Relato sobre violencia de género “Tarta de Limón”

Aprovecho este nuevo espacio para compartir un relato breve que escribí en 2017 para presentar a un concurso de la Concejalía de Igualdad (Santa Cruz de Tenerife).

  Tarta de Limón

Hoy es su cumpleaños. Tantos años después, todavía recuerdo el día de su nacimiento. El parto, complicado. Mucho dolor. Como si me estuviera partiendo un rayo por la mitad. Claro que ella siempre escuchó de mi boca que vino al mundo en un día mágico lleno de amor. Silencioso dolor.

Pasadas las cinco de la mañana, llegaba a urgencias en un taxi, sola, en camisón y bata. Húmeda, temblando de pánico. El taxista, más preocupado porque le ensuciara el asiento que por la inminente llegada al mundo de Susana, me abandonó a la puerta del hospital, de nuevo sola. Oscuridad y miedo. Caminé entre gemidos hasta las puertas automáticas, las cuales me abrieron camino, desvelando al otro lado a las tres enfermeras que corrían hacia mí. Tan débil sería mi aspecto, que sus caras de pánico quedaron ancladas en mi recuerdo para siempre. Diez largos minutos pasarían hasta acceder a la sala de parto. Susanita urgiendo salir. Demasiado tarde para epidural. Dolor. Mucho dolor. De pronto, silencio, miradas de expectación, los alógenos nublándome la vista, el vivo grito de Susana.

Hoy es su cumpleaños y mi cuerpo rememora ese dolor. Ahora, más cerca del corazón que de los ovarios.

En el instante en que escuché el primer grito de mi hija debí desmayarme, porque no conservo en el recuerdo el sostenerla entre mis brazos hasta horas después. Susana llegó al mundo a las siete y doce de la mañana. Por vez primera, separada de mí. Ausente en mi agotamiento, conocí a mi hija a las ocho y cuarenta. Y de pronto, ya no estaba sola. Susana y yo ante el mundo.

Entre lágrimas, admiré su diminuto cuerpo, su arrugado rostro, ese familiar encogimiento postural. Unos instantes de magia que tardaron pronto en evaporarse. En seguida llegaron las enfermeras con sus impuestos consejos y sus insolentes preguntas. Con agresiva naturalidad, apretaron mis pechos, palparon mi pubis, corrigieron mis posturas y el cómo agarraba a mi propia hija. Sin embargo, todos los esfuerzos fueron en vano. Ser buena madre es mucho más que dar de mamar. Excede en exigencia incluso al dar vida.

Sin duda alguna, lo que peor llevé en aquel entonces fueron las preguntas. ¿Quién es el padre? ¿Cuentas con recursos suficientes como madre soltera? ¿Has solicita ayudas sociales para familias monoparentales? En el acta de nacimiento, Susana cuenta con mis propios apellidos. Padre: desconocido. Ni falta que le hacía.

Dos días permanecimos en el hospital, antes de subirnos al coche de Yurena de camino a casa. Toda la vida juntas, Yure y yo. Amigas y vecinas desde la niñez, siempre pendientes la una de la otra. Había sido Yurena quien me había animado a seguir adelante con el embarazo. Al fin y al cabo, ya no era ninguna chiquilla. Claro que no era tan fácil… Yure decía que hiciese limonada y siguiera con mi vida. Ácido sufrimiento entre el dicho y el hecho.

Hoy es su cumpleaños. Hay que celebrar su nacimiento, sin importar la presencia etérea del dolor. Por eso he comprado tanto limón, para cocinar su postre favorito. No para hacer limonada con mi pena, sino para preparar mi tarta de limón casera. Nuestro dulce predilecto.

Su llegada al mundo impregnada de vergüenza, de desconcierto, de esa odiosa duda existencial de la que viene acompañada la maternidad. Semejante pequeñez de ser dominaba mis días y mis noches. El fin de la baja me pilló con la teta fuera. Exhausta y desorganizada. Dadas las circunstancias, el hotel me había invitado a utilizar la guardería gratuitamente durante mi horario de trabajo. Una excepción a la regla que de haberse hecho pública me hubiera creado problemas con las compañeras. El resto de las camareras de piso con hijos pagaba una cuota mínima a la guardería del hotel. Claro está que mi situación era bien distinta. La oferta fue aceptada con falsa gratitud, sabiendo de sobra que la culpabilidad rondaba tras ella.

Si algo me vino fácil en esos tiempos fue la conciliación. Hay qué ver qué ironía. Hasta en eso se diferencia mi experiencia maternal de las otras. Durante años y medio utilicé la guardería sin pagar ni un euro. Gracias a esos ahorros, pude por fin comprarle una cama a Susana, quien seguía durmiendo en la cuna de plástico que nos regalara una vecina antes de su nacimiento. Incluso, compré una trona de segunda mano para que me fuera más fácil darle de comer mientras cocinaba.

Dos cumpleaños, sus dos primeros años de vida. Sin duda, los mejores. El primero, lo celebramos en la playa con la tita Yure, quien le regaló a Susana moldes para jugar en la arena. El segundo, probó su primera tarta. Una tarta de chocolate que compré en el supermercado, de la cual solo comimos nuestros tres trozos antes de abandonar en el cubo de la basura. Tras su tercer cumpleaños, Susana empezó el colegio. Jamás habíamos estado tan lejos la una de la otra. Acostumbradas a estar en el mismo edificio durante años, Susana lloraba en el colegio y yo, cada vez que pasaba frente a la guardería del hotel. De alguna manera, el paso del tiempo iba más rápido que mi capacidad de absorción. Quería parar el tiempo y quedarme abrazada a mi hija para no perderme ni un cambio en su vida.

Los médicos la declararon una niña sana y feliz. Aunque tardara en empezar a hablar más de lo común, su inteligencia brillaba a través de pequeños gestos. Nació sin nada y creció con lo mínimo. Quizás aquello fuera la clave para que desarrollara esa brillante imaginación que la caracterizaba. Pronto, hizo amigos en el colegio. Todos del barrio, hijos de la generación con la que yo había estudiado años atrás. Gente que, como nosotras, convivía en esos feos edificios de ladrillo oscuro que se construyeron torpemente junto al mar. Pisos de protección oficial de los años ochenta, que comparten patios internos llenos de ropa colgada, ventanas abiertas, gritos familiares, olores a pescado frito.

En su quinto cumpleaños, ya no celebramos las tres solas. Susana insistió en invitar a algunos vecinos y otros niños de su colegio. Entre Yurena y yo, cargamos la mesa de plástico del salón al patio trasero del edificio. Una plataforma diáfana de cemento que parecía constituir el intento fallido de una nueva construcción en la zona. Una vez abajo, una de nosotras debía quedarse. En mi barrio, si dejas algo en la calle deja de pertenecerte. Así que subí a por la tarta y las bolsas de globos que nos habíamos olvidado. Susana estaba ansiosa, persiguiéndonos arriba y abajo, demandando ayudar, preguntando insistentemente la hora. La fiesta no tardó en empezar, pero sí en terminar. Apenas disfruté de la felicidad de mi hija, entre preparar el evento, vigilar a los niños y perseguir los globos que se volaban. Esa noche, cuando la acostaba, me preguntó por su padre. Terror. Sus ojos de niña mirándome fijamente, ansiando entender porqué sus amigos tenían padre y ella no. Y yo tan cansada, palidecía ante su pregunta, escaneando mi mente en busca de todos esos discursos ensayados para cuando llegara el día. No todos los niños tienen padre, le dije. Algunos, solo tienen madre. Mi descorazonado silencio la arropó en el sueño.

Al mezclar la almendra molida con la harina, veo de nuevo su rostro cubierto de blanco, sus manitas llenas de almendras robadas del cuenco. La mantequilla la agregaba yo, para evitar que se quemase al coger la olla. Luego Susanita añadía la leche y amasábamos y amasábamos hasta que alzara sus frágiles manos sobre la cabeza y soltara un «¡no puedo más!». Tanto salió a su madre que se le iba la cuchara a la leche condensada mientras reposaba la masa. Feliz cumpleaños, hija mía.

Esos primeros años los recuerdo con una felicidad inmensa. Mi niña creciendo, saludable y curiosa. Seis, siete, ocho años. Yo vivía para ella. No tenía ojos ni para mí misma. Mi destino lo dibujó su nacimiento. En aquellos años, Yurena empezó una relación seria con un hombre algo mayor que ella. Pocos meses pasaron antes de que él se instalara en su piso, que a su vez compartía paredes con el nuestro. El primer año, apenas la veíamos. Enamorada hasta la médula, todo el día disfrutando del mar con el bote de su nuevo amante. Las pocas ocasiones en que nos encontrábamos se estropeaban por sus empeños en emparejarme. Como ella era feliz, insistía en que saliera y conociera hombres. Ya conozco hombres. Están por todas partes. Se nota en mi desconfianza, en mi paso acelerado, en la confusa versión del nacimiento de Susana.

Antes de meter la masa en el horno, suelo echarle unos garbanzos. Así no sube. Susana no me creyó a la primera. Si no me equivoco, era su séptimo cumpleaños cuando preparamos, no una sino dos tartas pequeñas. Una de ellas había sido contenida con garbanzos y la otra no. Ese día, al ver desmoronarse su tarta de cumpleaños al llevársela a la boca, Susanita me dio la razón. Buena cabezonería la suya. Rara vez tuve el placer de escucharle darme la razón. El pasar de los años, la había convertido en una niña con una inteligencia salvaje y descontrolada, que le impulsaba a retar a los adultos con constantes interrogatorios. Quizás su característica más adorable, hasta que me llegó el turno. Que si los niños dicen que no se pueden hacer bebés sin un padre; que porqué no estoy casada; que si alguna vez iba a tener un papá. Tres años después, más preparada en esa ocasión para responder sus preguntas, seguía sin querer hacerlo. No podía. Rememorarlo, mentarlo si quiera, apretaba el permanente nudo en mi garganta arrebatándome el aire. A menos respuestas, preguntas más concisas, más incómodas, más maduras.

Cada año, tarta de limón. Desde sus tres años. En cada ocasión, la receta se perfeccionaba y el toque de Susana marcaba su colaboración en la elaboración desde muy chica. Una vida entre limones. Una dulzura ácida, de una complejidad sensorial tan extraordinaria como mi maternidad.  Miro el cazo, que reside en mi casa desde hace tanto tiempo como yo misma, y veo en sus líneas negruzcas nuestra historia. Me llega el aroma de cada bavaroise que mezclamos juntas. Mi atención puesta sobre el batir de Susana en la forma de sostener un cucharón de madera demasiado grande para ella, asegurándonos de que la gelatina quedase bien disuelta entre las yemas. Una vez vertida sobre la masa quebrada, solo queda esperar. Definitivamente, la parte más compleja. Impacientes por probarla rondábamos la cocina hasta llegado el momento de preparar el merengue.

Con todo, mi vida permaneció relativamente estática durante sus primeros diez años. El anuncio de su llegada me había hecho pensar que todo cambiaría. Sin embargo, continúo formando parte de la plantilla de limpieza del hotel, gano algo más por antigüedad, pero en esencia llevo la misma vida. Mi coche es el mismo que entonces, mi humilde morada apenas ha cambiado. Si acaso, Yurena marcó la diferencia entre una época y otra. Tras el torbellino de amor pasional que vivía, quedaron solo los destrozos causados por su violencia. Moratones que maquillaba para dar esquinazo a mi preocupación. Desde mi salón se escuchaban los gritos de sus peleas. Varias fueron las ocasiones en que tuve que acostar a Susana antes de las ocho y con tapones para alejarla de las ondas de alarido que se colaban entre las grietas. Si las peleas empezaban antes, aprovechaba para subir la música y bailar con ella para que su mente de niña no registrara lo que al otro lado del muro ocurría. Mi buena amiga lucía cansada, tensa y amarga. Negativa en su actitud y violenta en sus palabras, se pasaba por nuestro apartamento a menudo para evitar su propia casa.

Una noche cualquiera, Susana escuchó de lejos a Yurena alegando que debía pasar página, que me merecía encontrar el amor, y cosas por el estilo. Imagino que también a mí diciéndole que un amor como el suyo no se lo merecía nadie. Caso omiso hacía yo a sus consejos amorosos, como para recordar las palabras exactas. El caso es que Susana, hecha ya una mujercita de diez años, acertó a preguntar a su tía todo aquello que yo me había negado a responder. Con mayor coherencia de la que esperaba de Yurena, le respondió que claro, que para traer un niño a este mundo hacía falta un hombre, pero que eso no le convertía en padre. Como un relámpago, Susana vino en mi búsqueda, gritando y llorando, llamándome mentirosa. Confusa en su limitada comprensión infantil. ¡Porque sí tengo un padre, mentirosa! La rabia creció hasta desbordarse hasta encontrarme jugando al espejo con mi propia hija, ambas histéricas, vociferando nuestros remordimientos. Furiosa. Ya no emanaba dolor, solo odio. Odio a esa situación. Odio a las insolentes acusaciones y a semejante irrespetuosa inquisición. ¡Tu padre es un monstruo! escapando mis rojizos poros, dominando mi sudoración, tentando al silencio. Susana y yo, solas en el mundo, sí. En cambio, rodeadas de ese padre ausente, ella; de ese trauma atragantado, yo. ¿Hasta cuándo podría guardar el secreto? Veía en sus ojos la tristeza del desconocimiento. Sentía muy cerca su lamento. Pero ¿qué decirle?

La receta de merengue de mi abuela estaba automatizada en mis manos. Ni batidora, ni mediciones, ni termómetro. Puro instinto perfeccionado de generación en generación. El extender el merengue sobre la tarta constituía el toque de Susana. Tras varios cumpleaños, había logrado dominar la manga pastelera de manera que podía dibujar lo que se propusiera.  La tarta de limón llegaba a la mesa con las velas correspondientes y la marca impresa de los golosos dedos que atacaban el merengue en su camino desde la cocina. Una tradición familiar. De hecho, nuestra única tradición familiar.

Dos semanas antes de su doceavo cumpleaños, el periodo de Susana anunció su pronta madurez. Había llegado la hora de la charla sobre higiene femenina y sexualidad. Si tenía edad para hablar de sexo, tenía edad para saber la verdad sobre su padre biológico. Me angustiaba que lo buscase o que, aun sabiendo la verdad, no comprendiese mi silencio, mi duelo. Así que pensé bien qué palabras utilizar. Durante días me levantaba dispuesta a decirle la verdad. Durante noches me acostaba temblorosa tan solo al recordarlo.

Por fin, me acerqué a ella y le dije que lo que le iba a contar era un recuerdo muy doloroso para mí y que, esa era la única razón por la que nunca se lo había contado. Así comenzó mi charla, empatizando, buscando el perdón por mi demora. Un discurso preparado y descrito con calma, sin pausas ni momentos emotivos que golpearan mi vulnerabilidad. Tu padre, aunque no se merece ese nombre, fue un hombre que me atacó en el hotel hace muchos años. Un extranjero. Borracho, violento. ¿Sabes lo que significa violar? Y ella asintió. Pues eso, me violó.

Después, silencio. A la espera de su reacción, dudé entre si estaba entendiendo lo que le decía o si era muy niña para comprender la magnitud de la herida. No supe quién era. Por eso, tu padre no es nadie. No tiene nombre, ni rostro, ni cabida en nuestras vidas. Otro silencio. Esta vez, lleno de mis lamentos internos. Por un lado, quería desnudarme, vaciarme de información, contárselo todo para acabar para siempre con esa conversación y que no volviera recurrentemente en el tiempo. Pero cómo explicarle a una niña de once años que durante todo el embarazo me oriné encima al pasar por el pasillo que hay entre las habitaciones mil cuatrocientos doce y mil cuatrocientos veintiséis del hotel. Cómo hacerle entender que tantos años después, mis compañeras del hotel siguen limpiando esa zona para que yo no tenga que pasar por ahí. Cómo confesarle que no he dejado que ningún otro hombre me tocara después de aquello.

El llanto desconsolado de Susana me sacó de golpe de mis pensamientos, de mis calladas confesiones y mis atragantados miedos. La tristeza dio ágil lugar al enfado y luego a las preguntas chismosas. ¿De dónde era? ¿Le metieron en la cárcel? ¿Nos manda dinero? No, no y no. De él, no sé, no supe, no sabré. Era un turista, para cuando me encontraron sangrando en el suelo del pasillo, ya había abandonado el hotel. Podría haber sido cualquiera. Ni el hotel ni la policía dieron con él. En ese mismo instante, se levantó de la silla y salió corriendo a casa de Yurena en busca de consuelo. Doce años tuve para decírselo y voy y lo hago en su preadolescencia. ¡Tenías que haberlo buscado mejor!, gritaba entre sollozos. ¡Haberle hecho pagar por lo que hizo! No sé qué esperaba de mí, pero estaba preparada para escuchar esas insensateces, así que la dejé marchar con su furia a otra parte, soñando con que encontrara la paz en mi confesión y pudiéramos juntas pasar página.

Con los ojos hinchados de tanto llorar, tomé un somnífero para poder dormir, acurrucada en mi estrecha alcoba a oscuras, a solas. Un grito me arrebató el sueño. Con los sentidos nublados, levanté la oreja de la almohada para escuchar mejor. Ni un ruido. Habrá sido un sueño, pensé, y mi pesada cabeza cayó de nuevo sobre la almohada. El somnífero me había dejado grogui, la boca seca y la mente exhausta de la batalla emocional que acaba de cerrar. Sirenas. Escuché sirenas pasados unos minutos. Su cercanía progresiva anunciada con estruendo. Logré incorporarme y beber agua de la mesilla. Las luces rojas y azules se colaban por la ventana. Separé las hojas de la persiana con dos dedos. Venían al edificio. No era la primera vez. Los vecinos del quinto eran problemáticos. De súbito, un vocerío indescifrable a través de la pared. El ruido de las botas subiendo las escaleras. Los veía a través de la puerta, se dirigían a casa de Yurena. En mi confusión, me acerqué al cuarto de Susana. Vacío. ¿Se habrá quedado a dormir en casa de la tita?, me pregunté. Y entonces, golpes en mi puerta. Tres policías. La puerta del apartamento de Yurena rota en el piso. Ella, dando alaridos en el suelo, rodeada de un charco de sangre. ¡Nos la ha matado! ¡Nos la ha matado! Ese desgraciado, ese hijo de puta, gritaba. Es difícil saber de dónde sacaba la energía para sacudir sin tregua a su amante, esposado ya por la policía.

Mis pasos siguiendo al agente más joven, la sangre manchando mis pies desnudos. Cristales rotos clavándoseme en los pies. Y tal como el día de su nacimiento, sufrí un desmayo al entender lo que ocurría.

Hoy es su cumpleaños. La tarta está lista en la nevera. Las doce velas sobre la encimera. Nuestra tradición no morirá con ella.

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