicionista cuando fue impedida hablar en la convención mundial antiesclavista en 1840. Entonces, su causa acogió el feminismo con la clara intención de hacerse oír. Una vez se logró la abolición de la esclavitud, Mott continuó su lucha reclamando el derecho a sufragio para todos los individuos, mujeres y esclavos incluidos en igualdad de condiciones. En cambio, Elizabet Cady Stanton defendió, hasta el punto de crear una escisión del movimiento durante años, que los esclavos no deberían lograr sus plenos derechos si las mujeres no los obtenían también. Stanton rebosaba la lucha por el sufragismo, denunciando también los derechos de las mujeres al divorcio, a la propiedad y al empleo digno.

Los tiempos de cambio, con la implantada democracia y la concepción cada vez más consolidada en Europa y Estados Unidos sobre la igualdad natural de los individuos, abrió una ventana de oportunidad para que las mujeres defendieran su derecho a participar en los espacios públicos de la democracia. La Declaración logró los votos a favor de los presentes, hombres y mujeres, excepto en su última resolución, ya que el derecho a voto de las mujeres trajo un debate que duraría muchos años, referente al tipo de sufragio que se debía defender y que consiguió dividir a la causa.

En la introducción de la Declaración de Sentimientos se hace referencia al dios de la naturaleza y al creador de los derechos inalienables (la vida, la libertad y la felicidad) exactamente de la misma forma que aparece en la Declaración de Independencia. Y es que el texto introductorio y su prefacio son un calco de dicha declaración. La razón se debe a la justificación que se hace en la época sobre la libertad natural del individuo como razón suficiente para implantar un cambio social y tomar control del destino de los estadounidenses, separándose de Gran Bretaña.

No es hasta los párrafos acusatorios, donde se menciona la “historia de la humanidad”, cuando vemos la transgresión que se hace del texto para esta vez, en lugar de culpar al rey británico de los agravios sufridos por la colonia, señalar la responsabilidad de los hombres en cuanto a la usurpación de los derechos naturales de las mujeres. He ahí el brillante comienzo de la diferencia entre ambas declaraciones. Se acusa entonces al hombre de arrebatarles el derecho inalienable al voto, excluyéndola de las votaciones de aquellos temas que la afectan directamente o que requieren de la superioridad moral de la mujer como equilibrio. Se denuncia que el casamiento la haya desposeído de sus derechos y libertades individuales y que, incluso en caso de divorcio, el hombre obtenga los derechos sobre su descendencia. A esto añaden la exclusión de la mujer del mundo laboral y de la educación académica, abocándola a la dependencia y la servidumbre del hombre. La mujer, además debe seguir un orden moral que no se aplica a los hombres, aun siendo supuestamente iguales. Se acusa claramente al Estado y a la Iglesia de promover esta discriminación.

En sus decisiones, razonan que las leyes injustas a las que están sometidas deben ser corregidas hasta adquirir los mismos derechos ciudadanos que los hombres y que se movilizarán masivamente por todo el país hasta lograr sus objetivos. Para ello, se apoyan de nuevo en la creación natural de iguales por Dios y, por tanto, se niegan a aceptar la inferioridad de la mujer ni a prescindir de las libertades civiles que les corresponden como iguales. Incluso, afirman que cualquier otra interpretación de la palabra de Dios sería una tergiversación del patriarcado. Cabe entonces decir que el protestantismo, que había permitido la inclusión en el activismo por cuestiones morales de las mujeres de la época, tuvo un importante valor para sustentar la justificación de los argumentos de las feministas de la época.

Las luchas sociales en Estados Unidos eran varias. Los debates surgían en torno al abolicionismo, la lucha de clases y los derechos de las mujeres en la misma época. Los diferentes conflictos sociales retrasaron la implantación del sufragio femenino, sobre el que no había un consenso ni dentro del movimiento ni fuera del mismo. Al igual que en Europa, se plantearon diversas formas de inserción de la participación política de la mujer. Unos defendían el voto de la mujer casada, mientras que otros denunciaban que los hombres casados contaban así con doble representación frente a los solteros. En cambio, otorgar el derecho de voto a las mujeres en su totalidad, implicaría a las solteras, incluyendo a las prostitutas, a lo que muchos se negaban. El discurso feminista de la época no cuestionaba el papel de esposa de la mujer, sino la falta de libertades y derechos en igualdad dentro del matrimonio. Por lo que, la influencia del concepto tradicional de familia ponía en duda que la mujer fuera a ejercer su derecho al sufragio con total libertad. Los partidos políticos consideraban que las mujeres votarían lo que sus maridos o lo que sus párrocos les dijesen, desestabilizando los apoyos sociales con los que contaban entonces. Por otra parte, hay que considerar la independencia legislativa relativa al territorio estadounidense, donde las leyes fueron cambiando gradualmente en cada estado hasta alcanzar el sufragio femenino de las mujeres blancas en el ámbito nacional en 1920. En cambio, las mujeres afroamericanas tuvieron que esperar hasta 1965, creando movimientos sociales paralelos junto al de los derechos civiles del siglo XX para defender el sufragio universal.

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